jueves, 13 de febrero de 2014

Transiberiano 3 (2013) Kazán-Ekaterinburgo-Irkutsk

Viajando en clase "plascard". Foto:Iratxe Gonzalez
Tras la parada de Kazán de nuevo al tren y hasta Ekaterimburgo. Esa ciudad está situada ya a unos 1600 kilómetros de Moscú y, aunque en ese trayecto el paisaje apenas cambió mucho, había un hito en él que no quería pasarme de largo: los Urales. Cuando contemplas un mapa de Rusia destaca esa larga cordillera que, de norte a sur, parte el país en dos. Al oeste de los Urales está la llamada Rusia europea, hacia el este la auténtica Siberia. Sin embargo, los Urales son poca cosa por el sitio que los cruza el transiberiano. Los pasamos sin darnos cuenta... sí allí se veían unas colinas más boscosas con más abedules, pinos y abetos. Poco más.



Edificio restaurado en Ekaterimburgo. C. Aguilar
En un viaje en el transiberiano, además de disfrutar del paisaje desde la ventanilla está la propia vida en el tren. Hay vagones de varias categorías según el tren que tomes, aunque todos ellos son aceptables y en todos duermes en literas. Los más cómodos para nosotros eran los de clase “kupe”, compartimentos para cuatro y más espacio que en los “plascard”. En estos últimos viajas en un vagón sin compartimentos cerrados donde cada se cual encaja en su sitio como si fuera un “tetris” humano. En esos también nos tocó viajar. Una cuestión peculiar de los trenes rusos es la presencia de la "provodnitsa", una mujer responsable de cada vagón.



Iratxe y yo en el centro de Irkutsk. I.Gonzalez
Ellas revisan los billetes, mantienen todo limpio, te dan las sábanas para la noche y son eficientes como pocas. Sin embargo humor gastaban poco, o quizás fuera el carácter ruso. En Ekaterimburgo tan solo paramos un día y nos encontramos con una gran urbe en pleno crecimiento. Regresamos al tren y pasamos dos días en plascard recorriendo la auténtica Siberia, la del este de los Urales. Así hasta Irustsk. Esa población ha logrado mantener algo de la cara histórica de lo que fueron las ciudades siberianas de casas de madera adornadas con ventanas talladas. Tiene una mezcla de edificios estalinistas, neoclásicos presoviéticos y construcciones de madera en el mismo centro. Al final nos acabó gustando, aunque no fue la primera impresión.

Variantes del escudo de Irkutsk en un museo.
Irkutsk se sitúa a unos 70 kilómetros del Lago Baikal, por eso paramos en ella. También hubo motivos prácticos pues allí debíamos esperar por los visados para entrar en Mongolia. Irustsk cuenta con una interesante historia, lugar de “frontera” durante mucho tiempo y sitio de paso para el avance de los rusos hacia el este. Por algo Julio Verne imaginó a Miguel Strogoff haciendo de correo del zar hacia ella. Hasta esa ciudad el transiberiano pudo trazarse sin demasiados problemas pero allí se topó con el inmenso lago Baikal y sus montañas. Grandes obstáculos naturales que el tren tuvo que solucionar de la manera más ingeniosa.



Indumentaria de chamanes siberianos. C Aguilar
El escudo de Irkutsk aún tiene un tigre siberiano con una marta cibelina en la boca. En los escudos actuales es difícil reconocer la figura del tigre, pero no en los más viejos. Hoy ya no hay tigres allí, solo quedan unos 500 ejemplares en la Siberia más oriental cerca del Pacífico, pero la región tiene muchas otras historias que pueden conocerse en los museos de la ciudad. A nosotros nos gustaron las muestras etnográficas de los pueblos nativos y sus ritos chamánicos. Y es que los pueblos siberianos fueron unos completos desconocidos hasta el siglo XX, de ahí el impacto que causó el libro Derzu Uzala de los viajes del coronel Vladimir Arseniev entre 1902 y 1907.

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