martes, 26 de julio de 2011

Perú 38 (2011) Por fin... ¡un ocelote!

Primera visita de L. pardalis. C.M. Aguilar Gómez.
Sí, ya iba siendo hora de captar algo con la cámara de fototrampeo. Ya había comentado en una entrada anterior del blog que había tenido bastante poca suerte hasta ahora. Estas han sido las primeras grabaciones de video que he obtenido, pero no ha sido hasta el quinto intento. Siempre la he puesto en periodos de tiempo cortos de tres a seis noches, y seguro que eso influye. Pero al estar moviéndome entre distintas zonas tampoco había ocasión para periodos más largos. Sin embargo veía huellas y distintos bichos por ahí con la linterna, pero no sabía cómo hacer para grabarlos. En Juanjuí ya comenté que solo grabé a paisanos que iban a sus chacras. En La Esperanza busqué un paso en un arroyo con huellas de lo que parecía añuje (Dasyprocta fuliginosa) o un armadillo (Dasypus novemcinctus), ningún bicho pasó por allí de nuevo, ni fue a la fruta y ni al rastro de aceite que puse.


Tirando de la carroña atada. C.M. Aguilar Gómez.
Desesperado compré un cuy (Cavia porcellus) muerto, uno de esos roedores que se utilizan de mascota y que en la cultura andina se vienen comiendo desde antiguo. Lo amarré en una zona de bosque bien buena por donde buscábamos monos choro y… nada. Ya la penúltima vez sin éxito pensé que quizás muchos de los animales son muy arbóreos y subí un cebo de frutas variadas y mantequilla de cacahuete a un tronco a media altura. Era en la zona donde había visto unas noches anteriores tres especies de mamíferos y… nada. Cuando me dijeron de ir al Bosque de Protección Alto Mayo pensé que un sitio así podía tener bichos en cierta densidad como para captar algo. Después de preparar el cráneo del manco (Eira barbata) pensamos en usarlo de cebo para la cámara de fototrampeo.



Regreso del ocelote de día. C.M. Aguilar Gómez.
Elegí un sitio cercano a un arroyo a un buen rato del campamento Venceremos, por donde en principio no pasa nadie, aunque situado en el propio sendero. El Bosque de Protección tiene oso de anteojos, aunque me dicen que han visto rastros más lejos, no por aquí, aunque eso es muy relativo pues el tipo de suelo y la lluvia no favorecen la presencia de rastros más que en sitios puntuales. Sin embargo este oso parece bastante herbívoro y su predilección son los corazones de las bromelias. Así que ya tenia puestas las esperanzas en cualquier cosa que pudiera atraer una carroña así. Colocamos el "invento" un miércoles y el sábado cuando terminé la formación pasé a ver como estaba. Algún animal la había movido un metro cuesta arriba y no se la había llevado porque estaba atada. Le había empezado a comer las vísceras, estábamos en el buen camino, ese desplazamiento de la carroña no lo pueden hacer muchos animales. 


Carroña limpia tras 6 días. C.M. Aguilar Gómez.
Como tenía que pasar el martes siguiente por esa carretera, dejé a los guardaparques al cuidado de la cámara y así pasadas tres noches más, fui con ellos a recogerla. La carroña no se había vuelto a mover, pero en tan solo seis noches ya solo quedaban los huesos limpios, limpios. Según me dicen las hormigas hacen ese trabajo tan profesional y rápido. Luego cuando comprobé las grabaciones casi me da un mal de la sorpresa. El primer bicho que grabo y es un ocelote (Leopardus pardalis), un felino que se reconoce por sus hileras de manchas en línea en la parte dorsal. Hay otros felinos pequeños, pero este ya es de considerable tamaño aunque no como un jaguar o un puma, pero después de esos dos es el tercero más grande de los felinos de la zona. El ocelote fue quien comió las vísceras durante la noche, luego sale en un segundo video tirando de la carroña, así que fue él quien la movió. El tercer video es ya de día, de modo que como sabía de ese recurso allí no le importó acudir a plena luz. Luego no hay más videos y la carroña apareció en los huesos, así que parece que nadie más la visitó a parte de las hormigas. Toda una suerte, lo dicho… ¡por fin!

Perú 37 (2011) Al caer la noche en la reserva

Remando con la puesta de sol. C.M. Aguilar Gómez.
En los recorridos que haces por la reserva hay que estar atentos para que te de tiempo a llegar antes del anochecer a los puestos de los guardas donde se pasa la noche. Uno de los días nos habíamos entretenido viendo delfines y otros bichos y andábamos ya más tarde de lo previsto, de modo que acabamos remando con el ocaso reflejado en el agua. Con ese panorama me invadió una sensación de estar realmente en un sitio alejado de todo y nada menos que en la mítica cuenca del Amazonas. Remando en esa penumbra vimos acudir a un dormidero comunal a un buen número de garcillas verdosas (Butorides striatus) de las que aparecen dispersas a lo largo del día por las diferentes orillas. Y aunque en ese momento para esas garzas acabe el día, la noche es el comienzo de la actividad para otro buen número de especies de fauna. Así, tras la cena y si la noche era buena, teníamos la costumbre de salir remando con las linternas a ver lo que podíamos encontrar.


Cochlearius cochlearius Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Una de esas especies que comienzan su actividad con la noche es el martinete cucharón (Cochlearius cochlearius). Se trata de una curiosa garza con un pico tremendo que dormía cerca de uno de los puestos de guardas, pero que durante el día era imposible localizar. Sin embargo al llegar la noche comentaban que la veían salir a pescar y recorrer las aguas superficiales cercanas. Y justo, puntual a su cita allí estaba, de modo que pude pasar un buen rato fotografiándola sin que los flashes de la cámara parecieran distraerla de su ocupación de localizar alguna presa en ese maná amazónico de peces. Pero uno de los “ases” que se guardaba Abraham en la manga para la noche, era localizar lagartos que es como llaman aquí a los caimanes (Caiman cocodrylus). Ya me había advertido que con aguas altas no eran fáciles de encontrar y de hecho no habíamos visto ninguno a lo largo de los días. Pero por la noche conocía donde encontrarlos. 



Caiman cocodrylus acechando. C.M. Aguilar Gómez.
Linterna en mano, fuimos foqueando desde la canoa todas las orillas hasta localizar dos pequeños reflejos rojizos sobre la superficie del agua.  Los reflejos eran bastante tenues y solo alguien que sabe lo que busca podía identificarlos como los ojos de un reptil. Luego, a medida que nos fuimos aproximando, la cosa cambió y los reflejos pasaron a ser algo identificable. Sobresaliendo de la superficie del agua estaban unos ojos dorados de pupila vertical acechantes. En esa posición los caimanes mantienen el cuerpo oculto bajo el agua, mientras ojos y narinas quedan emergidas en un mismo plano procurando dejarse ver lo menos posible. Esta disposición es una adaptación común a unos cuantos animales de vida acuática. Sucede lo mismo en otros vertebrados tan distantes de los caimanes como los hipopótamos que, igualmente pero por otras razones, permanecen largo tiempo sumergidos con los ojos y las fosas nasales fuera del agua. 
 


Abraham con un caimán. C.M. Aguilar Gómez.
Pero volviendo al caimán no tardamos en poderlo ver de cuerpo entero. Con ayuda de la luz de la linterna fuimos acercándonos a él lentamente, hasta que Abraham pudo echarle la mano rápidamente y sacarlo del agua, el cazador cazado. Era un ejemplar pequeño, apenas un metro de largo que sino no habría habido ocasión de cogerlo, pero lo suficiente para intimidar con su dentadura. Unas fotos, vistazo detallado y de nuevo al agua con el susto metido en su sangre fría de reptil. Aun así no fueron estos los únicos animales que vimos aquellas noches. En las hojas de los árboles encontramos también unas curiosas ranas verdes completamente mimetizadas con las hojas de su entorno, de no ser por el color rojo de sus ojos. También pudimos ver varias especies de murciélagos sobrevolando la lámina de agua, una zarigüeya (Didelphis marsupialis) y hasta una especie de roedor arbóreo tipo rata pero con el morro chato parecido a las del género Dactylomis pero que no llegamos a identificar ni a fotografiar.

sábado, 16 de julio de 2011

Perú 36 (2011) Ictiófago oportunista

Lisa, piraña y dos sábalos. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
La cocina peruana está cogiendo últimamente bastante renombre internacional. A remolque del crecimiento económico que experimenta Perú, exportando minerales que cotizan al doble que hace una década, ha florecido una nueva clase media en el país. Una clase con gran consumo de tecnología y consumista, que ha aupado lo que llaman la nueva gastronomía peruana. En su origen está la diversidad de ambientes del país que proporciona ingredientes muy variados y que es la base con la que trabajan los endiosados chefs. Esta nueva gastronomía ha sido amplificada mucho por los medios de comunicación y, sin entrar a valorarla, veo en muchos peruanos bastante “síndrome de Estocolmo” de tanto oír que la cocina peruana es la mejor del mundo. Y  realmente lo creen cuando lo que yo he podido comprobar a diario es una dieta que “abusa” del arroz, de yucas, plátanos y papas hervidas insípidas, huevos y mucha fritanga de carne y pescado.



2 sp pirañas, guapeta, chambira, sabalo y palometa
Esa dieta es la más común para buena parte de la gente de las zonas amazónicas que he visitado y la que te ponen cuando acudes a comer a sitios “normales”. No lo juzgo, pero por ello no es de extrañar cierta obesidad que uno puede ver entre los peruanos. Es posible que para los que tienen mayor poder adquisitivo sea de otra manera, pero de cualquier forma han conseguido introducir en el imaginario colectivo peruano esa “superioridad” gastronómica. Y es algo que aducen ante cualquier turista de un modo un tanto chovinista y hasta cómico. Todo esto viene a cuento porque ya llevaba yo dos meses comiendo así por Perú y con mi tercera o cuarta diarrea y fiebre por aguas mal cloradas de zumos de fruta, cuando Abraham me hizo un propuesta muy jugosa. “¿Le gusta a usted el pescado?, si quiere podemos ir poniendo las redes por la noche para comer estos días”. Pescado fresco del Amazonas era de lo que yo en esos momentos podía estar más a deseo, así que le di vía libre a su habilidades de pescador. 
 


Bocón, cotola, carachama, 2 sp motas y doncella
La primera noche puso las redes y a la mañana siguiente vino con una doncella y un carachama, así de fácil. El primero de estos peces es similar a los siluros europeos, muy cabezón y con cuatro grandes barbillones. El carachama forma parte de un tipo de peces bentónicos típicos del Amazonas que tienen grandes escamas de aspecto acorazado con una apariencia de peces prehistóricos. Dimos con ellos en el plato en un momento. Vista mi voracidad ictiófaga el segundo día volvió a poner las redes un rato que sesteábamos en las horas centrales del día en un puesto de control de guardas. En poco rato saco otros cuatro peces de tres especies, ninguna igual a las del día anterior, esta vez eran una lisa, una piraña y dos sábalos. Por la noche ya dábamos con ellos asados al fuego dentro de unas hojas similares a los de los bananos.  
 


Apuntes en el cuaderno de viaje
La siguiente noche pusieron las redes tanto Abraham como los guardas del puesto de control en el que dormíamos. Por la mañana yo aluciné con lo que habían sacado. A parte de la cantidad, llegó un momento en que ya no era capaz identificar tantas especies, así que saqué mi cuaderno de notas y me puse a dibujarlas. Entre las dos redes salieron nada menos que 13 especies distintas, algunas de ellas ya habían caído en las pescas anteriores pero aún así la mayoría eran nuevas como la piraña blanca, la palometa, el bocón, dos especies de motas, la chambira, la guapeta y la cotola. En realidad era casi más difícil coger una especie repetida que una nueva, y es que luego me enteré que en esta reserva amazónica se ha localizado la friolera de 259 especies pertenecientes nada menos que a 37 familias. Y es que la diversidad de peces en estos hábitats es realmente exagerada y es uno de los recursos económicos más importantes para los habitantes de la zona. Así, con este “capital natural” cambié mi dieta de omnívoro por una de ictiófago oportunista los días 5 días que estuve recorriendo la reserva en canoa.

martes, 12 de julio de 2011

Perú 35 (2011) Tierras emergidas, “gigantes amazónicos” y algunos primates

Tamandua tetradactyla C.M. Aguilar Gómez.
Las zonas emergidas en esta época del año son pocas, así que cuando tuvimos ocasión de llegar a algunas de ellas aprovechamos para bajarnos de la canoa y estirar un poco las piernas en paseos a pie. Enseguida se ven muchos rastros en el suelo embarrado, aunque ver a los propios animales es más complicado ya que vas haciendo ruido al pisar los charcos y hay muy poca visibilidad con tanta vegetación. Así localizamos huellas de armadillo, venado, tapir, unas de un felino de tamaño medio tipo ocelote e incluso unos arañazos de estos en la corteza de un árbol. Pese a todo creo que tuvimos suerte pues pudimos cruzarnos con un añuje (Dasyprocta fuliginosa) y unos metros delante de unas huellas que no lográbamos identificar, nos dimos de bruces con un tamandúa u oso mielero (Tamandua tetradactyla). Al momento de vernos se subió a un árbol, pero aún así se mostraba algo curioso de vernos allí, siempre y cuando mantuviéramos una cierta distancia.



Gran lupuna (Ceiba pentandra) C.M. Aguilar Gómez.
En estas zonas emergidas pude ver uno de esos gigantes que encuentras en las selvas bajas, una inmensa lupuna que es el nombre común que dan a varias especies de árboles grandes. Una de esas especies de lupuna es una Ceiba y pienso que esta de aquí era una de ese género, la Ceiba pentandra. Creo, sin exagerar, que es el árbol de mayor tamaño que haya visto nunca. Estos gigantes se desarrollan sobre suelos poco profundos que, además con tanta agua de lluvias y crecidas, en cierto modo son bastante inestables. Es por ello que han tenido que desarrollar un sistema de “andamiajes” que les ayude a mantener su estabilidad a salvo de la embestida de vientos y tormentas. Esa es la función que cumplen los enormes alerones que salen en todas las direcciones de su base, ampliando de este modo la sujeción del tronco al suelo. Estos árboles son más frecuente cuanto más te adentras en la reserva y es que hasta que no ha habido guardería suficiente, la gente seguía entrando de forma ilegal a sacar la madera de estos grandes árboles.



Victoria amazonica. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Otros gigantes del reino vegetal que me sorprendió encontrar fueron las plantas de Victoria regia (Victoria amazonica), una especie parecida al nenúfar que puede llegar a tener hasta más de dos metros de diámetro. No la encontramos hasta el tercer día, pues tampoco son muy abundantes. Ahora se encontraban con las hojas recién formadas pues pasado un tiempo estas se pudren y se hunden. El interior de las hojas almacena inmensas vacuolas con una densidad menor que la del agua y es lo que las mantiene a flote en superficie. Cuando te acercas y las tocas, es como estar apoyándote sobre una colchoneta hinchable de camping. Eso sí, si te da por tocarlas hay que tener la precaución de hacerlo por arriba pues la parte de abajo está completamente recubierta de grandes espinas. Intenté sin éxito voltear parcialmente alguna de ellas para ver su estructura. Sin embargo esos pinchos son una defensa muy efectiva, no solo para curiosos como yo, sino también para cualquier herbívoro que quiera aprovechar ese recurso desde el agua.



Mono aullador (Alouatta seniculus) C.M. Aguilar Gómez.
De regreso al agua volvimos al medio desde el que mejor se ven muchas de las aves y mamíferos de estas selvas. Una especie que ya había visto fugazmente en Tingana pero que aquí pude contemplar bien, fueron los monos aulladores (Alouatta seniculus). Con el agua inundando todo el bosque pudimos acercarnos hasta justo debajo de un árbol donde había uno y tomarle algunas fotos. Una aproximación que habría sido más difícil con el terreno seco cuando parece que se muestran más recelosos. Otros primates que hasta ese momento no había visto en libertad fueron los monos choro común (Lagothrix lagotricha), los mismos que tenían en el centro de recuperación de Ikamaperu en Lagunas y que algún día iban a liberar por esta zona según me dijeron.

viernes, 1 de julio de 2011

Perú 34 (2011) Aves en Pacaya-Samiria

Busarellus nigricollis. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Un recorrido descendiendo por el río Tibilo permite ver un buen número de aves, pero quizás me sorprendió no encontrar demasiadas especies de garzas en la zona. Al menos no las que yo imaginaba para un sitio inundado como este. Garzas comunes en otras zonas húmedas como la garceta grande (Ardea alba) o la garceta nívea (Egretta thula), no llegué a verlas aquí aunque sí otras como la garza cuca (Ardea cocoi), la garcita verdosa (Butorides striatus) o la garza capirotada (Pilherodius pileatus), ninguna de ellas en gran número. Lo que sí pude ver fueron bastantes especies de rapaces, algunas de ellas bastante llamativas. Entre ellas el busardo colorado (Busarellus nigricollis) con su coloración canela y que aquí llaman “mama vieja”, los elanios plomizo (Ictinia plumbea) y tijereta (Elanoides forficatus) o los caracaras negro (Daptrius ater), gorgirrojo (Daptrius americanus) y chimachima (Milvago chimachima).



Pato criollo (Cairina moschata). C.M. Aguilar Gómez.
Un par de aves acuáticas, solitarias y escasas fueron el pato criollo (Cairina moschata) y el avesol americano (Heliornis fulica). Esta última es una ave que aunque tiene la apariencia de una anátida, forma parte de una curiosa familia con solo tres especies en todo el mundo. Además esas tres especies se encuentran en zonas tropicales de tres continentes distintos, de modo que hay avesoles en el Sudeste asiático, en África y luego están estos de Sudamérica y Centroamérica. Aunque se sabe poco del origen de esta curiosa distribución, parece sugerir que la familia es de un linaje bastante antiguo. Unos que sí son muy habituales y comunes son los martines pescadores, como el martín gigante neotropical (Megaceryle torquata) y los martines verde (Chloroceryle americana) y verdirrufo (Ch. inda).


Jacamará Galbula cyanescens. C.M. Aguilar Gómez.
Un par de familias de aves cuyos representantes solo se ven en los bosques húmedos de Sudamérica son los jacamarás y los tucanes. Además, ambos con no muchas especies de modo que ver alguno de ellos en un viaje ornitológico a los neotrópicos siempre es de agradecer. La mayoría de los jacamarás tienen unos plumajes que parecen “de fiesta”, son coloridos y presentan plumas iridiscentes, así que parece que llevaran trajes de lentejuelas. No es el caso del jacamará orejiblanco (Galbalcyrhynchus leucotis)  que vi en varias ocasiones y que es más discreto, pero sí del jacamará coroniazul (Galbula cyanescens) que luce brillantes plumas de tonos verdosos, azulados y amarillos. Los tucanes son otros que llaman mucho la atención por sus espectaculares picos. El más común en todas estas selvas es uno pequeño que llaman tucanetas y en el que predominan los colores negros amarillos y rojo, el Pteroglossus castanotis, del grupo de tucanes también conocido como arasarís.
 


Tucán Ramphastos sp. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Pero más espectacular que esta última especie son los del género Ramphastos que pueden verse en la reserva y que son de los tucanes más grandes que hay en Perú. Son las típicas aves de picos completamente desproporcionados que tenemos en mente al hablar de los tucanes. Hay un par de ellos prácticamente iguales predominantemente negros y con baberos blanco y amarillo, solo los diferencia claramente el reclamo. Uno de esos tucanes es el que pude ver allí, R. tucanus o R. vitellinus, ¡ve tu a saber! que no les dio por cantar. Si no habría podido verlos con esa forma tan exagerada que tienen mover el pico de arriba abajo. Como no fue así, me tendré que quedar con la duda de cual de los dos era.

lunes, 27 de junio de 2011

Perú 33 (2011) Algo de fauna acuática selvática

Taricaya (Podicnemis unifilis) C.M. Aguilar Gómez.
Con aguas altas no es fácil ver algunas especies, en especial las más acuáticas ya que ahora están muy dispersas. Es por ello que en los días que estuvimos por allí no conseguimos ver la nutria gigante amazónica (Pteronura brasiliensis) y solo con suerte dimos con algunos que otros galápagos y varias anacondas. Los primeros los llaman en la zona taricayas (Podicnemis unifilis) que son bastante tímidas ya que al parecer son un suculento bocado, de modo que enseguida se tiran al agua. Anacondas (Eunectes murinus) vimos en un par de ocasiones soleándose en un tipo de orillas herbáceas de los cauces principales. Cuando pasábamos por ese tipo de sitios íbamos remando lentamente, con cien ojos tratando de localizar alguna. Las anacondas no tienen veneno así que tienen que matar a sus presas por constricción, con lo que a mayor tamaño más posibilidades de asfixiar presas más grandes. Con esta táctica han llegado alcanzar portes descomunales por lo que se encuentran entre las serpientes más grandes del mundo con ejemplares que alcanzan hasta 8 metros.



Anaconda (Eunectes murinus) C.M. Aguilar Gómez.
A la gente de mi generación cuando le nombran la palabra anaconda le viene rápidamente a la cabeza aquella lucha en el barro de Félix Rodríguez de la Fuente en el Orinoco venezolano. Asociada a la mítica melodía de la serie Hombre y la Tierra aparecía siempre esa escena en el surtido de imágenes que había al comienzo de todos los capítulos. Pero las anacondas que yo vi no llegaban a un metro aunque no dejo de sorprenderme la inquietante mirada de estos bichos. Los ojos de anfibios y reptiles normalmente son bastante curiosos, muy contrastados con fondos dorados, naranjas o de cualquier color con pupilas circulares o verticales muy marcadas. Sin embargo estos de las anacondas tienen un aspecto raro, tienen como una pátina blanquecina como si tuvieran cataratas. Mirar a un bicho con la reputación de este y no saber bien donde tiene puesta su mirada es una sensación un tanto inquietante.


 Dracaena guianensis Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Otra especie de serpiente que vimos trepando entre ramas y lianas fue una de las que llaman machacos. Con este nombre identifican un grupo de serpientes con aspecto similar unas muy venenosas y otras no. Es curioso comprobar los nombres comunes que les dan y que hacen referencia a su coloración, pero de una manera indirecta. Así hay una verde de la que siempre hablan porque es muy venenosa, pero que no vimos, que llaman loro machaco, hay otra que alterna el amarillo miel y negro y que llaman iguana machaco por la similitud con ese otro reptil. Y por último está la que vimos nosotros que era de color rojizo como el de un fruto muy típico de una palmera de las selvas inundadas (Mauritia flexuosa), el aguaje, así que el nombre es fácil, la aguaje machaco (Chironius scurrulus) que aunque es inofensiva es bastante agresiva. Otros reptiles que pudimos ver entre la vegetación inundada de las orillas del río Tibilo fueron unas iguanas de tamaño medio con cabeza rojiza. Son de la especie Dracaena guianensis también conocidas como lagarto caimán por el aspecto espinoso del lomo y la cola que pudieran recordar a esos reptiles.


Delfín rosado (Inia geoffrensis) C.M. Aguilar Gómez. 
Pero si en general para la mayoría de los animales acuáticos no era buen momento, había unos para los que sí lo era y que eran muy abundantes. Todos los días veíamos unos cuantos delfines rosados (Inia geoffrensis). Al ir remando en silencio oíamos de repente el bufido de uno de estos cetáceos al salir a respirar. Era cuestión entonces de esperar unos minutos a que salieran de nuevo y tratar de hacerles alguna foto. No es fácil pues salen poco y de manera breve, pero ahí pasamos bastante rato disfrutando de la magia de ver estos míticos animales sobre los que la gente del Amazonas ha tejido tantas leyendas. Todas las veces que vimos delfines en el Pacaya Samiria fueron esta especie y eso que vimos en muchas ocasiones. Tuve que esperar a salir al cauce principal del Huallaga, ya en el barco de regreso, para ver la otra especie de cetáceo de río que hay en la cuenca del Amazonas, el delfín tucuxi (Solatia fluviatilis).

lunes, 20 de junio de 2011

Perú 32 (2011) La selva de los espejos

Guacamayos (Ara ararauna) C.M. Aguilar Gómez.
El río Tibilo, por el que accedemos a la reserva, es poco más que un caño de agua estrecho ahora desbordado. Sin apenas corriente inunda toda esta inmensa llanura aluvial amazónica. A la reserva he oído llamarla “la selva de los espejos” y si en alguna época del año esto es más apropiado creo que es ahora con aguas altas y rebosando sus cauces principales. Las aguas tranquilas presentan una coloración oscura debida a los ácidos húmicos del suelo selvático que inundan, una imagen muy distinta de las aguas densas y llenas de sedimentos del río Huallaga entre Yurimaguas y Lagunas cuando lo recorrí en el barco. Sobre la lámina de agua se reflejan los árboles de las orillas con una luz tamizada por los cielos nublados de invierno. Solo el paso de la canoa rompe los reflejos y al ritmo lento y sosegado de avance a remo van apareciendo distintas especies de aves y mamíferos en las orillas. Los más llamativos en un primer momento son los grupos de guacamayo azul y amarillo (Ara ararauna).


Huapo negro (Pithecia monachus) C.M. Aguilar Gómez.
En general no se ven concentraciones numerosas de fauna, ya que este espacio inmenso de agua ahora no las favorece. Sin embargo cada poco vas descubriendo algo nuevo. Empiezo viendo un manco (Eira barbara) una especie de mustélido que observo trepando por un árbol, luego son varias especies de primates las que se cruzan en el recorrido como un grupo de frailecillos de una especie distinta (Saimiri boliviensis) de los que vi en Tingana, varios machines blancos (Cebus albifrons) y huapos negros (Pithecia monachus). Estos últimos no sabía que podría llegar a verlos en esta zona, así que fueron una sorpresa. En realidad son unos primates bien extraños con la cabeza calva y una expresión inquietante, todo lo contrario de la cara y gestos de otros primates que, por la proximidad de sus expresiones con las humanas, enseguida nos causan simpatía. Además estos huapos presentan un pelaje bien raro,  muy lanudo, a mi me recuerdan a esas harapas almerienses hechas todas de trapos “deshilachados” de reciclaje, así que no se quien les podría un nombre tan poco afortunado ya que de “guapos” tienen bastante poco.



Tarántula Avicularia avicularia. C.M. Aguilar Gómez.
Otros animales que ya había visto en otros lugares, pero que aquí eran relativamente frecuentes, fueron los perezosos de dos dedos (Bradypus variegatus). De normal serían difíciles de ver al pasar todo el día parados en una rama, sin embargo ahora andan sobre uno de los pocos árboles caducifolios de estas selvas. Se trata de la punga (Pseudobombax munguba) un árbol que pierde todas las hojas a la vez y que produce unos frutos grandes como los del cacao. Tras la fructificación las hojas del árbol empiezan a brotar de nuevo, de modo que sus tiernas yemas son un foco de atracción para un animal herbívoro como los perezosos que quedan así expuestos a todas las miradas. Pero además de grandes animales, mirando detenidamente las orillas va apareciendo otra fauna "menor" como unas tarántulas peludas que solo vi en una ocasión.
 


"Lagarto Jesucristo" A. ameiva. C.M. Aguilar Gómez.
También cruzaban delante de la canoa, cada cierto tiempo, unas lagartijas que al asustarse salían corriendo sobre el agua sin hundirse. Algo parecido había visto en las selvas de El Petén en Guatemala hace años, una imagen muy típica que suele salir en los documentales de naturaleza. Allí los llamaban “lagartos Jesucristo”, por aquello de que andaban por encima del agua aunque no tienen porque ser la misma especie, solo el comportamiento lo es. Aquí pregunté al guía pero simplemente les dicen “lagartijas”, más tarde he podido identificarlas como Ameiva ameiva. También de vez en cuando encontrábamos pequeños grupos de 5-6 murciélagos de color canela percheados en ramas secas. Al paso de la canoa salían revoloteando alborotados sobre la lámina de agua de forma alborotada. Un tipo parecido a estos murciélagos los había sorprendido en ocasiones anteriores descansando bajo grandes hojas en otros paseos por selva amazónica.

martes, 14 de junio de 2011

Perú 31 (2011) Pacaya-Samiria a “motor de caparrón”

Monos choros en Ikamaperu. C.M. Aguilar Gómez.
Los del Proyecto Mono Tocón  me habían dicho que buscara en Lagunas a un tal Warren, un chico que trabajaba en un centro de recuperación de primates de la asociación Ikamaperu. Estuve una mañana con él organizando la visita que haría con Abraham, ya que a él le era imposible acompañarme pues estaba a cargo del centro mientras los directores del proyecto andaban unos meses por Europa buscando financiación. El centro de recuperación de Lagunas lleva funcionando aproximadamente un año, aunque tienen otro parecido y más antiguo en Moyobamba. Este de aquí lo tienen ahora lleno de monos choro común (Lagothrix lagotricha), casi unos 40 animales. La idea es poder reintroducirlos en la reserva, pero los primates son animales sociales y eso es una dificultad para liberarlos con éxito. Los ejemplares provienen de decomisos de fauna a particulares y núcleos zoológicos ilegales, así que algunos llevan mucho tiempo viviendo y socializando entre humanos por lo que no se defienden bien en el medio natural.



Con Abraham en la canoa. C.M. Aguilar Gómez.
Ahora van a comenzar a construir una estación intermedia dentro de la propia reserva donde hacer las sueltas y realizar los seguimientos de los animales liberados. Para visitar el Pacaya-Samiria lo habitual es acceder desde Iquitos, Nauta o Lagunas. Desde Iquitos grandes barcos turísticos remontan el Ucayali en tours con todo tipo de comodidades para hacer más llevadera la visita a la selva, también desde Nauta se accede en embarcaciones a motor a distintas zonas y a algunos alojamientos turísticos. Sin embargo la opción de Lagunas es algo distinta. Desde esta población acuerdas con un guía el recorrido y el número de días que vas a pasar dentro de la reserva y con esa previsión metes todas las cosas que vas a necesitar en una canoa y te mueves por los ríos a remo o a “motor de caparrón”, como solemos decir por La Rioja cuando te mueves con tu esfuerzo. A medida que te vas desplazando por el río vas quedándote con tu mosquitera en las plataformas y puestos de control donde viven los guardaparques. 


Puesto de control Camotal. C.M. Aguilar Gómez.
Después de estar en Tingana en canoa, esta forma de desplazamiento era la que más me apetecía por las posibilidades que podría ofrecerme para ver fauna. Estábamos al final del invierno, que es como llaman aquí al periodo de lluvias y por ello pensé que igual esto sería un dificultad para visitar la reserva, pero cada época tienen su atractivo. Ahora la gran mayoría del bosque queda bajo el agua, siguen estando marcados los ríos que surcan la gran llanura, pero a ambos lados de ellos prácticamente toda la selva está inundada. De este modo, siguiendo los meandros del río Tibilo cada poco vamos cogiendo atajos en las cerradas curvas, solo es cuestión de abrirse paso por el agua en los sitios en los que el bosque no es demasiado tupido y, si es necesario, dar unos golpes de machete desde la canoa para abrir algún "camino". Así conseguimos avanzar más rápido y acceder a más lugares que en la época de verano con aguas bajas, navegando entre los grandes árboles selváticos. 


Navegando junto a una lupuna. C.M. Aguilar Gómez.
Sin embargo con tanta agua ver a los animales más acuáticos, como nutrias, tortugas o cocodrilos es más difícil pues están mucho más dispersos. Después de las intensas lluvias del día que llegué a Lagunas, el tiempo dio un respiro pero permaneció el cielo nublado. Cuando pasas todo el día en la canoa, que no te dé el sol directamente ya es media vida, aunque tengas que soportar dos o tres diluvios amazónicos como nos sucedió a nosotros en los 5 días que navegamos por la reserva. En esas ocasiones no hay chubasquero que te libre, solo sirve colocarte bajo plásticos dentro de la canoa y achicar el agua de lluvia que va acumulándose dentro de ella. Afortunadamente la temperatura no es un problema y si acabas mojándote en poco rato consigues secarte de nuevo.

sábado, 4 de junio de 2011

Perú 30 (2011) Vértigo verde, camino del Pacaya-Samiria

Puerto de Yurimaguas. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
De regreso de Tingana estaba a la espera de una salida de una semana de duración que iba a hacer con la gente del Proyecto de Mono Tocón. La idea era prospectar una zona donde no había datos de la especie pero que por distribución podría hallarse, pero los planes se vieron atrasados por un problema de salud del conductor con el que trabajaban.  Antonio, el gestor español de la asociación que conocí unos días atrás recién llegado a Perú, me dijo que entre tanto podía aprovechar para visitar la reserva del Pacaya-Samiria. Este espacio natural protegido es uno de los mayores del Perú, tiene alrededor de 20.000 Km2 de selva baja inundable y es un sitio muy bueno para ver fauna. Para acceder allí desde donde estaba, crucé la Cordillera Escalera entre Tarapoto y Yurimaguas. La carretera se acaba en esta ultima localidad, una pequeña ciudad producto del boom cauchero de mediados del siglo XX a orillas del río Huallaga. A partir de ahí todo el transporte por la zona es en barco.



Interior del barco "El Romántico". C.M. Aguilar Gómez.
Desde los últimos relieves de la Cordillera Escalera puede verse la gran extensión de zonas bajas de la cuenca del Amazonas, una inmensidad que se extiende a tu pies por más de 4000 Km hasta llegar al Atlántico. Viéndolo así, no pude dejar de sentir un cierto vértigo de entrar en un paisaje como aquel. Nada más llegar al apeadero de coches de Yurimaguas, y de camino al centro en un mototaxi, el chavalito que conducía me puso al día de lo necesario para un viaje fluvial amazónico. Pasamos por el mercado a comprar una hamaca para “vegetar” en el largo recorrido por el río y un tupper-ware y una cuchara para la mi ración de comida “carcelaria” que me darían en el barco. En un principio pensamos que habría alguna salida para ese día, pero tras visitar los dos muelles vimos que debía esperar a la mañana siguiente. Desde Yurimaguas parten grandes barcos de tres plantas de hierro hacia Iquitos que tardan tres días de viaje, sin embargo, para ir Lagunas que solo está a 12 horas me recomendaron coger otros de dos plantas de madera que como llevan menos carga se retrasan menos en los puertos.



Barco surcando el Huallaga. C.M. Aguilar Gómez.
Los barcos amazónicos son algo único, la sensación de navegar en algo hecho completamente de madera y de ese tamaño no se puede vivir en muchos sitios hoy en día. A mi me recordaba a la impresión que tuve visitando una réplica de los antiguos barcos bacaladeros portugueses hace medio año en el museo marítimo de Ilhavo en la ría de Aveiro (Portugal). Bueno, eso salvando las "distancias", que estos de aquí son barcos fluviales a motor y aquellos eran marinos y de navegación a vela, pero el “abrigo” de la madera es algo especial. Según embarqué colgué mi hamaca, me hice un sitio y me dispuse a disfrutar de una larga travesía en cubierta con vistas a la selva. Sin embargo, mi gozo en un pozo, a la media hora comenzó una lluvia intensa que no paró más que un poco a última hora de la tarde,  cuando un arcoíris doble se desparramó sobre el horizonte selvático.




Arco-iris doble sobre la selva. C.M. Aguilar Gómez.
Había pensado que sería una travesía de calor, mosquitos, sol y delfines de río, pero nada de eso se cumplió. La intensa lluvia obligó a cubrir con grandes plásticos negros los vanos que hacían de ventanas y por donde entraba el agua con ráfagas de viento. Poco más pude hacer que vegetar en la hamaca envuelto cual gusano en su crisálida, leyendo, escuchando música y con más frío que calor. Al menos en estas condiciones los mosquitos no hicieron acto de presencia, que ya es bastante. La verdad es que para que estas selvas se mantengan tan verdes son necesarios estos diluvios y ahora, que aún estaba en época de lluvias, yo solo cruzaba los dedos para tener suerte y poder visitar la reserva sin acabar muy pasado por agua.

lunes, 30 de mayo de 2011

Perú 29 (2011) Aves en Tingana

Búhos Pulsatrix perspicillata C.M. Aguilar Gómez.
A parte de los dos recorridos en canoa, en Tingana pude dar algunos paseos a pie a última y primera hora el día para ver aves, ya que me quedé a dormir allí en una casa de la chacra de Juan, uno de los guías. Como a algunas otras personas que he conocido, a Juan también le gusta caminar descalzo por sus tierras, con la particularidad de que así uno puede darse cuenta que le falta el dedo gordo de uno de sus pies. Cuando le pregunto la razón bromea con que lo ha echado al cocido de hoy, para después reconocer que en realidad lo perdió de un machetazo. Sin duda parece uno de los riesgos de andar descalzo por ahí haciendo las faenas del campo. Juan me acompañó en alguno de los recorridos por la zona, y yo por mi cuenta salí además por la noche a probar suerte, pero mi táctica de atraer búhos imitando reclamos fue nuevamente un fracaso. Sin embargo, ver aves nocturnas parece más fácil durante el día cuando descansan en los árboles.  Resulta raro, pero aquí es así con algunas especies.



Ayaymama, Nyctibius sp. C.M. Aguilar Gómez.
Un pareja de búhos pequeños tipo Megascop, como los que había visto otras veces, estuvieron durmiendo encima de donde comíamos pero como no sacaron la cabeza en todo el día no hubo manera de saber la especie. Cuando a última hora de la tarde fui a buscarlos ya se habían marchado, pero imagino que eran los que cantaba después por los alrededores, aunque no llegué a identificarlos por el canto. Los que sí logre ver y reconocer fueron dos grandes búhos de anteojos, Pulsatrix perspicillata, preciosos, ocultos en un árbol cuando pasábamos con la canoa debajo de ellos. Las fotos que saqué fueron malas, pero no he podido resistirme a incluirlas aquí por lo espectaculares que son estos bichos con su llamativo contraste de color en el plumaje y sus “gafotas” blancas perfiladas sobre los ojos. Otras aves nocturnas que encontré bien camufladas en la vegetación fueron los nictibios, una especie de chotacabras del nuevo mundo que tienen una bocaza tremenda.
 


Falco rufigularis Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Durante el día los nictibios se posan siempre sobre una rama vertical de las orillas del río haciendo parecer que son su prolongación, mimetizados a la perfección. Aun pasando muy cerca de ellos no levantan el vuelo y se quedan ahí sin ni siquiera “pestañear” confiando plenamente en su camuflaje. Es difícil precisar la especie concreta en cada caso, aunque siempre son el género Nyctibius y lo más normal es que sean Nyctibius griseus, pero todas las especies son bastante parecidas y además muy polimorfas, lo que complica su identificación al menos para mí. Se los encuentra siempre descansando en el mismo lugar, de modo que cuando lo hallas una vez ya sabes donde buscarlo el siguiente día. Aquí les llaman “ayaymamas”, un nombre onomatopéyico del sonido que emiten por las noches  y sobre que el que basan muchas leyendas que cuentan la gentes de campo.
 


Icterus croconotus Foto: C.M. Aguilar Gómez.
En tierra otras aves que me llamaron la atención en aquellos paseos fueron un pequeño halcón caza murciélagos Falco rufigularis, un carpintero grande común pero muy espectacular, Dryocopus lineatus y un colorido oriol, Icterus croconotus, de un naranja casi “fosforito”. Ya en el río los martines pescadores eran bastante abundantes, lo que da una medida de la riqueza de peces que albergan estos ríos. En el tramo que recorrimos llegué a observar 3 especies distintas, uno tremendo el Megaceryle torcuata y otros dos con dorso verde muy llamativos de dos tamaños Chloroceryle americana y Chloroceryle inda, aunque me dicen que se llega a ver alguna especie más. También de cuando en cuando, se ven algunas Aningas (Aningha aningha) salir volando delante de la canoa y hasta un especie rara de garza llamada Aramus guarauna.

jueves, 26 de mayo de 2011

Perú 28 (2011) Mamíferos desde la canoa

Frailecillo (Saimiri sciureus) Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Los recorridos en canoa a remo por el río Avisado dieron para ver un buen número de animales, entre ellos varios primates nuevos para mí. El turismo aquí empezó hace unos siete años y entonces me cuentan que era bastante difícil que se dejaran ver muchas de las especies de monos. Antes de la reserva, dicen que esto era un cazadero tremendo que frecuentaba la gente de la zona. Ahora trascurrido el tiempo, los animales se han ido acostumbrado a la nueva situación. En los dos días que estuve por allí pude ver un buen número de frailecillos (Saimiri sciureus), unos monos pequeñijos y con carilla de buena gente. No pensé que fuera a verlos tan bien, pero sí, entre otras cosas porque van en grupos muy numerosos, a veces incluso de hasta cuarenta ejemplares y ahí van dando bastante bulla por el arbolado. Son curiosos, ágiles y desde la canoa vimos en numerosas ocasiones como se tiraban en plan “suicida” de hasta 5-6 metros de un árbol a otro para cruzar el río.


Machín negro (Cebus apella) Foto: C.M. Aguilar Gómez.
El otro mono que vimos también en buen número fue el machín negro (Cebus apella), un pariente de los que vi en el Bosque de Protección Alto Mayo, los machines blancos, y que igualmente son más tímidos y reservados que otras especies de monos. El primer día iban junto a los frailecillos y parecían más confiados, pero al día siguiente que ya estaban solos, no se dejaron acercar demasiado con la canoa. Otros primates que sí que son visto y no visto son los pichicos, muy parecidos a los que vi en Pucunucho, aunque aquí son otra especie, Saguinus fusticollis, pero igual de inquietos y no paran ni 5 segundos en un mismo sitio así que nuevamente difíciles de fotografiar. 




Perezoso (Choloepus hoffmanni). C.M. Aguilar Gómez.
Los monos aulladores rojos (Alouatta seniculus) también los oíamos regularmente, aunque al principio a mi me costaba identificar esos ruidos con un aullador. Recuerdo que hace ya unos cuantos años visitando con Iratxe las pirámides de Tikal en Guatemala oíamos monos aulladores, aunque no los veíamos, y aquellos eran unos gritos tremendos. Los de esta especie, por el contrario, son un “ronroneo” grave de fondo, aunque tuvimos suerte y en una ocasión los vimos de lejos, que no suele ser lo habitual en Tingana. Otra especie nueva para mí fue el perezoso de dos uñas, Choloepus hoffmanni, que ha sido el único ejemplar de esta especie que he visto en todo el viaje




Erizo "peque" Coendu bicolor. C.M. Aguilar Gómez.
En realidad diría que más bien lo que vi de este perezoso fue una bola de pelo tripa arriba rascándose la barriga lentamente, que era lo que se veía desde abajo. La cabeza no se le veía pero el pelaje era muy distinto  en coloración del otro perezoso, el de dos tres uñas (Bradypus variegatus) que es más habitual de ver y que he podido ver bastantes veces. En una ocasión encontramos quieto, quieto encima de una rama, a escaso metros de nuestra canoa, uno de esos roedores arborícolas que llaman erizos o puerco espines como el Coendu bicolor. Como el bicho es nocturno ni se movió, se quedó acurrucado encima de nuestras cabezas mirando como pasábamos por debajo. Es lo que se consigue al ir con una canoa a remo y sin hacer a penas ruido, los animales se muestran bastante más confiados y se ven mejor.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...