sábado, 5 de abril de 2014

Transiberiano 10 (2013) Valle de Orkhon, pastos y bosques de alerces

Bosques de alerces "podados". César Mª Aguilar
El valle del río Orkhon está reconocido con la figura de paisaje cultural entre los lugares patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. El fondo del valle son extensos pastizales y hacia las colinas pueden verse bosques de alerces. Hay cierta presión en las partes bajas de esos bosques, ya que en la zona pastoreada no hay madera disponible y el fuego es importante para los nómadas, aunque usan mayoritariamente excrementos secos como combustible. Aun así, en las zonas altas se mantienen extensas formaciones de alerces. Una parte del valle tiene la consideración de parque nacional, aunque no hay un lugar de acceso claro como en el Hustai a donde fuimos para ver los caballos de Przewalski.


A caballo por la estepa. Foto: Iratxe González
Sin señales del espacio protegido, ni carteles, tampoco tienes claros los límites de ese parque, Mongolia es Mongolia. Los monasterios de Karakorum y Tuvkhen, a los que ya me he referido en una entrada anterior, se encuentran en el entorno de ese valle. La zona también es importante por otros vestigios arqueológicos como tumbas antiguas o rústicas estelas de piedra que se hallan en mitad de los pastos. En el valle de Orkhon pasamos un par de días, conociendo aquel paisaje, alojados en gers y aprendiendo a montar a caballo. Tengo que decir que era la primera vez que yo montaba a caballo y en realidad no tenía ni poca ni mucha ilusión.



Cascada valle río Orkhon. Foto: César Mª Aguilar
Lo de no poder llevar los prismáticos a mano en el caballo, no se, parece que algo me iba a perder por allí. Pero lo cierto es que enseguida me hice al animal, un precioso ejemplar con una coloración bien parecida a los auténticos caballos de Przewalski que habíamos visto en Hustai. Y es que de algún sitio vienen esos caballos domesticados. La verdad es que disfruté un montón de la experiencia. Los caballos mongoles son de patas cortas así que si te caes, crees que lo harás de poca altura y eso da más confianza. El animal y yo nos hicimos enseguida y al cabo de un rato ya estaba al galope por la estepa… nunca me hubiera imaginado así. A lo largo del recorrido a caballo encontré que las aves se confíaban bastante más que al ir a pie.


Buho real (Bubo bubo). Foto: César Mª Aguilar
Al cabo de un rato al trote, ya estaba llevando el caballo hacia donde veía aves, sabiendo que así aguantarían la cercanía. Por los pastizales pude disfrutar aproximándome a grullas damiselas (Antropoides virgo), tarros canelas (Tadorna ferruginea) y hasta a la única alondra cornuda (Eremophila alpestris) que ví por allí. Cada poco,el guía mongol me tenía que llamar la atención, ya que tras las aves había encontrado una utilidad al caballo y me despistaba con una facilidad tremenda. Eso sí, montar a caballo una y no más. Después de varias horas por la estepa tenía el culo literalmente destruido… nos propusieron hacer otro recorrido a la tarde, pero declinamos y nos fuimos a recuperarnos a unas cascadas cercanas. 


Collalba pía (Oenanthe pleschanka). C. Aguilar
Más llevadero fueron los paseos al amanecer. Por allí pude ver aves como la preciosa calandria mongola (Melanocorypha mongolica) o la collalba pía (Oenanthe pleschanka). Tula, el conductor del vehículo, pronto se percató de mi interés y, aunque no nos entendíamos en ningún idioma común, gracias a él di con algunas aves, entre ellas un buho real (Bubo bubo) que vio en unas peñas mientras conducía. Otra rapaz nocturna, o más bien diurna en aquel caso, era el buho campestre (Asio flammeus) que pude ver en buen número cazando en unos campos irrigados junto a los monasterios de Karakorum.

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