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domingo, 18 de junio de 2023

Asturias (2023). Liliput.

En el reino de Liliput el paisaje tiene el tamaño de sus habitantes. Ellos no se saben pequeños, y puede que no lo sean, quizás solo se percatan de su talla cuando algún Gulliver mete las narices en su mundo. La relatividad según Jonathan Swift.

Crisomélido en sus reinos de Liliput. A su escala un voraz coleóptero consumidor de hojas. Probablemente Chryptocephalus sericeus. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

Musgos con esporófitos con la apariencia de flacas cerillas. A su lado los helechos Polipodium del fondo parecen gigantes. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

Sedum, Cladonia y briófitos... texturas y colores para alfombrar el suelo del bosque caducifolio. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

Los limacos son unos "guarros", ponen perdida de babas la delicada cubierta de musgos ¡No hay quien pueda con ellos! P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

La sombra del helecho es alargada... dijo Miguel Delibes, ¿o era la del ciprés? Ahora dudo. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

"Walk on the wild side". Este pequeño insecto, siguiendo el consejo de Lou Reed, ha acabado atrapado en los "tentáculos" de una "malvada" Drosera. Es un roquero, vive rápido, muere joven y conserva un bonito cadáver de queratina, el resto se lo absorberá la atrapamoscas. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

El sotobosque huele a podrido, a humedad, a musgos, a helechos, a geosmina, a fertilidad, a paisaje relicto del Terciario. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibia. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

La hormiga rumbera va "apatrullando la ciudad" de briófitos como cantaba El Fary en la película de "Torrente, el brazo tonto de la ley". P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

Extraña "floración" del roble. Daboecia cantabrica naciendo entre un plantón del Quercus robur. Confusión para ingenuos. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

Volviendo la vista al paisaje boscoso de frondosas. P.N. Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias. Asturias. Junio 2023. Foto: César María Aguilar Gómez.

jueves, 9 de mayo de 2019

Asturias (2019). En un lugar de la Cordillera…

Hayedos y robledales brotando. Foto: César María Aguilar Gómez.

 

Finales de abril y la Cordillera Cantábrica se despereza. El incremento de las temperaturas nutre de agua en abundancia a los torrentes, las nieves quedan relegadas a las cumbres y las hojas de las hayas brotan frágiles deseando que las heladas de mayo no les sorprendan. 

Bajo la sombra del hayedo los helechos desenroscan sus frondes con aspecto de Nautilus antediluvianos y las plantas nemorales se apresuran a completar su ciclo sabiendo que está próximo a terminar el tiempo en el que los rayos del sol alcanzan el suelo. Las plantas de Saxifraga lo saben y apuran su floración, pero el ramillete de Oxalis que crece en un haya trasmochada no parece tener tanta prisa.

En estos días la actividad de los osos cantábricos se acelera. Una osa que ha dado a luz a un cachorro mientras hibernaba, sale de su cueva varias veces al día para enseñarle al pequeño cómo es el mundo al que ha llegado. De momento solo verá unos prados colgados entre escarpes rocosos, el lugar inaccesible que su madre ha escogido para criar con el fin de ponerlo a salvo de la furia de los machos que ahora buscan hembras como ella.

Si uno de ellos logra dar con ellos no dudaría en matar a la cría para forzarla a entrar en celo, pero estando donde los vemos parece que el pequeño está de momento protegido del peligro. A vista de telescopio, y pese a la distancia, podemos ver bien a la hembra que pasta frente a la cueva, pero el retoño es apenas un pequeño monigote que intuimos a su alrededor buscando juego y atención entre carreras y cabriolas.

No lejos de allí, en las faldas de la montaña una osa se hace acompañar de un gran macho con un característico “collar amarillo” en el diseño del pelo del cuello. Ambos caminan juntos, juegan, se olfatean, se revuelcan... el macho se muestra cariñoso pese a su corpulencia y la hembra se muestra receptiva.

Con las luces de la tarde cayendo sobre el piornal comienzan las cópulas. A la mañana siguiente volvemos a localizar a telescopio a la misma hembra desde la ladera de enfrente. A penas han pasado 12 horas y, sorpresa, quien la acompaña no es el macho del “collar amarillo”. Su nuevo compañero es un macho negro, más desgarbado y menos corpulento, parece más joven. Ella sí es la misma.

Este también es un macho cariñoso y las cópulas llevan su tiempo. A medida que avanza la mañana los rayos del sol nos dificultan seguirlo a telescopio hasta que, finalmente, ambos se pierden caminando tras una loma. Toca descansar. 

Frondes de helechos. Foto: César María Aguilar Gómez.

Saxifraga sp. Foto: César María Aguilar Gómez.

Hayas recién brotadas. Foto: César María Aguilar Gómez.

Oxalis acetosella. Foto: César María Aguilar Gómez.

Oso pardo (Ursus arctos). Hembra (Dcha.), macho 1 (Izda.). Foto: César María Aguilar Gómez.

Oso pardo (Ursus arctos). Hembra (Izda.), macho 1 (Dcha.). Foto: César María Aguilar Gómez.

Oso pardo (Ursus arctos). Hembra (Izda.), macho 2 (Dcha.). Foto: César María Aguilar Gómez.

Oso pardo (Ursus arctos). Hembra (Dcha.), macho 2 (Izda.). Foto: César María Aguilar Gómez.

Oso pardo (Ursus arctos). Hembra (Dcha.), macho 2 (Izda.). Foto: César María Aguilar Gómez.

Oso pardo (Ursus arctos). Hembra, macho 2. Foto: César María Aguilar Gómez.

viernes, 30 de mayo de 2014

Observaciones de osos en la Cordillera Cantábrica 2


Oso venteando el aire. César María Aguilar Gómez.
¿Qué puede haber mejor que observar un oso en libertad?... pues observar hasta siete ejemplares diferentes en un fin de semana y con solo tres esperas. Eso es lo que me ocurrió el pasado mes de abril observando osos en Asturias con mi amigo David Calleja. Además, uno de los lugares donde nos apostamos nos permitía tener una proximidad mayor de lo que es  habitual en otras esperas de oso a telescopio. Y por supuesto sin molestar al animal, ni acceder a ningún espacio restringido, algo muy a tener en cuenta ahora que ya somos más tratando de ver osos cada temporada. Por el momento la gente que voy hallando en esos lugares tiene claro este aspecto. 




Imponente presencia de oso. César María Aguilar Gómez
La guardería forestal acude a esos emplazamientos para controlar la actividad pero sin más problemas hasta ahora. Espero que ese respeto siga así, ya que la actividad seguro que va a crecer en los próximos años y, bien gestionada, contribuye a poner en valor esos lugares. Dada la proximidad de la espera que he comentado, cuando salió el animal del lugar donde sabíamos que se había encamado el día anterior, tuvimos unos momentos de observación excepcionales. A telescopio lo vimos como nunca antes había visto un oso en libertad. Además el ejemplar era precioso, así que la euforia entre los que allí estábamos era mayúscula.




Oso recorriendo el canchal. César María Aguilar Gómez.
Aquella mañana el oso se movió por la ladera de enfrente tranquilo y ajeno a los observadores. Durante largo tiempo  estuvo moviendo piedras en busca de larvas y pastando hierba. Al día siguiente, en la espera de la mañana, vimos en la zona ese u otro ejemplar ya que no llegamos a ponernos de acuerdo. Y es que el lugar en determinadas épocas es querencioso y no es raro ver a varios ejemplares, más con el comienzo de la época de celo cuando andan buscándose y usando zonas comunes. Ese segundo día descubrimos la "fuente" donde el animal saciaba su sed. No bajaba al arroyo cercano ni acudía a las torrenteras, lo hacía en el cuenco de un tronco viejo donde se acumulaba el agua de lluvia.



Oso en su "tronco-fuente". César María Aguilar Gómez.
Las imágenes del oso trepando al árbol y metiendo la cabeza en el agua del tronco son de las que difícilmente pueden olvidarse. Pero además de estas observaciones relativamente "cercanas", para lo que es habitual en las esperas de oso, hicimos otras más habituales a larga distancia con el telescopio. En la tercera de las esperas, con una gran panorámica para observar, vimos cinco osos más y me explico. Una de ellas una osa con una cría del año anterior. Los jóvenes nacidos la temporada anterior aún acompañan a la madre en esas fechas. Sucede hasta que la hembra entra en celo y ella o el macho pretendiente obligan al joven a independizarse. En esta hembra que vimos eso aún no había sucedido y la madre aún caminaba con la cría.


Osa con cría del año anterior. César María Aguilar Gómez
Próxima a la zona de la madre con el joven dimos con otra hembra con dos cría nacidas ese mismo año. No se encontraban muy lejos de la madriguera que aún utilizaban, ya que las crías eran muy pequeñas. Viendo a los oseznos jugar uno entiende la manera en que los hemos elegido como peluches, son realmente tiernos y divertidos. Pero sus juegos no están exentos de peligros. La madriguera estaba realmente inaccesible entre canchales y verticales roquedos. Días antes alguien había observado tres crías pero ese día solo lográbamos localizar dos con la madre. Uno de los oseznos se había despeñado y un águila real lo estaba comiendo como carroña. Un escena dura pero realmente excepcional. Uno de los que allí estaba lo grabó a telescopio y aquí se puede ver. Impresionante documento.


sábado, 24 de mayo de 2014

Observaciones de osos en la Cordillera Cantábrica 1

Osa con crías. Asturias. Mayo 2012. C.M. Aguilar Gómez
Comprobar cómo los osos en la Cordillera Cantábrica están recuperándose es esperanzador. Hasta hace una década, la situación parecía bastante sombría y los esfuerzos de conservación de fundaciones, asociaciones y administraciones no permitían ver una clara mejoría. Hoy la situación es distinta y, aunque los números siguen siendo bajos y la población vulnerable, la tendencia ya es otra. El pasado mes de abril estuve por Asturias viendo osos con mi amigo David Calleja y, como en anteriores ocasiones, hemos podido tener buenas observaciones a telescopio. Hoy en día, sabiendo cuándo, cómo y dónde buscar hay más posibilidades de ver osos que hace algunos años. Y además sin ocasionarles ninguna molestia.



Osa con crías. Asturias. Mayo 2012. C.M. Aguilar Gómez
Sin embargo, hubo una época en la que dar con un oso casi era algo “sobrenatural”. En la década de los noventa, cuando yo estudiaba la carrera de Biología en León, sabíamos que estaban ahí, alguien los veía, encontrábamos sus huellas, hacíamos esperas en la montaña… pero los resultados eran francamente escasos. En mi caso fui uno de los afortunados y vi mi primer oso en el invierno de 1993. La insistencia dio sus frutos. Durante el otoño e invierno, la época más ociosa para un estudiante, subía los fines de semana a la montaña de Riaño a buscarlos. Para la gente alejada del mundillo conservacionista era un hobby algo excéntrico. "¿A dónde vas el fin de semana?, -a ver osos, -¿pero aún quedan?” Quedar quedaban, pero verlos ¡uf!




 David y yo tras los osos. Riaño 1992 C.M. Aguilar Gómez
La zona que yo visitaba pertenecía al núcleo oriental, en el norte de León y Palencia. Allí siempre hubo una población osera menor que en el occidente asturiano, pero para mí Riaño estaba más a mano. Además tenía una razón importante para acudir a esos montes, “salsero”. Unos años antes Tony Clevenger y Pancho Purroy habían capturado y marcado con radioemisor al primer oso cantábrico  en el paraje “La Salsa” de Riaño, de ahí su nombre. El lugar eran unas campas abiertas rodeadas de hayedos y robledales. Hace no mucho Purroy recogió algunas de esas andanzas en un libro de memorias.“La Salsa” fue un lugar de peregrinaje para mí, un sitio iniciático. Tony Clevenger había publicado el estudio de ese seguimiento en un libro que estaba en la biblioteca de la facultad.


Huellas 1993. Diapo. C.M. Aguilar Gómez
Con el libro debajo del brazo, y buscando los parajes de los que hablaba, me cogía el autobús a Riaño y me pasaba muchos fines de semana de otoño e invierno tras las pistas de los osos. La mayoría de las veces subía solo, pero luego ya comencé a compartir salidas con mi amigo David Calleja que venía desde Lugo y que tenía la misma obsesión. Ver huellas no era difícil pero dar con un oso era toda una suerte. Eran años en los que no existía el turismo osero que hay hoy en día, la población era menor y teníamos peor óptica. También menos conocimientos de cómo y dónde hacer las observaciones, así que lo habitual era no ver nada, a pesar de las esperas.

Con tan pocas expectativas no era fácil convencer a mucha gente para ir “a ver osos”, de modo que la mayoría de las veces subía solo a Riaño. Y así hice aquella primera observación de oso, sin nadie con quien cruzar una palabra. Mientras fotografiaba unas huellas en la nieve puede oír un caminar lento detrás de unos acebos y, sin aún percatarse de mi presencia, un oso avanzaba dentro del bosque a no más de 20 metros.


Mi primer 0so. Riaño 1993. Diapo. C.M. Aguilar Gómez.
Yo aún tenía el ojo metido en el mirador de la cámara cuando, instintivamente, levanté la cabeza y lo seguí a través del objetivo. Ni me atreví a disparar. El silencio era tal, y la distancia tan corta, que un simple click lo habría puesto a correr. Esperé su evolución y al momento detectó mi olor, levantó el hocico para coger el aire y se quedó mirando buscando mi silueta entre los árboles. Un oso tiene poca vista pero gran olfato así que, aunque no me moviera, ya sabía de mi presencia. Con un tembleque enel pulso, producto de una mezcla de miedo, emoción y adrenalina, disparé la cámara. Al primer click dio media vuelta y se marchó, era un oso joven de los que al segundo año acaban de independizarse. Y la foto salió.



Turismo osero ¡vaya cambio! C.M. Aguilar Gómez.
De no haber estado los dos tan quietos habría obtenido un borrón por foto ya que la luz allí dentro era realmente escasa. Luego comprobé, por los rastros en la nieve, que no había un oso sino dos. Eso es algo que a veces ocurre cuando se independizan juntos dos hermanos de una camada que, durante un tiempo, se desplazan juntos. Aunque solo me había topado con uno, el otro no debía de estar lejos. Hoy, con tanta gente queriendo ver osos, se impone la prudencia y las esperas alejadas a telescopio, nada de seguirles los rastros y demás. Se disfrutan durante más tiempo y uno puede verles comportarse de forma normal. Un lujo con el que aún contamos en el sur de Europa y al que trato de acudir cada temporada.


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