lunes, 29 de agosto de 2011

Perú 43 (2011) Regreso al albergue Humboldt

Trayecto Tarapoto-Puerto Bermudez
Tras pasar unos días con la gente de la concesión de Ojos de Agua se me acababa el tiempo de mi estancia en Perú y no quería dejar de visitar el albergue Humboldt en Puerto Bermúdez. El recorrido lógico desde donde me encontraba sería haber continuado la carretera marginal de la selva hacia el sur. Sin embargo calculé que para llegar hasta allí podía tardar aproximadamente cuatro días por tierra. Esa carretera es desaconsejable hacerla en autobuses nocturnos ya que su alejamiento de grandes poblaciones hace que con cierta periodicidad se produzcan asaltos. Además en época de lluvias suele haber desprendimientos en algunos tramos y otros no están asfaltados por lo que no era una buena opción. Contra cualquier lógica, salía mejor coger un avión a Lima, de ahí cruzar los Andes por el puerto de Ticlio de Anticona a 4.850 metros y bajar luego a través de la ceja de selva hacia el río Pichis. En día y medio estaría en Puerto Bermúdez.



Río Pichis en Puerto Bermúdez. C.M. Aguilar Gómez.
Este recorrido era viable y seguro de hacer por la noche, además ya lo conocía de la vez anterior. Aunque incómodo, por el último tramo de pista de tierra, era la forma más predecible de llegar a Bermúdez. La verdad es que tras las idas y venidas por el norte del Perú tenía ganas de quedarme en un sitio a descansar y disfrutar relajadamente del trópico y sus hamacas. Le escribí a Jesús López de Dicastillo, el navarro que lleva el albergue Humboldt que ya conociéramos el año pasado y me fui  para allí. El pasado año, cuando estuvimos Iratxe y yo, Jesús nos “secuestró” a base de contarnos historias de sus viajes y de sus años en Puerto Bermúdez, un puro disfrute. Yo pensé que esas historias tenían potencial para ser recogidas y luego ya vería que hacer con ellas y como darles forma.


Jesús López de Dicastillo. Foto del albergue
El personaje y la situación me recordaron entonces, en cierto modo, a la de un libro de Manu Leguineche que hizo sobre un viejo aragonés que se había retirado a vivir al Amazonas boliviano. Un tipo bien curioso, de Monzón, anarquista y que se había creado una “república” a su medida en la selva. El libro se llama “El precio del paraíso. De un campo de exterminio al Amazonas” (Espasa Calpe, S.A. Madrid. 1995. ISBN 84-239-724-2) ya que además era uno de los pocos supervivientes del campo de exterminio nazi Mauthausen. Bueno, esa parte no es la que me recordaba a Jesús, pero sí su planteamiento crítico e iconoclasta y el de una retirada a la selva pero a la vez muy  interesado por el curso de los acontecimientos y la historia. Hasta la presencia física coincidía en ambos. El caso es que me hice con una grabadora que le compré a una de las voluntarias de NPC cuando terminó sus trabajos y le pregunté por el asunto de las grabaciones a Jesús.


Hamacas y lecturas. C.M. Aguilar Gómez.
“Sin ningún problema eso que me cuentas me parece de puta madre”. Pero luego la cosa no fue así, aunque en cierto modo no me sorprendió. Jesús esta vez tenía ganas de contar historias, pero no las de sus viajes y aventuras por Sudamérica, que eran las que yo esperaba, sino otras más del día a día por Puerto Bermúdez. Aun así, como le insistí, grabamos algunas sobre viajes pero pocas, ya no fluía como el pasado año. En realidad no estaba haciendo ningún reportaje ni mucho menos, así que deje el tema aparcado y me dediqué a “asaltarle” la biblioteca, a intercambiar reseñas y libros, a charlar mucho y a ejercer de panadero del albergue. También intenté hacerme pasar por “ajedrecista”, pero me “pilló” rápido y cuando vio el nivel que yo gastaba al tablero lo dejamos a tiempo. Fue un plan tranquilo, intercalado con alguna salida de naturaleza por los alrededores. Desde luego el albergue es un lugar altamente recomendable, su ubicación, sus jardines, su propietario, su biblioteca, sus cenas y las posibilidades para visitar selvas altas y bajas de los alrededores, indios ashaninkas incluidos. El que esté fuera de las rutas habituales del país hace que poco del turismo convencional que inundan otras zonas del Perú llegue allí. Pero en trece años de funcionamiento del albergue el boca a boca ha funcionado así que es destino habitual de mochileros, viajeros y gente interesante. El esfuerzo de ir vale mucho la pena.

viernes, 19 de agosto de 2011

Perú 42 (2011) Más anfibios y reptiles del bosque seco

Geko Gonatodes humeralis C.M. Aguilar Gómez.
Unos reptiles generalistas que solíamos ver en los árboles cerca de la cabaña eran unos pequeños gekos coloridos. La especie es Gonatodes humeralis y los llamativos son los machos ya que las hembras, que también veíamos, presentan un patrón rayado más discreto. La verdad es que en este bosque seco me estaba resultando más sencillo ver anfibios y reptiles que en otros bosques húmedos que había visitado. Por las noches, linterna en mano, eran muy comunes unos sapos tremendos que ya me había encontrado en Pucunucho. La especie es Rhinella marina y son lo más parecido que hay a los sapos comunes (Bufo bufo) de Europa, de hecho el género de estos sapos de aquí lo acaban de cambiar, pero hasta hace bien tiempo eran considerados también como Bufo por su gran parecido.



Ranita (Phylomedusa chaparroi) C.M. Aguilar Gómez.
Otros anfibios que no hizo falta esperar a la noche para encontrar fueron unas ranitas arbóreas de la familia de las Hyla. Son de la especie Phylomedusa camba y hallamos varias de ellas durante el día, atrapadas y “dormidas” en un depósito de agua que estaban preparando para la cabaña. De ranitas tienen poco pues son de un tamaño considerable, pero como todas las de esta familia tienen grandes ventosas en las yemas de los dedos que les permiten agarrarse a cualquier sitio y sujetarse en posturas imposibles. Estas que vimos tenían unos ojos rojos saltones tremendos, propios de un bicho bien adaptado a la vida nocturna. Algunas de las noches en Ojos de Agua recorría los alrededores de la cabaña y el bosque seco con Hugo y Joaquín,  mis anfitriones de la asociación, pero otras lo hacía solo para no incordiar demasiado. Una de esas noches me preguntaron un poco curiosos si eso de andar por el bosque solo no me daba miedo.


Falsa coral (Oxyrhopus guibei). C.M. Aguilar Gómez.
Encontré la pregunta un poco infantil pero quizás lo decían por el tema de perderte y desorientarte en la noche, pero no, pronto entendí de que querían hablarme. Se referían a la presencia del “chullachaqui”, una especie de duendecillo burlón que vive en los bosques y que es un mito muy extendido por toda la Amazonía. Vendría a ser el equivalente de los gnomos en los bosques europeos. A mi me gusta oír ese tipo de historias de la gente, son un acerbo etnográfico de gran interés pero ahí acaba mi credulidad. Sin embargo enseguida me di cuenta que todo lo que me estaban contando ellos lo creían a pies juntillas. La gente en Perú es bastante supersticiosa, como he podido comprobar en varias ocasiones, y creen este tipo de cosas y otras aún más descabelladas. Cuando alguien te dice que sí, que verlo no lo ha visto…, pero que una vez…. No hay nada que discutir.


Serpiente coral (M. obscurus). C.M. Aguilar Gómez.
Pero bueno, allá cada cual con sus creencias, pero respeto, lo que se dice respeto en el bosque creo que habría que tenerlo a las serpientes coral que vimos aquellas noches por allí. No sabía que esas serpientes fueran de hábitos nocturnos, pero parece ser que es así, pues las dos que vimos fueron siempre en aquellas salidas. En realidad solo una de las dos era una verdadera coral, la otra era una imitadora. Hay un gran número de especies de corales en Perú, son muy parecidas y es difícil saber la especie concreta. Sin embargo con las fotos y la ayuda de Nestor Allgas, un biólogo peruano hemos podido aproximarnos a la especie de una de ellas y a detectar que la otra que vi era una falsa coral (Oxyrhopus guibei), una culebra que no es venenosa pero lo aparenta en coloración. La pudimos detectar porque los anillos de color no le rodean el cuerpo sino que el vientre es claro. La verdadera coral es el Micrurus pixii var. obscurus o Micrurus obscurus y como en la mayoría de ellas se alterna un patrón de bandas característico con colores negro, amarillo y rojo. Las serpientes coral tienen un veneno muy potente, aunque de habitual son muy poco agresivas. La que vimos como mucho pasaba de largo ante los intentos de fotografiarla, antes que amenazarnos, pero aún así mantuvimos con ella un distancia prudencial.
 

sábado, 13 de agosto de 2011

Perú 41 (2011) Aves del bosque y ranas venenosas

Campephilus melanoleucos Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Observar aves dentro de este bosque seco me resultó algo más difícil que en otros bosques húmedos de los que venía. Aún así, por las mañanas era muy común ver unos cuantos colibríes ermitaños (Phaethornis sp) en las cercanías de la cabaña cantando y marcando territorio en rápidas persecuciones con otros individuos. Casi todos los que había visto hasta el momento era en bebederos preparados o muy de pasada. Estos, sin embargo se mostraban muy territoriales en un sotobosque que apenas parecía tener flores donde se pudieran alimentar. Otro ave que en la zona ocupaba el arbolado viejo, era uno de esos carpinteros espectaculares de gran tamaño y cresta roja típicos de la región amazónica. Hay un par de especies casi iguales que sin experiencia cuesta un poco distinguir, son el Dryocopus lineatus y el Campephilus melanoleucos.



Loro Pionus menstruus Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Este de aquí era el segundo de ellos, el que parece estar más asociado a bosques continuos, aunque ambos son comunes y tienen una amplia distribución. Entre las rapaces, aparte del omnipresente busardo caminero (Buteo magnirostris) puede ver otro menos frecuente como el busardo blanco (Leucopternis albicollis). Además eran fáciles de observar los elanios tijera (Elanoides forficatus) volando en pequeños grupos a gran altura. En varias ocasiones vi como los ejemplares de uno de esos grupos hacían reiteradas pasadas tocando el dosel arbóreo con las patas sin entender en ese momento muy bien lo que hacían. Más tarde leí sobre ese comportamiento, típico de la especie, que no es otra cosa que pasadas para capturar insectos al vuelo sobre el ramaje. Esos doseles también eran cruzados a menudo por grupos loros que uno puede oír de lejos como van llegando por la escandalera que hacen en vuelo.


Rana Ameerega bassleri C.M. Aguilar Gómez.
Con los loros muchas veces te quedas con las ganas de saber la especie porque paran poco, pero con estos hubo suerte ya que pude verlos posados el tiempo suficiente para fotografiarlos y ver que se trataban de loros de cabeza azul (Pionus menstruus). Pero uno de los animales que más curiosos me resultaron de la zona fueron las ranas venenosas. Estas ranas pertenecen a un familia que solo se distribuye por Centroamérica y Sudamérica, los dendrobátidos. Como en toda la zona no hay más que un par de puntos con un poco de agua son fáciles de encontrar. Además son diurnas, así que solo había que darse un paseo por la quebrada de Ojos de Agua para encontrarlas. Son ranas de pequeño tamaño pero con unos coloridos muy llamativos que advierten a sus predadores de la presencia de veneno en su piel. Aquí las veíamos con dos patrones de coloración, uno pardo con las axilas amarillas y otro de gran colorido amarillo, verde, azul y negro. 


Juvenil de Ameerega altamazonica C.M. Aguilar Gómez.
La gente de la asociación que venía conmigo decía que en otras épocas se veían más coloraciones atribuyéndolas a especies distintas. Es posible que haya varias especies en la quebrada de Ojos de Agua, pero también es cierto que estas ranitas tienen bastantes fases y variabilidad. Aún así las dos formas que vimos eran especies distintas y la de las axilas amarillas ya las había visto antes en Pucunucho aunque ejemplares más pequeños. Aunque se trate de ranas venenosas, su manipulación no entraña ningún peligro si después uno se lava bien las manos. Una curiosidad de este grupo de ranas es que las toxinas que acumulan en la piel no las sintetizan ellas mismas. Según han estudiado parece que las adquieren a través de la dieta, son sustancias que ya tienen los artrópodos de los que se alimentan.

viernes, 5 de agosto de 2011

Perú 40 (2011) Platycerium andinum, quinillas y manchingas

Platycerium andinum Foto: C.M. Aguilar Gómez.
El hábitat de la concesión Ojos de Agua es lo que se conoce como bosque seco tropical del Huallaga, un bosque seco muy distinto del que había tenido ocasión de ver en el río Utcubamba. Este de aquí es realmente más frondoso y no hay presencia de acacias, chumberas o cactáceas que vi en aquel otro. Sin embargo las quebradas no llevan agua más que en la época de lluvias, el resto del año en toda la zona solo quedan unas pequeñas cubetas con agua en un barranco. Son poco más que charcos, pero el hecho de permanecer durante toda la época seca a motivado a los pobladores a llamar a la zona con el nombre que reciben, Ojos de Agua. Uno de los principales atractivos de este bosque es la presencia en todo él de un gran helecho que crece sobre las partes altas de los árboles. Se trata del Platycerium andinum, también conocido como corona de los ángeles que puede alcanzar hasta casi metro y medio de diámetro.



Platycerium andinum Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Platycerium andinum es la única especie de este género en América y no aparecen en muchos sitios. Por otra parte parece que los “gigantismos” persiguen a cualquiera que viaje por Perú, primero fue el de la cascada Gocta, luego las enormes lupunas selváticas y las hojas flotantes de planta Victoria amazonica y ahora este Platycerium del que dicen es el helecho epífito más grande de América. El hábitat que ocupa la especie está amenazado por la deforestación, lo que ha añadido un motivo más a la gente local para la conservar el bosque de Ojos de Agua. Hace unos años, tras conocer esta iniciativa de conservación, apareció por aquí un experto estadounidense en ese helecho. Roy Val un profesor de biología jubilado, de Arkansas, octogenario y gran aficionado al cultivo de este helecho que es reproducido en jardinería ornamental, quedó maravillado con el ímpetu de esta gente por conservar su hábitat. 


"Miss Platycerium andinum"
Desde que este profesor jubilado les mostrara la importancia de este bosque para el Platycerium andinum, la gente de la zona lo ha tomado como seña de identidad. Al igual que pude ver en los pobladores de Pomacochas con el colibrí cola espátula (Loddigesia mirabilis), esta identificación con la especie bandera la llevan hasta el final. Allí me llamó la atención una foto del centro de visitantes de un desfile con gente por parejas disfrazadas de colibríes de manera ingeniosa. Lo de aquí no eran menos, los del pueblo de Pucacaca se presentaron a un concurso de mises de la región con su representante luciendo un vestido a imitación de un Platycerium andinum... ¡brutal! Que empalidezca Yves Sant Laurance ante la creatividad de esta gente. Pero aparte de esa divulgación popular, con el apoyo económico que después de visitarles les dio Roy Val, comenzaron a construir espacios para el uso público. 






Quinilla (Manilka bidentata) CMAG.
Algunos de esos espacios fueron para los trabajos de la asociación y de reunión en el pueblo, pero otro en el que estaban ahora era una gran cabaña de madera para alojar futuros visitantes e investigadores en el bosque. Ese fue el sitio al que me invitaron a pasar unos días, a cambio de hacerles algunos inventarios de fauna que sirvieran para poner en valor el bosque de cara a los visitantes. Aun no habían terminado la construcción de la cabaña pero ya podía uno quedarse allí para visitar la zona. Han sido ellos mismos los encargados de construirlo y es que aquí todo es muy participativo y esta gente de campo vale para todo. Tejiendo alianzas, consiguieron que las autoridades les cedieran una partida de maderas nobles que tenían decomisadas. Así prepararon una construcción con buenos materiales y sin tener que talar nada de los alrededores. El lugar donde la han construido es uno bien característico de ese tipo de bosque seco con los propios Platycerium encima de uno y rodeado de enormes árboles de quinilla (Manilkara bidentata) y manchinga (Brosimum alicastrum). El primero de esos árboles es uno de gran interés maderero para la exportación y de los primeros que sacaban en las extracciones ilegales. 


Frutos de manchinga (Brosimum alicastrum) CMAG.
De no haber conservado la zona, me decían, bien podría haber visto esas quinillas en mi propio país pero en parqués y tarimas para los que son muy cotizados en Europa y Estados Unidos. El otro árbol típico, la manchinga, está presente también en bosques secos tropicales de otras partes del mundo y produce un fruto del alto valor proteico. Dicen que superior, incluso, que al maíz, la patata o las legumbres y que fue consumido como alimento por el hombre, pero del que hoy la mayoría desconoce sus posibilidades. Los días que yo estuve por allí había una inmensa producción de aquellos frutos en los alrededores de la cabaña que se afanaban en recolectar. Una bióloga norteamericana, Erika Vohman, había estado un tiempo antes enseñándoles los usos y propiedades de la harina de estos frutos. Una manera más de poner en valor la conservación de estos bosques para la población local.

lunes, 1 de agosto de 2011

Perú 39 (2011) El bosque del Futuro “Ojos de Agua”

Logo de la asociación con rana venenosa de la zona
Finalizado el recorrido por el Pacaya Samiria, estaba pendiente de las prospecciones de mono tocón que había quedado de hacer con la gente de PMT. Pero el conductor de su equipo seguía de baja así que el trabajo se retrasaría sin fecha fija. De este modo recordé un ofrecimiento que me había hecho Hugo Vázquez unas semanas atrás cuando yo estaba dando la formación a los guardas del Bosque de Protección Alto Mayo. Hugo trabajaba entonces de albañil en la construcción del centro de visitantes donde permanecí aquella semana. Nos contaba que en su pueblo, Pucacaca, habían formado una asociación de agricultores para la conservación de un bosque seco tropical, de la que él había sido presidente algunos años. Estaban muy ilusionados de llevar adelante el proyecto y hacía bien poco habían conseguido, finalmente, que el estado les cediese un bosque de casi 2500 hectáreas, “Ojos de Agua”, con una figura que llaman “concesión para la conservación”.


Bosque seco intervenido. C.M. Aguilar Gómez.
La asociación El Bosque del Futuro Ojos de Agua (ABOFOA) la crearon los propios agricultores locales para conservar los bosques que aún les quedaban en la localidad. Hugo me contaba su “despertar ecológico” de esta manera. Un día viendo un documental del Discovery Chanel, mientras oía como hablaban de la deforestación de los bosques tropicales y los problemas que eso conlleva, cayó en la cuenta de que ellos ahí al lado tenían uno de titularidad pública que llevaba el mismo camino. En esta región del Huallaga Central, abierta a la colonización masiva de migrantes peruanos hace unas décadas, la titularidad del terreno ha ido sufriendo cambios con el paso del tiempo. A día de hoy está consensuado que lo que no está titulado, es decir escriturado por un particular, es propiedad del estado. Pero con la llegada de más gente ese tipo de terrenos son invadidos a diario por cualquiera. Puede ser gente que quema, tala y hace su chacra allí, gente que entra a cazar hasta acabar con los recursos o madereros organizados que compran toda la madera ilegal que puedan obtener los pobladores cercanos.



Bosque seco tropical en Ojos de Agua. C.M. Aguilar Gómez.
De esta forma, y desde hace unas décadas con la construcción y mejora de la carretera marginal de la selva, la región del Huallaga Central tiene uno de los índices de mayor y más rápida deforestación de Perú, y dicen que también del mundo. Lo que me parece más admirable de esta gente de ABOFOA, es cómo tomaron conciencia y fueron ellos mismos los que comenzaron a pelear por legar a sus hijos los bosques que ellos habían conocido en su esplendor, tal y como solían decirme. Es cierto que ellos habían tenido que deforestar y cazar para establecerse allí tiempo atrás, pero eso debía llegar a un equilibrio y ahora tocaba mantener las zonas forestales que quedaban y no repetir el proceso de trasformación hasta acabar con todos recursos. Su andadura comenzó en 2003 y desde entonces han tenido que superar muchos obstáculos. La mafia madera y los traficantes de tierras que usaban esos terrenos ilegalmente, no aceptaron de buen grado el plante de este grupo de pobladores locales.


Con los socios de ABOFOA. C.M. Aguilar Gómez.
Los miembros de la asociación recibieron amenazas de muerte y la junta de la asociación fue imputada con delitos inventados para amedrentarlos. Se dio la paradoja de que los que nunca habían recibido ninguna amonestación de las autoridades por sus actividades ilegales en el bosque, eran los que acusaban a los que lo defendían. Quedó en evidencia la connivencia que estos tenían con los poderes locales y, sabedores de que justicia peruana se puede comprar sin ningún pudor, la fiscalía llegó a pedir 8 años de cárcel y elevadas multas para cada uno de los miembros de la junta de la asociación. Solo cuando obtuvieron el apoyo de varias asociaciones ecologistas influyentes y el caso salió a los medios de comunicación, consiguieron salir absueltos tras dos años de juicios pero con un enorme desgaste emocional y económico.

martes, 26 de julio de 2011

Perú 38 (2011) Por fin... ¡un ocelote!

Primera visita de L. pardalis. C.M. Aguilar Gómez.
Sí, ya iba siendo hora de captar algo con la cámara de fototrampeo. Ya había comentado en una entrada anterior del blog que había tenido bastante poca suerte hasta ahora. Estas han sido las primeras grabaciones de video que he obtenido, pero no ha sido hasta el quinto intento. Siempre la he puesto en periodos de tiempo cortos de tres a seis noches, y seguro que eso influye. Pero al estar moviéndome entre distintas zonas tampoco había ocasión para periodos más largos. Sin embargo veía huellas y distintos bichos por ahí con la linterna, pero no sabía cómo hacer para grabarlos. En Juanjuí ya comenté que solo grabé a paisanos que iban a sus chacras. En La Esperanza busqué un paso en un arroyo con huellas de lo que parecía añuje (Dasyprocta fuliginosa) o un armadillo (Dasypus novemcinctus), ningún bicho pasó por allí de nuevo, ni fue a la fruta y ni al rastro de aceite que puse.


Tirando de la carroña atada. C.M. Aguilar Gómez.
Desesperado compré un cuy (Cavia porcellus) muerto, uno de esos roedores que se utilizan de mascota y que en la cultura andina se vienen comiendo desde antiguo. Lo amarré en una zona de bosque bien buena por donde buscábamos monos choro y… nada. Ya la penúltima vez sin éxito pensé que quizás muchos de los animales son muy arbóreos y subí un cebo de frutas variadas y mantequilla de cacahuete a un tronco a media altura. Era en la zona donde había visto unas noches anteriores tres especies de mamíferos y… nada. Cuando me dijeron de ir al Bosque de Protección Alto Mayo pensé que un sitio así podía tener bichos en cierta densidad como para captar algo. Después de preparar el cráneo del manco (Eira barbata) pensamos en usarlo de cebo para la cámara de fototrampeo.



Regreso del ocelote de día. C.M. Aguilar Gómez.
Elegí un sitio cercano a un arroyo a un buen rato del campamento Venceremos, por donde en principio no pasa nadie, aunque situado en el propio sendero. El Bosque de Protección tiene oso de anteojos, aunque me dicen que han visto rastros más lejos, no por aquí, aunque eso es muy relativo pues el tipo de suelo y la lluvia no favorecen la presencia de rastros más que en sitios puntuales. Sin embargo este oso parece bastante herbívoro y su predilección son los corazones de las bromelias. Así que ya tenia puestas las esperanzas en cualquier cosa que pudiera atraer una carroña así. Colocamos el "invento" un miércoles y el sábado cuando terminé la formación pasé a ver como estaba. Algún animal la había movido un metro cuesta arriba y no se la había llevado porque estaba atada. Le había empezado a comer las vísceras, estábamos en el buen camino, ese desplazamiento de la carroña no lo pueden hacer muchos animales. 


Carroña limpia tras 6 días. C.M. Aguilar Gómez.
Como tenía que pasar el martes siguiente por esa carretera, dejé a los guardaparques al cuidado de la cámara y así pasadas tres noches más, fui con ellos a recogerla. La carroña no se había vuelto a mover, pero en tan solo seis noches ya solo quedaban los huesos limpios, limpios. Según me dicen las hormigas hacen ese trabajo tan profesional y rápido. Luego cuando comprobé las grabaciones casi me da un mal de la sorpresa. El primer bicho que grabo y es un ocelote (Leopardus pardalis), un felino que se reconoce por sus hileras de manchas en línea en la parte dorsal. Hay otros felinos pequeños, pero este ya es de considerable tamaño aunque no como un jaguar o un puma, pero después de esos dos es el tercero más grande de los felinos de la zona. El ocelote fue quien comió las vísceras durante la noche, luego sale en un segundo video tirando de la carroña, así que fue él quien la movió. El tercer video es ya de día, de modo que como sabía de ese recurso allí no le importó acudir a plena luz. Luego no hay más videos y la carroña apareció en los huesos, así que parece que nadie más la visitó a parte de las hormigas. Toda una suerte, lo dicho… ¡por fin!

Perú 37 (2011) Al caer la noche en la reserva

Remando con la puesta de sol. C.M. Aguilar Gómez.
En los recorridos que haces por la reserva hay que estar atentos para que te de tiempo a llegar antes del anochecer a los puestos de los guardas donde se pasa la noche. Uno de los días nos habíamos entretenido viendo delfines y otros bichos y andábamos ya más tarde de lo previsto, de modo que acabamos remando con el ocaso reflejado en el agua. Con ese panorama me invadió una sensación de estar realmente en un sitio alejado de todo y nada menos que en la mítica cuenca del Amazonas. Remando en esa penumbra vimos acudir a un dormidero comunal a un buen número de garcillas verdosas (Butorides striatus) de las que aparecen dispersas a lo largo del día por las diferentes orillas. Y aunque en ese momento para esas garzas acabe el día, la noche es el comienzo de la actividad para otro buen número de especies de fauna. Así, tras la cena y si la noche era buena, teníamos la costumbre de salir remando con las linternas a ver lo que podíamos encontrar.


Cochlearius cochlearius Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Una de esas especies que comienzan su actividad con la noche es el martinete cucharón (Cochlearius cochlearius). Se trata de una curiosa garza con un pico tremendo que dormía cerca de uno de los puestos de guardas, pero que durante el día era imposible localizar. Sin embargo al llegar la noche comentaban que la veían salir a pescar y recorrer las aguas superficiales cercanas. Y justo, puntual a su cita allí estaba, de modo que pude pasar un buen rato fotografiándola sin que los flashes de la cámara parecieran distraerla de su ocupación de localizar alguna presa en ese maná amazónico de peces. Pero uno de los “ases” que se guardaba Abraham en la manga para la noche, era localizar lagartos que es como llaman aquí a los caimanes (Caiman cocodrylus). Ya me había advertido que con aguas altas no eran fáciles de encontrar y de hecho no habíamos visto ninguno a lo largo de los días. Pero por la noche conocía donde encontrarlos. 



Caiman cocodrylus acechando. C.M. Aguilar Gómez.
Linterna en mano, fuimos foqueando desde la canoa todas las orillas hasta localizar dos pequeños reflejos rojizos sobre la superficie del agua.  Los reflejos eran bastante tenues y solo alguien que sabe lo que busca podía identificarlos como los ojos de un reptil. Luego, a medida que nos fuimos aproximando, la cosa cambió y los reflejos pasaron a ser algo identificable. Sobresaliendo de la superficie del agua estaban unos ojos dorados de pupila vertical acechantes. En esa posición los caimanes mantienen el cuerpo oculto bajo el agua, mientras ojos y narinas quedan emergidas en un mismo plano procurando dejarse ver lo menos posible. Esta disposición es una adaptación común a unos cuantos animales de vida acuática. Sucede lo mismo en otros vertebrados tan distantes de los caimanes como los hipopótamos que, igualmente pero por otras razones, permanecen largo tiempo sumergidos con los ojos y las fosas nasales fuera del agua. 
 


Abraham con un caimán. C.M. Aguilar Gómez.
Pero volviendo al caimán no tardamos en poderlo ver de cuerpo entero. Con ayuda de la luz de la linterna fuimos acercándonos a él lentamente, hasta que Abraham pudo echarle la mano rápidamente y sacarlo del agua, el cazador cazado. Era un ejemplar pequeño, apenas un metro de largo que sino no habría habido ocasión de cogerlo, pero lo suficiente para intimidar con su dentadura. Unas fotos, vistazo detallado y de nuevo al agua con el susto metido en su sangre fría de reptil. Aun así no fueron estos los únicos animales que vimos aquellas noches. En las hojas de los árboles encontramos también unas curiosas ranas verdes completamente mimetizadas con las hojas de su entorno, de no ser por el color rojo de sus ojos. También pudimos ver varias especies de murciélagos sobrevolando la lámina de agua, una zarigüeya (Didelphis marsupialis) y hasta una especie de roedor arbóreo tipo rata pero con el morro chato parecido a las del género Dactylomis pero que no llegamos a identificar ni a fotografiar.

sábado, 16 de julio de 2011

Perú 36 (2011) Ictiófago oportunista

Lisa, piraña y dos sábalos. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
La cocina peruana está cogiendo últimamente bastante renombre internacional. A remolque del crecimiento económico que experimenta Perú, exportando minerales que cotizan al doble que hace una década, ha florecido una nueva clase media en el país. Una clase con gran consumo de tecnología y consumista, que ha aupado lo que llaman la nueva gastronomía peruana. En su origen está la diversidad de ambientes del país que proporciona ingredientes muy variados y que es la base con la que trabajan los endiosados chefs. Esta nueva gastronomía ha sido amplificada mucho por los medios de comunicación y, sin entrar a valorarla, veo en muchos peruanos bastante “síndrome de Estocolmo” de tanto oír que la cocina peruana es la mejor del mundo. Y  realmente lo creen cuando lo que yo he podido comprobar a diario es una dieta que “abusa” del arroz, de yucas, plátanos y papas hervidas insípidas, huevos y mucha fritanga de carne y pescado.



2 sp pirañas, guapeta, chambira, sabalo y palometa
Esa dieta es la más común para buena parte de la gente de las zonas amazónicas que he visitado y la que te ponen cuando acudes a comer a sitios “normales”. No lo juzgo, pero por ello no es de extrañar cierta obesidad que uno puede ver entre los peruanos. Es posible que para los que tienen mayor poder adquisitivo sea de otra manera, pero de cualquier forma han conseguido introducir en el imaginario colectivo peruano esa “superioridad” gastronómica. Y es algo que aducen ante cualquier turista de un modo un tanto chovinista y hasta cómico. Todo esto viene a cuento porque ya llevaba yo dos meses comiendo así por Perú y con mi tercera o cuarta diarrea y fiebre por aguas mal cloradas de zumos de fruta, cuando Abraham me hizo un propuesta muy jugosa. “¿Le gusta a usted el pescado?, si quiere podemos ir poniendo las redes por la noche para comer estos días”. Pescado fresco del Amazonas era de lo que yo en esos momentos podía estar más a deseo, así que le di vía libre a su habilidades de pescador. 
 


Bocón, cotola, carachama, 2 sp motas y doncella
La primera noche puso las redes y a la mañana siguiente vino con una doncella y un carachama, así de fácil. El primero de estos peces es similar a los siluros europeos, muy cabezón y con cuatro grandes barbillones. El carachama forma parte de un tipo de peces bentónicos típicos del Amazonas que tienen grandes escamas de aspecto acorazado con una apariencia de peces prehistóricos. Dimos con ellos en el plato en un momento. Vista mi voracidad ictiófaga el segundo día volvió a poner las redes un rato que sesteábamos en las horas centrales del día en un puesto de control de guardas. En poco rato saco otros cuatro peces de tres especies, ninguna igual a las del día anterior, esta vez eran una lisa, una piraña y dos sábalos. Por la noche ya dábamos con ellos asados al fuego dentro de unas hojas similares a los de los bananos.  
 


Apuntes en el cuaderno de viaje
La siguiente noche pusieron las redes tanto Abraham como los guardas del puesto de control en el que dormíamos. Por la mañana yo aluciné con lo que habían sacado. A parte de la cantidad, llegó un momento en que ya no era capaz identificar tantas especies, así que saqué mi cuaderno de notas y me puse a dibujarlas. Entre las dos redes salieron nada menos que 13 especies distintas, algunas de ellas ya habían caído en las pescas anteriores pero aún así la mayoría eran nuevas como la piraña blanca, la palometa, el bocón, dos especies de motas, la chambira, la guapeta y la cotola. En realidad era casi más difícil coger una especie repetida que una nueva, y es que luego me enteré que en esta reserva amazónica se ha localizado la friolera de 259 especies pertenecientes nada menos que a 37 familias. Y es que la diversidad de peces en estos hábitats es realmente exagerada y es uno de los recursos económicos más importantes para los habitantes de la zona. Así, con este “capital natural” cambié mi dieta de omnívoro por una de ictiófago oportunista los días 5 días que estuve recorriendo la reserva en canoa.

martes, 12 de julio de 2011

Perú 35 (2011) Tierras emergidas, “gigantes amazónicos” y algunos primates

Tamandua tetradactyla C.M. Aguilar Gómez.
Las zonas emergidas en esta época del año son pocas, así que cuando tuvimos ocasión de llegar a algunas de ellas aprovechamos para bajarnos de la canoa y estirar un poco las piernas en paseos a pie. Enseguida se ven muchos rastros en el suelo embarrado, aunque ver a los propios animales es más complicado ya que vas haciendo ruido al pisar los charcos y hay muy poca visibilidad con tanta vegetación. Así localizamos huellas de armadillo, venado, tapir, unas de un felino de tamaño medio tipo ocelote e incluso unos arañazos de estos en la corteza de un árbol. Pese a todo creo que tuvimos suerte pues pudimos cruzarnos con un añuje (Dasyprocta fuliginosa) y unos metros delante de unas huellas que no lográbamos identificar, nos dimos de bruces con un tamandúa u oso mielero (Tamandua tetradactyla). Al momento de vernos se subió a un árbol, pero aún así se mostraba algo curioso de vernos allí, siempre y cuando mantuviéramos una cierta distancia.



Gran lupuna (Ceiba pentandra) C.M. Aguilar Gómez.
En estas zonas emergidas pude ver uno de esos gigantes que encuentras en las selvas bajas, una inmensa lupuna que es el nombre común que dan a varias especies de árboles grandes. Una de esas especies de lupuna es una Ceiba y pienso que esta de aquí era una de ese género, la Ceiba pentandra. Creo, sin exagerar, que es el árbol de mayor tamaño que haya visto nunca. Estos gigantes se desarrollan sobre suelos poco profundos que, además con tanta agua de lluvias y crecidas, en cierto modo son bastante inestables. Es por ello que han tenido que desarrollar un sistema de “andamiajes” que les ayude a mantener su estabilidad a salvo de la embestida de vientos y tormentas. Esa es la función que cumplen los enormes alerones que salen en todas las direcciones de su base, ampliando de este modo la sujeción del tronco al suelo. Estos árboles son más frecuente cuanto más te adentras en la reserva y es que hasta que no ha habido guardería suficiente, la gente seguía entrando de forma ilegal a sacar la madera de estos grandes árboles.



Victoria amazonica. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Otros gigantes del reino vegetal que me sorprendió encontrar fueron las plantas de Victoria regia (Victoria amazonica), una especie parecida al nenúfar que puede llegar a tener hasta más de dos metros de diámetro. No la encontramos hasta el tercer día, pues tampoco son muy abundantes. Ahora se encontraban con las hojas recién formadas pues pasado un tiempo estas se pudren y se hunden. El interior de las hojas almacena inmensas vacuolas con una densidad menor que la del agua y es lo que las mantiene a flote en superficie. Cuando te acercas y las tocas, es como estar apoyándote sobre una colchoneta hinchable de camping. Eso sí, si te da por tocarlas hay que tener la precaución de hacerlo por arriba pues la parte de abajo está completamente recubierta de grandes espinas. Intenté sin éxito voltear parcialmente alguna de ellas para ver su estructura. Sin embargo esos pinchos son una defensa muy efectiva, no solo para curiosos como yo, sino también para cualquier herbívoro que quiera aprovechar ese recurso desde el agua.



Mono aullador (Alouatta seniculus) C.M. Aguilar Gómez.
De regreso al agua volvimos al medio desde el que mejor se ven muchas de las aves y mamíferos de estas selvas. Una especie que ya había visto fugazmente en Tingana pero que aquí pude contemplar bien, fueron los monos aulladores (Alouatta seniculus). Con el agua inundando todo el bosque pudimos acercarnos hasta justo debajo de un árbol donde había uno y tomarle algunas fotos. Una aproximación que habría sido más difícil con el terreno seco cuando parece que se muestran más recelosos. Otros primates que hasta ese momento no había visto en libertad fueron los monos choro común (Lagothrix lagotricha), los mismos que tenían en el centro de recuperación de Ikamaperu en Lagunas y que algún día iban a liberar por esta zona según me dijeron.

viernes, 1 de julio de 2011

Perú 34 (2011) Aves en Pacaya-Samiria

Busarellus nigricollis. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Un recorrido descendiendo por el río Tibilo permite ver un buen número de aves, pero quizás me sorprendió no encontrar demasiadas especies de garzas en la zona. Al menos no las que yo imaginaba para un sitio inundado como este. Garzas comunes en otras zonas húmedas como la garceta grande (Ardea alba) o la garceta nívea (Egretta thula), no llegué a verlas aquí aunque sí otras como la garza cuca (Ardea cocoi), la garcita verdosa (Butorides striatus) o la garza capirotada (Pilherodius pileatus), ninguna de ellas en gran número. Lo que sí pude ver fueron bastantes especies de rapaces, algunas de ellas bastante llamativas. Entre ellas el busardo colorado (Busarellus nigricollis) con su coloración canela y que aquí llaman “mama vieja”, los elanios plomizo (Ictinia plumbea) y tijereta (Elanoides forficatus) o los caracaras negro (Daptrius ater), gorgirrojo (Daptrius americanus) y chimachima (Milvago chimachima).



Pato criollo (Cairina moschata). C.M. Aguilar Gómez.
Un par de aves acuáticas, solitarias y escasas fueron el pato criollo (Cairina moschata) y el avesol americano (Heliornis fulica). Esta última es una ave que aunque tiene la apariencia de una anátida, forma parte de una curiosa familia con solo tres especies en todo el mundo. Además esas tres especies se encuentran en zonas tropicales de tres continentes distintos, de modo que hay avesoles en el Sudeste asiático, en África y luego están estos de Sudamérica y Centroamérica. Aunque se sabe poco del origen de esta curiosa distribución, parece sugerir que la familia es de un linaje bastante antiguo. Unos que sí son muy habituales y comunes son los martines pescadores, como el martín gigante neotropical (Megaceryle torquata) y los martines verde (Chloroceryle americana) y verdirrufo (Ch. inda).


Jacamará Galbula cyanescens. C.M. Aguilar Gómez.
Un par de familias de aves cuyos representantes solo se ven en los bosques húmedos de Sudamérica son los jacamarás y los tucanes. Además, ambos con no muchas especies de modo que ver alguno de ellos en un viaje ornitológico a los neotrópicos siempre es de agradecer. La mayoría de los jacamarás tienen unos plumajes que parecen “de fiesta”, son coloridos y presentan plumas iridiscentes, así que parece que llevaran trajes de lentejuelas. No es el caso del jacamará orejiblanco (Galbalcyrhynchus leucotis)  que vi en varias ocasiones y que es más discreto, pero sí del jacamará coroniazul (Galbula cyanescens) que luce brillantes plumas de tonos verdosos, azulados y amarillos. Los tucanes son otros que llaman mucho la atención por sus espectaculares picos. El más común en todas estas selvas es uno pequeño que llaman tucanetas y en el que predominan los colores negros amarillos y rojo, el Pteroglossus castanotis, del grupo de tucanes también conocido como arasarís.
 


Tucán Ramphastos sp. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Pero más espectacular que esta última especie son los del género Ramphastos que pueden verse en la reserva y que son de los tucanes más grandes que hay en Perú. Son las típicas aves de picos completamente desproporcionados que tenemos en mente al hablar de los tucanes. Hay un par de ellos prácticamente iguales predominantemente negros y con baberos blanco y amarillo, solo los diferencia claramente el reclamo. Uno de esos tucanes es el que pude ver allí, R. tucanus o R. vitellinus, ¡ve tu a saber! que no les dio por cantar. Si no habría podido verlos con esa forma tan exagerada que tienen mover el pico de arriba abajo. Como no fue así, me tendré que quedar con la duda de cual de los dos era.


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