miércoles, 29 de enero de 2014

Transiberiano 1 (2013) De Moscú a Ulaanbaatar

Ruta en el tren transiberiano Moscú-Ulaanbaatar.
El pasado mes de junio Iratxe, yo y un par de amigos andaluces, Olga y Juan, viajamos por la ruta del tren transiberiano entre las capitales de Rusia y Mongolia, de Moscú a Ulaanbaatar. Para mi gusto, un viaje tan largo en tren me generaba algunas dudas. Me explico. Me atraía cruzar Siberia y llegar hasta Mongolia por tierra, pero la distancia era tanta que me planteaba si no me pasaría el día viendo paisajes naturales desde una ventanilla, sin acceso a ellos. Eso sería una crueldad para cualquier naturalista inquieto. Sin embargo, al preparar el trayecto vimos que con los 22 días de que disponíamos daba tiempo a hacer más cosas de las que imaginábamos.
 

Vistas de la taiga siberiana. Foto: César Mª Aguilar
Daba tiempo para hacer varias paradas cortas en algunas ciudades del trayecto y aún podíamos hacer algunas de varios días en un par de sitios. El lago Baikal era uno de esos lugares que yo tenía en mente. Luego, si llegábamos con tiempo suficiente a Ulanbaatar, podíamos hacer además un recorrido de varios días por la parte central de Mongolia. Así planteado, las perspectivas del viaje cambiaban y me fui convenciendo. Ya no me sentiría como un gato encerrado en el tren. La mítica ruta de ferrocarril, además de ser un fin en sí mismo, sería el nexo de unión de dos de los paisajes más dispares del mundo natural. De la taiga forestal e infinita de Siberia pasaríamos a las estepas desarboladas de Mongolia.

Plaza roja en plena actividad. César Mª Aguilar
Aunque compartimos ese trayecto con Olga y Juan, ellos ya venían de estar una semana en San Petersburgo cuando nos encontramos en Moscú. Por nuestra parte, casi tuvimos que prescindir de visitar la capital rusa. Apenas fue un vistazo rápido de día y medio, cuando la ciudad se merece mucho más. En realidad queríamos guardar nuestro tiempo para los lugares más lejanos que habríamos de visitar y para eso había que salir pronto hacia el este. Nada más aterrizar en Moscú nos dirigimos a la estación de tren para tratar de comprar los billetes para Kazán. Lo de “tratar de comprar” no es una frase hecha. Si uno no sabe ruso comprar los billetes tiene su dificultad, pero al final con unas palabrejas escritas en cirílico los conseguimos para el día siguiente.


Exhibición de gimnasia en la plaza roja. C. Aguilar
Kazán sería nuestra primera parada, la capital de la república de Tartaria, Tartastán o Kazania, como también la llaman por allí. Antes teníamos que aprovechar el poco tiempo que teníamos para visitar Moscú. El centro bullía de gente con el tiempo soleado y veraniego que acaban de estrenar en junio. Las calles estaban llenas de rusos que disfrutaban del fin de semana y encontramos la plaza roja tomada por una amalgama de exhibiciones para los moscovitas. Allí estaban todos los tópicos que uno espera del país: chicas de gimnasia rítmica haciendo coreografías, pruebas deportivas de todo tipo y hasta el ejército ruso enseñando a los chavales a montar y desmontar kalashnikov. 

Coros épicos del ejercito ruso. César Mª Aguilar
Tampoco faltaba un coro de militares micrófono en mano con sus gigantescas gorras de plato en la cabeza. El público disfrutaba con las canciones épicas saliendo de sus gargantas enalteciendo el orgullo patrio. Gente por todas partes, entre ellos muchos de esos nuevos ricos rusos que lucen y ostentan su elevado nivel económico. Y es que Moscú es una ciudad que derrocha lujo a las propias narices de la momia de Lenin. Al menos en ese centro que visitamos los turistas y que a nosotros nos resulta tan caro. Pero pronto dejamos todo aquello, un tren nocturno hacia el este nos esperaba.

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