martes, 4 de febrero de 2014

Transiberiano 2 (2013) Entre Moscú y Kazán

Salida del transiberiano en Moscú. César Mª Aguilar
Coger un tren nocturno te priva de las vistas del paisaje, pero te permite avanzar más rápido mientras descansas y te ahorras una noche de alojamiento. Pensé que me perdería una parte del paisaje en esos trayectos, pero como pasas tantas horas en el tren tampoco es tanto lo que dejas de ver. Hasta llegar a Kazán todo el paisaje era una llanura continua donde se iban alternando los bosques de abedul y los pinares de lo que parecían pinos silvestres. La taiga. No se trataba de un bosque continuo sino abierto con  tramos de pastos, herbazales y suelos turbosos. Las cunetas estaban florecidas y el tiempo era soleado, así que con solo mirar por la ventanilla tenía entretenimiento para rato.



Bosques y pueblos desde el tren. C. Aguilar
Hay que reconocer que el paisaje cambiaba poco, pero era uno de esos paisajes “trance” con los que me puedo pasar tiempo y tiempo embobado. A veces eso facilita que nuevas ideas o reflexiones afloren de forma inesperada mientras observas despreocupado el paisaje. Esa monotonía no es sinónimo de aburrimiento y cuando algo cambia, los sentidos parecen celebrarlo prestándole una atención extra. Podía ser un aguilucho pálido volando sobre un herbazal que, por la rapidez de la observación, también pudo ser un aguilucho papialbo. Siempre te quedan esas dudas en las observaciones fugaces. Otras veces era la certeza de una collalba gris posada sobre una piedra junto a la vía del tren. 


Tallas en ventanas típicas de las casas siberianas.
Pero en general se veían pocas aves desde la ventanilla. O al menos, pocas respecto a lo que pensé en un principio que iba a ver. Estoy acostumbrado a la abundancia que proporcionan las latitudes templadas y no caigo en la cuenta de que en regiones tan septentrionales y forestales todo es más difícil de ver. Y más desde la ventanilla de un tren en marcha. Pero no me importó, porque para eso estaban las casas y poblaciones que atravesábamos. La taiga se veía habitada con pintorescas casas de madera de todos los colores y formas, cada cual con sus pequeños huertos y parcelas. Desde las casas más cuidadas a las más ruinosas, todas me transmitían la sensación de estar ya en una región distante y distinta de lo conocido. 


Iglesia ortodoxa en Kazán. Foto: César Mª Aguilar
De todos los detalles de las casas, las filigranas de las ventanas eran las que más llamaban mi atención. Unas tallas que en la zona del lago Baikal podría ver sin prisa en las casas tradicionales que allí ahí. A media mañana del primer día de tren llegamos a la ciudad de Kazán y permanecimos día y medio en ella. Al poco de estar allí nos dimos cuenta que éramos de los pocos turistas extranjeros en el ciudad y no era porque le faltarán encantos. A orillas del Volga se trata de una ciudad cuyo Kremlin es patrimonio de la Humanidad. Todo el centro está recién restaurado y además se la ve con un gran dinamismo y un gran poderío económico. La población cumplió en 2005 su primer mileno de existencia y ya ha superado el millón de habitantes. 

Mezquita del Krelim de Kazán recién estrenada. C.A.
Apenas tenía referencias de estas ciudades que me iba a encontrar al este de Moscú y por ello quizás me imaginaba algo decadente de la era postsoviética. Nada más lejos de la realidad. Nos costó encontrar un hostal para nuestro presupuesto, pues lo que más había eran hoteles de lujo para hombres de negocios. Kazán alberga una de las mayores diversidades étnicas de Rusia y además está orgullosa de la tolerancia que hay entre los distintos credos religiosos. Como en toda Rusia son muchas y espectaculares las iglesias ortodoxas, pero a ellas se añaden en Kazán las mezquitas musulmanas. La gran mezquita azul del Kremlin no hace ni cuatro años que se terminó, en un recinto compartido con templos ortodoxos.

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