martes, 13 de noviembre de 2018

Finlandia y Varanger (Noruega) 7 (2006) La costa este de Varanger

Gaviota tridáctila (Rissa tridactyla). C. Aguilar.
Recorriendo la parte oriental de la península de Varanger pasamos por pueblos de pescadores como Sttore Ekkeroy, con sus coloridas casas de pescadores, donde visitamos una densa colonia de gaviota tridáctila (Rissa tridactyla). Las aves se encontraban tan seguras al lado del pueblo que podríamos haber alargado la mano y sacado del nido unas cuantas. Tan poco amenazador es un humano en estas latitudes. Vaya diferencia con lo que ocurre en el resto de Europa.

Otras aves que vimos en los alrededores de Sttore Ekkeroy fueron los bisbitas gorgirrojos (Anthus cervinus) y los falaropos picofinos (Phalaropus lobatus).




Renos en la tundra. Foto: César Mª Aguilar.
El destino de aquella mañana era la localidad de Vardo. A ambos lados de la carretera se sucedían pastizales y matorrales rastreros donde pastaban rebaños de renos. También algunas ovejas. En la tundra eran comunes los págalos parásitos (Stercorarius parasiticus) y raberos (Stercorarius longicaudus). Algunas de esas aves debían tener sus nidos no muy lejos del suelo que andábamos, por su insistencia en no alejarse de nosotros.

Vardo es el puerto donde se toman los barcos para Hornoya y Reinoya, dos pequeñas islas con densas colonias de gaviotas y álcidos. 





Densidad de aves en la costa de Hornoya. C. Aguilar.
En mi caso era la primera vez que pisaba una colonia de aves marinas como aquella. Años atrás había visto una en las Islas Lofoten en Noruega, pero desde el mar, sin poder bajar. El espectáculo desde tierra no tenía comparación.  

Nada más llegar a Hornoya empezamos a ver cientos y cientos de aves marinas en su ir y venir de los cortados al mar. Esta isla cuenta con varios acantilados y un faro en el que disfrutamos de la abundancia de aves a pesar de la lluvia fina que caía. Las aves aprovechaban hasta el último hueco disponible en aquel lugar para criar, el panorama era sobrecogedor.




Frailecillos (Fratercula arctica). Sebastian Lara.
Las aves más abundantes eran las gaviotas tridáctilas y los araos comunes pero también  eran numerosos los frailecillos atlanticos (Fratercula arctica), las alcas (Alca torda), los araos aliblancos (Cepphus grylle) y los cormoranes moñudos (Phalacrocorax aristotelis).

El movimiento de aves en torno a los cortados era tal que, en una ocasión, a Diego le cayó encima un álcido de algún tropiezo aéreo. Cuando lo tomó en sus manos resultó ser un arao de Brünnich (Uria lomvia), que también es casualidad porque de los dos araos ese es el más escaso.






Diego "el afortunado" con un Arao de Brünich. C.A.
Tras el subidón de adrenalina que fue la visita a las islas, regresamos a Vardo y continuamos la carretera de la costa. En el camino vimos escribano nival (Plectrophenax nivalis) y escribano lapón (Calcarius lapponicus). Al final del trayecto, en Hammingberg encontramos un auténtico paisaje de fin del mundo, desolado, pura tundra, con un mar embravecido y olas azotando con fuerza la costa. Habíamos abandonado la protección del fiordo y salíamos a la zona expuesta a los vientos del Mar de Barents, teníamos el puro Ártico en nuestras narices.

martes, 23 de octubre de 2018

Finlandia y Varanger (Noruega) 6 (2006) Encuentro con el fiordo de Varanger

Faro en el fiordo Varanger. César Mª Aguilar.
Al cruzar a Noruega dejamos atrás la taiga. Aparecieron los suelos quemados por la nieve durante meses, la hierba recién brotada, los sauces enanos y los abedules arbustivos

El fiordo Varanger se presentó con un quietud extraña, con sus aguas como una balsa de aceite. Dicen de él que no es un verdadero fiordo, que en sus orillas no aparecen las huellas del modelado glaciar, esos abruptos cortados tan característicos de los fiordos. Sus 100 km de longitud, a diferencia de lo que ocurre en otros fiordos de la zona, se orientan hacia el este y no hacia el norte. De ahí que actúe como un refugio frente a los temporales del norte.




Eíder menor (P. stelleri) y común. Óscar Gutiérrez
Varanger es un lugar de invernada para muchos patos marinos de distribución ártica. Allí pasan la estación más dura del año en sus aguas libres de hielo gracias a la corriente del golfo. La misma que atempera el clima y hace que esas latitudes de Noruega sean habitables para el hombre.

En las aguas del fiordo disfrutamos de numerosos limícolas y patos marinos, entre ellos del eíder común (Somateria mollissima) y del eíder menor (Polysticta stelleri). Para esta última especie, Varanger es el único lugar de Europa donde es posible verlo, antes de que regrese a criar al este.




En los secaderos de bacalao. Foto: Diego Benavides.
Los días que pasamos en Varanger usamos la población de Vestre Jakobselv como base. Durante cuatro días recorrimos distintas zonas del fiordo, no adentraos en la tundra del interior de la península y nos embarcamos hacia las colonias de aves marinas en costa este.

En los alrededores de Vestre Jakobselv pudimos ver los pintorescos secaderos de bacalao, habituales también en otras zonas costeras de Noruega. El bacalao es otro de los animales que tienen mucho que agradecer a la corriente del golfo. Las capturas se dejan secar al sol y al viento en unas estructuras de madera que constituyen un sistema barato y práctico sin recurrir al salado.




Puerto Vestre Jakobselv. Foto: César Mª Aguilar.
Otro de los atractivos del fiordo son sus luces. Los atardeceres se prolongaban durante horas y su luz cálida sacaba los vivos colores con que pintaban las casas. Parece como si sus habitantes tuvieran  que alegrar sus viviendas con rojos, azules y amarillos intensos para resarcirse, por unos meses, de tanta oscuridad del invierno.

En junio las luces de tarde parecían eternas. El sol se posaba en el  horizonte despacio, sin llegar a ocultarse y, al cabo de unas horas, volía a salir de nuevo. Sentir el ambiente irreal del sol de medianoche es algo que no se olvida fácilmente.

martes, 9 de octubre de 2018

Finlandia y Varanger (Noruega) 5 (2006) Mirando al norte

En todo el norte hay renos pastoreados. C. Aguilar.
Tras los días pasados en Oulu emprendimos camino hacia el norte. La península de Varanger estaba lejos aún, así que dedicamos un par de días a la conducción con paradas muy puntuales. En la carretera, a las típicas señales de peligro de alces, hubo que sumar las de advertencia por presencia de renos. Ya no eran referidas a un tramo en concreto, podríamos encontrarlos por ¡todo el norte del Finlandia!

El paisaje boscoso tenía cada vez menos claros para la agricultura y una apariencia más salvaje. El primer día cruzamos el círculo polar ártico, un lugar que allí es la excusa para montar tiendas y comercios a pie de carretera relacionados con la figura de Santa Claus.

 



Sebas y Diego en la ciénaga de Petkula. C.Aguilar 
Una de las paradas fue en la ciénaga de Petkula, un lugar donde es posible ver el correlimos falcinelo. Pero no hubo suerte. Aun así, disfrutamos de un ratonero calzado (Buteo lagopus) y de los vuelos nupciales del andarríos bastardo (Tringa glareola).

De paso por la Laponia finlandesa, dormimos en el camping de Ivalo, en un par de cabañas de madera. A esa latitud, la incipiente primavera que habíamos visto en el sur y centro del país había cambiado ya por un tiempo de perros y había que administrar bien los minutos que uno dejaba las manos expuestas a la intemperie al manejar los telescopios.




Bosques de abedules aún sin brotar. C. Aguilar.
Entre Ivalo y la frontera con Noruega el bosque se fue haciendo cada vez más raquítico y, llegado un momento, solo los abedules retorcidos aguantaban aquel clima. Mirando el paisaje desde el coche, por sorpresa, reconocimos una lechuza gavilana posada que estaba siendo hostigada por pinzones reales (Fringilla montifringilla) y zorzales alirrojos (Turdus iliacus).  

Si eso no fue buena suerte, no se que otra cosa puede serlo. Allí, en la inmensidad del bosque, un bicho nocturno como aquel que tanto nos había costado encontrar en Oulu. De no haber sido por aquellas pequeñas aves nos habría pasado desapercibida.




Pechiazul (Cyanecula svecica). César Mª Aguilar.
Con la excusa de la lechuza paramos a dar una vuelta y a desentumecer las piernas de tanto viaje en furgoneta. Si estaba allí la lechuza, el sitio debía ser bueno, pensamos, y no nos defraudó. En un corto recorrido vimos pechiazul (Cyanecula svecica), pardillo sicerín (Acanthis flammea) y pardillo de Horneman (Carduelis hornemanni) entre otras pequeñas aves.

En el suelo abundaban arbustos rastreros con bayas maduras, entre ellas los frutos rojos de los arándanos (Vaccinium vitis-idaea) y los negros de una especie de camarina (Empetrum nigrum).




Camarina (Empetrum nigrum). César Mª Aguilar.
Encontrar una camarina allí fue una sorpresa, ya que la única que conocía (Corema album) era una planta costera de las dunas de Doñana, una que se distribuye por el sureste de la península Ibérica. El hábitat de esa camarina de la tundra no puede ser más distinto pero, bien mirado, ambas plantas se parecen en todo salvo en el color de sus frutos.

Tras un par de días de conducción llegamos a la frontera con Noruega donde, contrariamente a lo que creíamos, no encontramos ningún puesto ni aduana para cambiar de país. Así, al final del segundo día de viaje nos plantamos al fondo del fiordo de Varanger, una de las mecas de nuestro viaje ornitológico.

lunes, 1 de octubre de 2018

Finlandia y Varanger (Noruega) 4 (2006) Buscando búhos

Lechuza gavilana (S. ulula) Foto: Diego Benavides.
En la región de Oulu es posible observar hasta 8 especies de rapaces nocturnas en una noche. O eso es lo que se cuenta. Durante dos noches seguidas probamos suerte recorriendo carreteras y caminos y mirando cualquier ave posada en los bordes del bosque, tendidos electricos o cables de la luz.

En junio a esa latitud apenas había noche, de modo que se daban las condiciones ideales para la búsqueda de aves nocturnas con buena visibilidad. El atardecer se estiraba durante horas y cuando, por fin, el sol descendía al horizonte, la oscuridad no llegaba a ser completa y en poco tiempo la luz volvía a ganar la partida a la noche.




Lechuza gavilana (S. ulula) Foto: Sebastián Lara.
El tiempo estaba siendo lluvioso esos días y no acompañaba demasiado para estar en el campo. Dormíamos un poco a desgana por el día para aguantar mejor las horas de búsqueda nocturna, ya que las  expectativas eran muchas. Sin embargo, no se correspondieron con lo que logramos localizar.

En aquellas regiones había tanto bosque, aparentemente igual, que era difícil dar con los sitios adecuados para cada especie de búho. Ni insistiendo. Pronto nos dimos cuenta de que, sin la ayuda de guías profesionales, iba a ser complicado verlos y nuestro presupuesto no estaba para el enorme desembolso que nos suponía entonces esa opción.



Búho campestre (A. flammeus). Foto: Sebastián Lara.
Aún así, esos días logramos ver una lechuza gavilana (Surnia ulula) y ya solo por eso mereció la pena. La encontramos en un cable de carretera. La había delatado un pequeño grupo de ornitólogos en una cuneta que, estos sí, estaban en compañía de un guía profesional. El ave era querenciosa por ese lugar y, al día siguiente, la encontramos allí de nuevo.

Las búsquedas nocturnas dieron para ver liebres, algún alce y bastantes búhos campestres (Asio flammeus). Un total de 14 ejemplares sumando todas las observaciones. Por lo que vimos es el búho más abundante y fácil de ver, solo que a ese también podemos observarlo en España, a diferencia del resto de especies.



Lek de gallo lira (L. tetrix). Foto: Oscar Gutiérrez.
La primera de las noches tuvimos una observación fugaz de otra especie también muy apetecible, el gallo lira (Lyrurus tetrix). La segunda triunfamos. Por pura insistencia, horas de mirar claros de bosque desde las carreteras, dimos con un cantadero con 14 machos .

Esta especie tiene un sistema lek de apareamiento y los machos se concentran para exhibirse. Con la cola extendida dan vueltas y se enfrentan unos a otros esperando que vengan las hembras a elegir. El lek que vimos estaba en una gravera junto al bosque, a solo 200 metros de la carretera, así que desde el arcén disfrutamos más de un cuarto de hora con los telescopios sin interferirlos en absoluto. Una suerte verlos de aquel modo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Finlandia y Varanger (Noruega) 3 (2006) La bahía de Limmika

Región de Oulu con luces de tarde. C.Aguilar.
La región de Oulu, a orillas del Báltico, fue la primera parada con algo de sosiego. Básicamente porque allí estuvimos tres noches en el mismo sitio y, para explorar los alrededoresnos instalamos en una cabaña en el camping de Limminka.

En la región alternan bosques de abedules, coníferas y campos agrícolas. La zona es de gran interés para la observación de aves porque en ella coincide la distribución de varias especies de búhos norteños y su búsqueda es más accesible que en otras zonas más remotas. Eso es, sin duda, un potente imán para muchos ornitólogos de Europa.




Hierba centella (Caltha palustris). Foto: C. Aguilar
Dejamos la búsqueda de búhos para la noche y por el día nos dedicamos a recorrer los observatorios de la bahía de Limminka, o Limminganlahti como se la conoce en finés. Hablar de noche y día en esas fechas es relativo, ya que al sur de Finlandia apenas hay dos o tres horas de noche y por el encima del círculo polar ártico las 24 horas son de luz.

Limminganlahti es una gran bahía abierta al Báltico, al golfo de Botnia, entre Suecia y Finlandia, y es una de las mejores zonas húmedas del país. Es de especial interés durante las migraciones, cuando es escala obligada para muchas aves.




Combatinente (C. pugnax). Foto: Sebastian Lara.
La mayoría de la vegetación herbácea estaba aún despertando. El carrizo comenzaba a brotar pero, entre los tallos de la temporada anterior, asomaban ya las flores de la hierba centella (Caltha palustris), esos botones dorados que cubren las zonas encharcadas en primavera.

Ese año la primavera estaba siendo muy fría y todo iba bastante retrasado.  Sin embargo, allí estaban los combatientes (Calidris pugnax) en pleno plumaje de celo haciendo la parada nupcial, una extravagancia que disfrutamos por primera vez.





Alces en Limminganlahti. Foto: Diego Benavides.
También pudimos disfrutar de un buen número de otros limícolas, de los vuelos nupciales de la agachadiza común (Gallinago gallinago), del abundante carricerín común (Acrocephalus schoenobaenus) o de los escribanos cerillos (Emberiza citrinella), hortelano (Emberiza hortulana) y palustre (Emberiza schoeniclus).

Otras aves que estaban entretenidas en sus paradas de celo eran las grullas (Grus grus). Pero la marisma ganó en espectacularidad cuando tres alces la recorrieron a campo abierto, en una secuencia propia de un documental de vida salvaje.


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