miércoles, 28 de marzo de 2012

El río Ebro, naturaleza y cultura a golpe de remo 2

Garzas, martinetes y martines pescadores
 

Martinete presente en primavera y verano. C Aguilar
El paisaje es importante pero la sensación que se tiene desde un kayak no sería la misma sin la fauna que habita la ribera. A unas especies se las oye, a otras se las ve y a algunas más sólo se las imagina con los indicios que dejan. De estas categorías son las aves las que proporcionan más satisfacciones, se las ve y se las oye sin problemas. En los meses estivales cualquier recorrido naturalista por el campo se convierte a partir de media mañana en un lucha contra el calor y la inactividad de la fauna. En pleno río nada de eso se cumple. Aún en las horas de mayor calor hay siempre vida que observar y en muchos de esos calurosos días es el mejor lugar donde encontrarse. A lo largo del Ebro se pueden observar durante el verano cinco especies de garzas con regularidad.



Garza real Foto: Javier Robres
La mayoría crían en colonias en distintas lagunas de la ribera de La Rioja y Navarra como Las Cañas en Viana, La Grajera en Logroño o El Recuenco en Calahorra. Estas aves y algunas que esporádicamente crían en la propia ribera del Ebro, se dispersan todos los días por el río para alimentarse. Garzas imperiales, garzas reales, garcetas comunes, martinetes y, en menor medida, garcillas bueyeras, pueden observarse desde el agua. Hay pocas cosas tan placenteras como dejarse llevar por la corriente, lentamente y sin palear, mientras en silencio te vas acercando a una de estas impresionantes aves. Ellas volarán unos metros por delante de ti pero, como si supieran que eres poca amenaza, volverán a posarse unos metros más allá o te pasarán por encima y buscarán un nuevo sitio detrás tuyo. En la ribera también puedes sentir en época estival la proximidad de los milanos negros, unas rapaces comunes y fáciles de ver volando sobre la lámina de agua. En ocasiones te observarán desde su nido, una plataforma construida en algún árbol mirando al río, y si pasas si sobresaltos permanecerán inmóviles a escasos metros de ti mientras te deslizas por debajo de ellos.




Martín pescador, común en el Ebro. Javier Robres
Otra sorpresa de las que aguardan en las orillas son los martines pescadores, un “flechazo” de azul turquesa disparado velozmente de una orilla a otra, que en cualquier jornada se cruzará varias veces delante de uno. Sólo con poder ver a tu misma altura y tan cerca a este ave en su medio, ya habría merecido la pena un recorrido así. En realidad son un buen número las aves que se pueden ver desde el río, pues el cauce y su ribera es un corredor natural para la fauna. Tanto las que allí crían como aviones zapadores, oropéndolas o chorlitejos chicos, como las que lo utilizan en diferentes momentos como golondrinas, abejarucos o andarríos grandes, se pueden ver sin dificultades desde el agua.


Barbos, galápagos y nutrias
 

Barbo de Graells, autóctona del Ebro. C. Aguilar
Recorrer un agua rica en sedimentos como la de Ebro hace que nos perdamos lo que ocurre debajo de nosotros. Sin embargo, a veces es posible ver algunas especie de peces tan cerca del kayak, que uno mira a los pacientes pescadores de la orilla pensando si no se habrán equivocado de sitio. Una de esas ocasiones se da en los vados de aguas rápidas y poco profundas, donde se agrupan los barbos de Graells. A estos peces autóctonos del Ebro se les encuentra, a contracorriente y en grupo, esperando con la boca abierta lo que la corriente del río puedan llevarles para comer. Con aguas más claras es posible ver cardúmenes de madrillas, peces que se pescaban con redes por su abundancia y que hasta hace algunos años eran los que comíamos en la fiesta de San Bernabé en Logroño.



Carpa, exótica introducida hace siglos. C. Aguilar
Hoy en esa fiesta ya sólo se ofrecen pequeñas truchas arco-iris de piscifactoría. También en verano se puede ver la freza de las carpas, que en aguas someras sacan sus lomos a la superficie en una actitud tan confiada que es posible aproximarse y llegar a tocarlas. A parte de estas situaciones pocas veces más se encuentra uno con peces del río, salvo alguna que otra vez con el siluro. Con esta especie he contactado en cuatro ocasiones desde el kayak, una vez con un ejemplar mediano nadando superficialmente en una “madre” bajo la embarcación (¡vaya susto!) y las otras tres en forma de carroña, ya sea flotando en el río o en una “percha” de cormoranes. Y es que una pieza de ese tamaño no pasa fácilmente desapercibida. Actualmente en el tramo riojano del Ebro los peces exóticos e invasores, como el siluro, ya constituyen la mitad de las especies presente y son un problema para la conservación de las especies autóctonas, aunque no es este un problema exclusivo de los peces.


Galápago europeo soleándose en el Ebro. C. Aguilar
En el río Ebro hay actualmente tres especies de galápagos, una introducida y dos autóctonas casi extintas, son el galápago de Florida, el europeo y el leproso respectivamente. En algunas ocasiones es posible verlos desde el kayak pues salen a solearse encima de troncos o piedras que asoman del agua. Es esta ya la clase de fauna que casi hay que imaginarla pues uno ve tirarse un galápago al agua a cierta distancia pero rara vez le da tiempo a saber de cual de ellos se trata. Lo triste de estas y otras especies invasoras del Ebro es que están ahí amenazando la conservación de la fauna y flora autóctona, debido a introducciones, a veces casuales, pero otras muchas intencionadas. 




Huellas de visón europeo. C. Aguilar
Con el resto de mamíferos acuáticos o ribereños la perspectiva desde un kayak no da para mucho. Uno sabe, por unas pequeñas huellas con forma de estrella en el barro, de la presencia del visón europeo, un pequeño mustélido casi extinto en Europa que aún vive en nuestras riberas; que tras unos troncos roídos de las orillas andará algún castor de los que alguien soltó en el Ebro de manera ilegal; o que tras unos excrementos con olor a pescado sobre una roca estará la nutria, que después de años malos ha conseguido recuperar sus poblaciones también en el Ebro. Con toda esta fauna imaginada, pero real, tiene uno tiempo de entretener la mente en los momentos centrales del día en los que hasta las aves se muestran perezosas para cruzar el río y llamar nuestra atención.

jueves, 22 de marzo de 2012

El río Ebro, naturaleza y cultura a golpe de remo 1

Las tres entradas con este título pertenecen a un artículo que publiqué en abril de 2011 en “Piedra de Rayo. Revista Riojana de Cultura Popular” en su número 37. El texto está tal y como apareció allí, en cuanto a las fotos están las del artículo más alguna adicional.


Sotos desde el kayak hinchable Foto: César Aguilar
No es que uno sea esa clase de gente que disfruta con el esfuerzo, ni siquiera me considero un deportista, pero ocurre que de forma más bien casual hace unos años me hice con un kayak y unas cuantas ilusiones en torno a las posibilidades que podía ofrecerme. Junto a unos amigos distribuidos en otras comunidades, adquirimos unos kayak hinchables con la idea de que algo así podría servirnos de excusa para viajar y hacer recorridos naturalistas por distintos ríos, un enfoque compartido y del todo alejado de lo deportivo. Enseguida los planes se abandonaron, los kayaks, aun recogidos, eran bastante voluminosos y poco prácticos para ese fin y todo se fue enfriando. Me vi con un kayak hinchable y sin mucha perspectiva de compañía, así que bien podía haber acabado cogiendo polvo en un trastero. No obstante, me eché al río que más a mano tenía, el Ebro, y lo que desde allí vi y sentí me enganchó de tal manera que con el paso del tiempo he ido encadenando un buen número de tramos del río a su paso por La Rioja y algunos más en las comunidades vecinas. 


Una “revelación”

Río Ebro en La Rioja Alta. Foto: César Aguilar
Pronto al primer kayak se sumó otro, debido a que el fabricante quiso compensarme de este modo por una pequeña tara del primero, algo que no impedía su uso. Ese segundo kayak me ha proporcionado de vez en cuando compañía de amigos en el río, aunque la mayoría de los recorridos de estos años han sido en solitario. Realmente no es fácil convencer a alguien para que se meta en el Ebro en un “hinchable” con forma de kayak. Todos los que hemos crecido junto al río hemos oído muchas veces de los mayores las advertencias sobre lo traicionero del Ebro. El pozo Cubillas en Logroño era algo así como el epicentro de la tragedia, cuántos bañistas a punto de ahogarse no habría salvado el nombrado “manco del pozo Cubillas”.



Islas en el cauce del Ebro. Foto: César Aguilar
Sin querer quitar ese punto de respeto que se merece el río más caudaloso de la Península, recorrer el Ebro en este tipo de embarcaciones no lo considero ni mucho menos una actividad de “riesgo”, al menos cuando yo lo hago, de abril a octubre. En estos meses, salvo cuando se producen crecidas, el caudal y la corriente son aceptables y coincide con todo el esplendor de las riberas. La primavera tardía, el verano y los comienzos del otoño, son buenas fechas si se quiere disfrutar del espectáculo natural que ofrece el río. En una ocasión oí decir a una persona que guía grupos en piragua por el Ebro en Zaragoza, los Ebronautas, que para muchos de sus clientes la primera visión del río desde dentro adquiere el cariz de una “revelación” y que muchos se sentían como si estuvieran navegando por el Amazonas o el Orinoco. A pesar de que pueda sonar exagerado, yo también opino lo mismo.


Alisos, álamos y tamarices

Vides silvestres en El Cortijo Foto: César Aguilar
Pero los sentidos nos engañan y en el Ebro tras la primera barrera de exuberante vegetación, no hay kilómetros y kilómetros de arbolado tierra adentro como en los ríos tropicales. Aún así, el contacto desde el agua con la ribera es espectacular y sobre la superficie del río se descuelgan toda suerte de plantas trepadoras y ramas de árboles que buscan la luminosidad que escasea en los sotos. El recorrido del río Ebro en La Rioja coincide con una transición de los bosques de ribera de gran interés paisajístico. Entre las Conchas de Haro y Logroño el río discurre dentro de meandros encajados en suelos de areniscas y arcillas. En esa ribera, a parte de sauces, chopos o fresnos, son característicos los alisos, árboles propios de climas atlánticos que desaparecerán poco a poco según pasemos Logroño. A partir de esta localidad el paisaje se abre y el río discurre sobre suelos más blandos. En este tramo, con el paso de los años, los meandros han fluctuado a merced de las crecidas dejando un legado de cauces abandonados e islas en diferente estado de formación.


Aliso, árbol autóctono, en La Rioja Alta. C. Aguilar
Es aquí donde se disfruta más con el kayak, recorriendo madres con aguas quietas y bóvedas de vegetación que te envuelve de luces y sombras. En las aguas lentas, carrizos y eneas colonizan las orillas y una cubierta de lentejas de agua flotan a resguardo de las corrientes. Plantas trepadoras como el lúpulo o las “lianas” de la clemátide, se descuelgan de lo alto y en los sitios más soleados aparecen algunas de las moras más sabrosas de la ribera, aquellas a las que sólo los pájaros y los navegantes pueden acceder. De vez en cuando uno da con especies que no parecen cuadrar con la vegetación natural que se espera en la ribera. Así ocurre con la familiar presencia de las hojas de parra que trepan el arbolado.A finales del verano esas vides silvestres ya tienen maduros unos racimos que cuelgan hacia el río y que son la excusa perfecta para hacer parada y almuerzo.



Grama de agua, invasora muy extendida. C. Aguilar
En estas riberas rodeadas de huertas y poblaciones, tampoco es raro encontrar higueras, nogales o tomateras que crecen en las playas de gravas, ni tampoco algunos árboles ornamentales como plataneros, acacias, sauces llorones, ailantos o arces negundos. En la mayoría de los casos son presencias puntuales y en sitios degradados pues existe una fuerte competencia entre la vegetación de ribera por estos fértiles suelos. No obstante, ha habido algunas herbáceas exóticas que sí han tenido éxito y han llegado a invadir las riberas del Ebro. Es el caso del cáñamo acuático (Bidens frondosa) o la grama de agua (Paspalum paspalodes), ambas con origen en el continente americano. La invasión de especies exóticas como éstas constituye una amenaza para biodiversidad ya que compiten y pueden llegar a desplazar a las especies propias de las riberas del Ebro.

martes, 13 de marzo de 2012

Tierra de pinares 2 (2012). La peña del duro

Afloramiento rocoso peña del duro. Foto: C. Aguilar
Otro de los sitios que tenía ganas de visitar en la zona y que me llamó la atención cuando encontré información de él, era una curiosa roca con grabados que llaman la peña del duro. Tenía guardada la reseña del sitio desde hace tiempo y aproveche el fin de semana por la zona para acercarme a él. El lugar me ha parecido realmente curioso y “mágico”. Los grabados no son muy antiguos, poco más de un siglo los primeros,  pero tienen una historia peculiar detrás. Están situados en un afloramiento rocoso similar a los de las necrópolis que había estado viendo en los pinares. La comarca donde se encuentra la peña está colindante con Tierra de Pinares, aunque no es exactamente igual. El término municipal donde se sitúa es Cidones aunque para acceder a ellos es necesario acercarse por una pista que sale de Oteruelos.



Reverso de un duro alfonsino. Foto: C. Aguilar
Una de las rocas del bosquete de robles del término municipal es la que llaman la peña del duro y es donde aparecen concentradas todas las inscripciones. No todas se ven a primera vista y hay que prestar un poco de atención para ir descubriéndolas poco a poco. Desde que se tallaron, los líquenes y el tiempo han ido desdibujando las incisiones y es necesario aguzar la vista. Los grabados se sitúan en vertical solo en una de las caras del afloramiento rocoso. Al estar orientados hacia el norte la mayor parte del día están en sombra lo que no facilita contrastes de luz para verlos mejor. Pero empecemos por el principio, la peña del duro recibe ese nombre porque es la inscripción de un duro la que primero se ve. Se trata del reverso de una moneda de 5 pesetas, o duro, de la época de Alfonso XII de un metro de diámetro. Se sitúa en el centro del “retablo” en el que se distribuyen el resto de grabados de la roca.



Grabados de los zorros repasados. Foto: C. Aguilar
Para saber quien fue el autor del trabajo solo hay que buscar una de las inscripciones donde dice “Por la gracia de Dios. Julián Pérez y Pérez de Ocenilla grabó esta piedra, a los 19 y 62 años en 1878 y 1921”. Parece ser que empezó a grabarla de joven siendo pastor en estas majadas,  luego se hizo guardia civil y salió del pueblo, para regresar de mayor cuando concluyó el trabajo. De todo lo que dicen que se ve, además del duro alfonsino, conseguimos ver todas las ilustraciones salvo una. Entre las que fuimos encontrando poco a poco, está el autorretrato de Julián vestido de guardia civil, dos zorros, un triangulo divino con ángeles arrodillados a ambos lados, varias cruces, una balanza de pesar con lo que parecen es una pluma y una espada a un lado y a otro, una calavera debajo, un diablo con tridente y un águila que agarra con una pata una bolsa de monedas y con otra una calavera. 



Algunas frases legibles. Foto: César Aguilar
Además hay varios dibujos geométricos poco concisos y desdibujados que parecen de la primera época ya que están menos ordenados. Lo que no conseguimos ver fue un autorretrato de Julián de joven, creemos que debería estar entre esas primeras donde el trazo es más impreciso. En general todas las inscripciones están enmarcadas dentro de cenefas, expuestas a modo de retablos y con numerosas frases difíciles de seguir por el transcurrir del tiempo, aunque se entienden palabras sueltas. Parece que son frases morales ya que en su trabajo de guardia civil dicen los estudiosos que se dedicó a la lectura de la biblia, de ahí el tipo de escritos y muchos de los dibujos. En general me ha parecido un sitio curioso, fácil de encontrar pero que no está señalizado, de modo que ya solo su hallazgo en el bosque ya añade encanto al lugar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Tierra de pinares 1 (2012). Cuyacabras y eremitorio cueva Andrés

Nichos inundados de Cuyacabras. Foto: C. Aguilar
El pasado mes de octubre me acerqué con unos amigos a la comarca de pinares que comparten las provincias de Burgos y Soria al sur de la Sierra de La Demanda y Urbión. Hace unos años, cuando estuve documentando unas inscripciones en la cumbre del pico Urbión, encontré información de unos cuantos lugares que juntaban naturaleza e historia y que hacían muy interesantes algunas visitas a la comarca. Entre la enorme extensión de pino silvestre (Pinus sylvestris) de la zona se encuentran diseminadas necrópolis, despoblados y restos arqueológicos que añaden encanto a un paseo por el bosque. En esta ocasión estuvimos visitando un par de necrópolis en el comunero de Revenga en Quintanar de la Sierra. La más espectacular de ellas es la de Cuyacabras.



Arco mozárabe y cruz en Cueva Andrés. C. Aguilar
La concentración de nichos antropomorfos que uno puede encontrar allí es espectacular. Los nichos están tallados en la propia roca, un conglomerado silíceo característico de la zona, el mismo que forma las paredes de la cercana Laguna Negra. La necrópolis fue excavada por los arqueólogos a finales de los años sesenta y cuenta con 175 sepulturas, una escalinata y restos de la base de una iglesia también tallada en la roca. Según los investigadores pertenece a la época de la Repoblación, por tanto altomedieval, así que había permanecido oculta durante unos 1000 años. Un paseo entre sus tumbas es algo sobrecogedor, todas están orientadas al este y llama la atención la gran cantidad de nichos de niños que se encuentran.




Corzo curioso dentro del pinar. Foto: C. Aguilar
Viendo eso se aprecia claramente donde y en qué medida ha actuado la selección natural en nuestra especie hasta hace bien poco tiempo, al menos en los países del primer mundo. Cerca de allí y con una cronología similar se encuentra el eremitorio Cueva Andrés. Junto a un pequeño arroyo y unos praderíos ocultos dentro del pinar están los restos de lo que creen que fue un eremitorio altomedieval. El lugar es idílico. Al abrigo de una roca aparecen trazas de huecos tallados en la roca que el tiempo a desfigurado. Aún así se pueden ver varios nichos y una gran roca con un arco de herradura mozárabe y una cruz griega dentro de él.





Atardecer en Tierra de Pinares. Foto:C. Aguilar
Dicen que pudo hacer la veces de altar de una pequeña iglesia rústica cuyo único resto sería ese. El arco califal de tipo cerrado remite al siglo X, así que encanto a lugar no le falta. Pero como he comentado el entorno de bosque de pinos es el que pone el broche a estos restos arqueológicos de la zona. A parte de los herrerillos, carboneros y otros páridos típicos de las coníferas, en uno de esos paseos buscando “piedras” pudimos ver un precioso corzo que aguantó lo suficiente como para poder tomarle algunas fotos. Cuando parecía que el día ya no podía deparar más, pudimos disfrutar de un atardecer incendiario en el horizonte con un precioso contraluz del pinar.

jueves, 1 de marzo de 2012

De Amazonia a Patagonia (Libro)

De Amazonia a Patagonia.
Ecología de las regiones naturales de América del Sur
Ivan A. Sanchez
Lynx Edicions. 2011
ISBN 978-84-96553-82-8

Las pasadas navidades me hice con este libro que considero ¡enorme!. Hasta el momento no conocía ninguna monografía de este tipo que tratara todos los hábitats de Sudamérica de forma tan rigurosa y global. La organización de contenidos, la presentación y su afán enciclopédico pero sintético, lo hacen básico para cualquiera que quiera acercarse a esas tierras con la mirada un naturalista al viejo estilo, como Humboldt o Darwin, gente que se interesaba por todas las ramas de las ciencias naturales de los sitios que visitaba. Y es que para cada ecosistema abarca una visión global de su geología, fauna, flora, comunidades nativas y problemas de conservación. Con este amplio repertorio de temas siempre habrá quien buscando algo concreto de una zona que haya visitado, echará algo en falta. Sin embargo considero bastante bien lograda la idea de conjunto que aporta el libro. A parte de los dos ecosistemas que luce el título, la Amazonia y la Patagonia, Sudamérica alberga otros menos conocidos como las selvas del Chocó, la mata atlántica, el pantanal, el chaco, los ecosistemas del caribe sur, las sabanas de los llanos, el cerrado, la caatinga o la pampa entre otros.


Tratar de manera conjunta y por el mismo criterio todos ellos, alumbra ideas que no son muy frecuentes, como los criterios de endemicidad, riqueza y abundancia de unas regiones respecto a otras, el grado de transformación que han sufrido y su singularidades. Una anécdota curiosa de lo que me ha aportado el libro: viajando por la selva central del Perú solía ver en los bordes de las pistas plantas de alegría (Impatiens walleriana) esa planta de interior de vistosas flores rosas. Como muchas de las plantas ornamentales que tenemos en  Europa provienen de especies de estratos bajos de las selvas, como las begonias o las palmas, pensé que esa sería una más. Pregunté en una ocasión en Perú y me dijeron que crecía espontáneamente pero no tenían conciencia de que fuera una invasora. Pero realmente es un exótica allí, ya que según se indica el libro se asilvestró en el continente pero es originaria de Zanzíbar. Es solo una anécdota pero de esas que te ayudan a ir comprendiendo mejor el paisaje y la naturaleza de una región. Bueno, como dije al principio, un libro ¡enorme!

viernes, 24 de febrero de 2012

Francia 9 (2011) Flora y fauna marina en la Península de Crozón

Erizos irregulares arrastrados a la playa. C. Aguilar
La última escala en el recorrido por la Bretaña fue la región más occidental de Francia. Es la que más se adentra en el Atlántico y por ello, al igual que hacemos en España, también la llaman Finisterre. Allí visitamos un par de playas, la localidad de Morgat y el cabo Chevre, todo ello en la Península de Crozón. Después de unos días lluviosos salió el sol, subieron las temperaturas y nos acercamos a las playas. Una de ellas estaba bien para tomar el sol pero no para bañarse, pues todas las olas iban cargadas de “tropezones” de algas batidas como si se tratara de una sopa de verduras. Eso no era más que el subproducto de lo que el mar arrojaba a la playa. Con marea baja el arenal había quedado tapizado de conchas de varias especies de bivalvos, muchas algas y esqueletos de erizos de mar asimétricos.



Colonias de briozoos sobre un alga parda. C. Aguilar
Buceando es fácil ver erizos simétricos sobre las rocas y también sus esqueletos, unas estructuras de color verde o morado con un punteado geométrico de donde salen las púas. Los erizos irregulares, por el contrario, no son fáciles de ver vivos ni abundan sus esqueletos en las playas. Son especies de fondos arenosos que viven enterrados así que pasan desapercibidos. Una de las playas que visitamos debía ser muy buena para esos erizos, ya que la marea había sacado cientos de ellos. Sus caparazones flotan en el agua, de modo que las olas los depositan en la línea de la pleamar. Hay varias especies similares que se distinguen por las formas de las líneas de poros, sin embargo no me ha tocado determinarlos antes y no consigo aclararme bien, así que erizos asimétricos y listo.



Diversidad de algas en la playa. Foto: César Aguilar
Mirando con detalle las algas depositadas en la arena, se puede ver que muchas de ellas están cubiertas por colonias de briozoos. Estos son unos animales diminutos que desarrollan esqueletos calcáreos a modo de celdillas. Forman extensas colonias tapizantes y se alimentan por filtración. Pero rebuscando en los montones de algas, además te encuentras con muchas especies diferentes. Me llamaron la atención unas grandes del género Laminaria que parecen palmeras. Pero las algas son complicadas, más o menos puedo llegar a algunos géneros característicos pero para los caracteres diagnósticos de muchas haría falta hacer cortes y mirar con una lupa binocular. Al menos eso era lo que nos enseñaban en la carrera de Biología. Traté de echar un ojo con unas claves que tenía de entonces, pero sin mucha práctica no fueron de gran ayuda.



Algas pardas, Fuscus sp. Foto: César Aguilar
Para la mayoría de las que vi puedo saber el grupo al que pertenecen, Clorofíceas, Feofíceas, Rodofíceas o Cianofíceas, o lo que es lo mismo algas verdes, pardas, rojas y verdeazuladas. Solo para unas pocas se el género con seguridad, pero ver la diversidad de formas colores y portes ya es para mí sorprendente. Con el buen tiempo aproveché para ponerme el neopreno y hacer algo de snorkel. La temperatura del agua era soportable, pero la diversidad de fauna poco evidente. Había mucha biomasa de algas, la mayoría Fuscus en superficie y zonas con grandes talos de Laminaria más abajo. Con el batir de las corrientes las laminarias son espectaculares. La zona era rocosa y aparte de algas, eran frecuentes unos cangrejos tipo centollos, algunos blénidos y poco más.



Dos estrellas frecuentes en la zona. César Aguilar
Esta misma impresión la he tenido otras veces haciendo snorkel en el Cantábrico. El Atlántico en principio es más productivo que el Mediterráneo pero con gafas y tubo se ve siempre mucha menos vida que en el segundo. Si en superficie no había mucho, era cuestión de bajar un poco a pulmón y tras un gran peñasco marino encontré montones de estrellas. Al principio eran unas rojas que según bajabas tapizaban en abundancia una garganta de roca. Luego aparecieron otras blancas mucho más grandes. No tener una cámara subacuática es una frustración cuando ves esas cosas. Así que buceé hasta ellas y en un par de viajes saqué dos ejemplares a una charca intermareal cercana donde ya las pude ver y fotografiar a placer.


 
 

Estrella volteandose. Foto: Iratxe González
La estructura de una estrella de mar es sorprendente, la parte inferior está cubierta de los llamados pies ambulacrales. Son como los “cuernecillos” de los caracoles pero por decenas. Su acción coordinada hace que la estrella tenga gran movilidad. Si las das la vuelta boca arriba, uno de sus brazos se gira hasta que algunos de los pies ambulacrales hacen contacto con el suelo y ayuda a girar poco a poco al resto del cuerpo. Es sorprendente para una animal que parece tan rígido. Cuando ya me cansé de verlas las devolví al mar y contento. Esto fue el último día del viaje, así que un buen recuerdo de la Bretaña y sus mares. Unas  horas más tarde la furgoneta nos dejó tirados en vísperas de varios días festivos por el día de la República y empezó una odisea para regresar a España dejando la furgo en un taller francés. Pero eso ya es otra historia que además no tienen nada de naturalista.

sábado, 18 de febrero de 2012

Francia 8 (2011) Siete Islas y la costa del granito rosa

Especies nidificantes en la R.N. de las Siete Islas
Con el tiempo de perros que hacía aquel día, mucho dudaba de que el barco que iba a la Reserva Natural de las Siete Islas fuera a salir. Ese archipiélago de pequeñas islas alberga 12 especies de aves marinas nidificantes y en su conjunto más de 20.000 parejas. Después de echar un vistazo por las costas del Cabo Frehel y comprobar que ya era tarde para algunas colonias de marinas, tampoco confiaba en ver las imágenes que publicitaba la compañía de barcos. Pero que va, el barco estaba atiborrado de gente y las expectativas se cumplieron. La gente de allí parece que no se amedrenta de salir en pleno julio con mala mar y un día de perros.




Colonia de alcatraces en la isla de Rouzic. C. Aguilar
Entre tanto yo iba cubierto con tres capas de ropa y helado de frío, camiseta, chaqueta y anorak y lidiando con que las salpicaduras de proa y las gotas del viento no me impidieran ver por los prismáticos. La primera de las islas que se visita es la más alejada, la isla de Rouzic, que es además la más espectacular. De camino había estado viendo algún fulmar boreal (Fulmarus glacialis) que apenas volví a ver en unas pocas ocasiones más. A medida que te acercas empiezas a ver el revoloteo de los alcatraces (Morus bassanus) en las colonias de cría. Si bien las fechas eran tardías para otras colonias de aves marinas, las de alcatraces estaban en pleno apogeo, algo que me pilló por sorpresa.




Alcatraces (Morus bassanus) Foto: César Aguilar
Había visitado en Noruega en un par de ocasiones colonias de aves marinas y la sensación es siempre espectacular. Pero aquellas de allí eran mayormente de álcidos y no de alcatraces como estas. Con las laderas de la isla cubiertas de aves no parecía que estuvieras en Francia, a mi recordaban a las pingüineras antárticas que vemos en los documentales. A parte de alcatraces, en la zona eran abundantes también los cormoranes moñudos (Phalacrocorax aristotelis) y las gaviotas argenteas (Larus argentatus). El resto de especies que vi fue en números más modestos, gaviotas patiamarillas (Larus michaelis), tridáctilas (Risa tridactyla), sombrías (Larus fuscus) , gavión (Larus marinus), charrán común (Sterna paradisaea) y ostreros (Haematopus ostralegus).



Frailecillos (Fratercula arctica) Foto: C. Aguilar
Alcas (Alca torda) y frailecillos (Fratercula arctica) apenas vi unos pocos y es que tampoco crían tantas parejas como en las colonias más norteñas. De hecho, estas son algunas de sus zonas de nidificación más sureñas pues de normal se distribuyen en islas y cortados de las costas de Gran Bretaña, Islandia y Escandinavia. El nombre francés de una de estas aves me resultó curioso, “petit pingouin" con el que llaman a las alcas. La primera vez que se dio el nombre de pingüino a un ave no fue en la Antártida, sino a un alca hoy extinta. La especie era Pinguinus impennis, el alca mayor, y estaba ampliamente distribuida por el Atlántico norte. El ave medía 75 cm y era incapaz de volar por lo que rápidamente la esquilmaron.



Costa del granito rosa. Foto: César Aguilar
La extinción se produjo en 1844 pero ya en 1760 se había extinguido de Gran Bretaña, aunque aún por aquellos años los marinos que iban a Terranova la citaban como muy abundante. Las aves antárticas fueron las que "heredaron" su nombre, pues al no tener capacidad de vuelo eran lo más parecido a las alcas mayores norteñas, los genuinos pingüinos. Pero bueno, en esto andaba yo pensando al ver en el folleto “petit pingouin” refiriéndose a las alcas (Alca torda), cuando de regreso al puerto me di cuenta que el recorrido en barco incluía también un acercamiento a la costa del granito rosa. Ese litoral es un destino muy turístico de la Bretaña y por ello muy concurrido de gente. Con la vista desde el barco tuve bastante, aún no me había recuperado del frío que había pasado en mar del Canal de La Mancha.

sábado, 11 de febrero de 2012

Francia 7 (2011) El Cabo Frehel y los pescadores de Paimpol

Erica ciliaris Foto: César Aguilar
En la costa norte de la Bretaña, la que mira al Canal de la Mancha, aprovechamos el buen tiempo para visitar algunas poblaciones y el Cabo Frehel. Al igual que nos sucedió con otras zonas naturales costeras, estaba llenita de visitantes. La zona tiene un faro histórico y bunkers de la II Guerra Mundial dispersos. Pero lo mejor es el paisaje en rosa y amarillo de turberas y brezales que se extiende todo lo que alcanza la vista. En colores rosas estaban las flores de cuatro especies de brezos, Erica cinerea, Erica ciliaris, el brezo de turbera (Erica tetralix) y la brecina (Calluna vulgaris). Son especies que también se pueden encontrar en la Península Ibérica en hábitats norteños y paisajes cantábricos.




Tojo (Ulex sp). Foto: César Aguilar
Además de los brezos otras flores rosas se descolgaban en los bordes del cortado, las de la Armeria sp aunque la mayoría de ellas ya estaban agostadas en esas fechas. En amarillo, en el matorral destacaban las flores del tojo, Ulex sp., probablemente Ulex europaeus pero tampoco estoy seguro de las especies que hay allí. Esa planta es muy espinosa y es algo que no olvidan los paseantes. Las sendas para andar por estos matorrales han de ser desbrozadas con periodicidad ya que crecen muy densos con tanta humedad. Por lo demás los cortados de la zona tampoco tenía gran cantidad de aves, algunos cormoranes moñudos (Phalacrocorax aristotelis), ostreros (Haematopus ostralegus), gaviotas argenteas (Larus argentatus) y algún charrán patinegro (Sterna sandvicensis). 



Lagarto verde (Lacerta viridis). Foto: C. Aguilar
Las fechas eran ya un poco tarde para las colonias de aves marinas. Algo mejor estaban los días soleados de verano para ver alguna de las escasas especies de lagartos y lagartijas de la Bretaña. Si uno ve correr una lagartija en esta región de Francia solo pueden ser dos cosas una lagartija de turbera (Zootaca vivipara) o una lagartija roquera (Podarcis muralis), nosotros fue esta segunda la que vimos. Pero si lo que ves es algo más gordo, no puede ser otra cosa que un lagarto verde (Lacerta viridis). No se muy bien la causa de la escasez de especies de estos grupos en la Bretaña pero en parte influirá la homogeneidad del hábitat. En la Península Ibérica estamos mal acostumbrados, ya que la variedad de ambientes, los accidentes orográficos y la transición de climas dan mayor diversidad.



Bretones en Islandia. Foto: Museo de Paimpol
En La Rioja, sin ir más lejos con solo 5000 Km2 hay ya 5 lagartijas y 2 lagartos, más de el doble que en la Bretaña. Pero los días soleados no son los habituales en la Bretaña, más bien la excepción, no hay más que ver el verdor con que se mantienen los prados y bosques. Con las lluvias uno de los planes que teníamos, que era recorrer la isla de Brehat en bicicleta, se pasó por agua. A cambio me dediqué a visitar un museo de la mar en Paimpol ubicado en un antiguo secadero de bacalao. En realidad, si no eres muy forofo de los barcos y la historia náutica, apenas te dice nada pero el mar en esta región es parte inseparable de la historia de sus gentes.




Bacaladero bretón en aguas árticas. Museo Paimpol
Yo buscaba algo más relacionado con la parte biológica del mar, pero en ese sentido había poco donde rascar. Lo que más me cautivó fue todo lo relacionado con la pesca del bacalao. A finales del 2010 visitando la ría de Aveiro (Portugal), también me atrapó conocer los viajes pesqueros de los portugueses al banco de Terranova. En el caso de los bretones, las fotos sepias con paisajes árticos y gente ruda embarcando por meses hacia Islandia encogen el estómago. Cuentan que en solo 80 años de actividad, en la región de Paimpol se perdieron 100 embarcaciones y 2000 vidas. Desde que conozco la historia de la pesca del bacalao y el esfuerzo que supuso, me parece un tributo a todas aquellas gentes valorar un buen plato de bacalao en la mesa.

domingo, 5 de febrero de 2012

Francia 6 (2011) Mont Sant Michel

Vista del Mont Sant Michel Foto: Iratxe González
El Mont Sant Michel es quizá la imagen más emblemática de la Bretaña y por ello la más turística. Cuando se visitan sitios así hay que atenerse a las consecuencias de la masificación. Es necesario abstraerse en cierto modo de la avalancha de gente y ver lo que a uno le interesa, aún así, si se busca la tranquilidad y el reposo de la abadía, en pleno verano será difícil encontrarla. Uno de los atractivos principales para mí, es el paraje natural en el que se encuentra. El peñasco donde edificaron la abadía y la ciudad amurallada están en medio de una enorme bahía unida a tierra firme por un cordón dunar. A través de este último discurre la carretera de acceso. Con las mareas altas, pero solo en algunos momentos del año, la península pasa a ser una isla por algunas horas, al cubrirse la carretera y quedar toda rodeada de agua. En ello reside la singularidad del sitio.




Inmensa bahía del entorno. Foto: César Aguilar
No es algo que se pueda ver todo el año, pero sin llegar a ese extremo si puede verse el gran cambio del paisaje alrededor del Mont St Michel con el flujo diario de las mareas. La bahía abarca una superficie de 250 Km2 y puede cubrir en una pleamar hasta 20 kilómetros de arenales en solo seis horas. Pero el entorno hidrológico de la zona ha cambiado bastante en los últimos siglos. El hombre ha ido ganando terreno a la marisma haciendo agricultura en pólders. Con ello ha generado que la desembocadura del río Couesnon se haya desplazado del sitio original. Esto ha aumentado los sedimentos en torno a la península haciendo que el paisaje de alrededor sea cada vez más terrestre que marítimo. Ahora andan haciendo unas obras hidrológicas de una millonada de euros para evitarlo.



¡Al rescate de la foca!. Fotos: César Aguilar
La idea del proyecto ingenieril es acumular agua de las mareas en una presa y hacer descargas periódicas que ayuden a retirar los sedimentos alrededor del monte. Pero volviendo al aspecto natural, desde las murallas de la ciudad en bajamar era común ver garcetas (Egretta garzetta), archibebes comunes (Tringa totanus) y tarros blancos (Tadorna tadorna) pululando por los fangales. También unas cuantas especies de gaviotas entre ellas la reidora (Larus ridibundus), la sombría (Larus fuscus), la argentea (Larus argentatus)  y algún gavión (Larus marinus). Pero mientras miraba la fauna hubo una escena a lo lejos que llamó mi atención. Tres personas en medio del arenal estaban tratando de captura algo y meterlo en una caja. No era otra cosa que una foca gris (Halichoerus grypus).



Atardecer sobre el Mont Sant Michel. C. Aguilar
Los perseguidores de la foca eran gendarmes que, o tenían poca pericia, o la foca arreaba unos bocados de cuidado. Después de casi 10 minutos de verles intentarlo me inclino por pensar lo primero. Entre tres personas fueron incapaces de cogerla, así que acabaron pidiendo refuerzos. Un vehículo oruga adaptado para esos arenales vino con dos personas más y una jaula grande. Al final dieron con ella y la llevaron a la gendarmería donde pude verla encerrada y agotada. En el mes de julio cuando visitamos el Mont St Michel había muchas restricciones a la entrada de vehículos hasta la base del peñón. Nosotros pasamos allí andando pero en el futuro se prevé que los vehículos particulares no accedan, solo el transporte público,algo de agradecer.



Molino restaurado en Moidrey. Foto: César Aguilar
La calle principal de subida dentro de la fortificación es una turistada en toda regla, atiborrada de tiendas de recuerdos chuscos, sitios de comer prohibitivos y demás parafernalia. Nosotros llegamos allí por la tarde y subimos hasta la abadía pero ya estaba cerrada, aun así pasear por la multitud de calles estrechas y angostas, recorrer las murallas, escalinatas y rincones de la fortificación bien merece la pena. Con la caída de la tarde las vistas sobre la bahía eran espectaculares con la sombra de las agujas de la abadía proyectándose en el arenal. Acabamos el día a varios kilómetros de allí, en Moidrey, viendo desde un cerro con un molino harinero restaurado la preciosa puesta de sol con el Mont St Michel. De lejos el paisaje parecía uno de esos oleos de los pintores románticos de campiñas y escenas costumbristas en tonos pastel.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Francia 5 (2011) Costa salvaje y Península de Quiberon

Costa salvaje en Quimberon. Foto: César Aguilar
Los franceses venden muy bien sus “productos” y por eso ante el apelativo de la costa salvaje en la Península de Quiberon quizás esperaba algo más. Cerca de Carnac se sitúa un larga barra de arena de 15 kilómetros que se adentra en el Atlántico, con largas playas a ambos lados, flora dunar, y acabado en un zócalo amplio de roca dura. Toda la zona es muy turística y hay muchas poblaciones dispersas, además está ahí el puerto donde se coge el ferry a la isla más grande del Atlántico de Francia, Belle-Ile-en-Mer. En general las costas bretonas están bastante pobladas, además con un tipo de ocupación del hábitat muy disperso con edificaciones cuidadas y bonitas pero continuas y por doquier. Fuera de las carreteras principales, en torno a las poblaciones de la costa, te pasas el día recorriendo avenidas con casas ajardinadas, rotondas y más rotondas para llegar a un sitio natural sin gente.



Algas y mejillones tapizando la roca. C. Aguilar
Por otro lado, no vimos muchas carreteras que recorrieran el litoral con buenas vistas al mar, al menos como suele haberlas en las costas españolas. Por ello cuando se juntan costas sin poblaciones, cortados rocosos y  buenos accesos, esos sitios parece que se vuelven muy atractivos para el turismo nacional. Es lo que vimos en la costa salvaje de la Península de Quiberon, que estaba bien pero llenita de paseantes. Luego vimos situaciones similares en otros cabos y zonas naturales de la costa bretona. No es por comparar pero en verano en el Cantábrico aún puedes encontrar muchos sitios parecidos con bastante menos gente, o quizás sea que en España pocos salen de la arena y el sol a pasear por los senderos costeros como hacen aquí.



Manojo de percebes. Foto: César Aguilar
Pero en fin, era julio y tras esas primeras impresiones y choque de expectativas, los sitios merecían la pena y tampoco estaban nada mal. En un primer momento, cuando ves de lejos esos acantilados rocosos tienen un aspecto un poco “feucho” con una coloración negra que pareciera el resultado de una marea negra. Pero cuando te vas acercando ves que en realidad se trata de inmensas colonias de mejillones. Este es uno de los productos estrella de la región por todos los restaurantes ves carteles anunciando los “moules” que es como se llaman en francés. La gran diferencia entre la pleamar y la bajamar en estas costas, dejan un amplio espacio intermareal donde crecen abundantes los mejillones. Un vistazo detallado a esas rocas hace encontrar además de mejillones, una superficie con percebes, lapas, bígaros y bellotas de mar en gran cantidad.



Actinia equina abierta. Foto: César Aguilar
Las algas es otra de las cosas que sorprende en estas costas, pues a poco que te pongas a mirar encuentras un montón de especies y la biomasa que hay sobre las rocas es impresionante. Buscando en los charcos intermareales de la zona, eran muy frecuentes los tomates de mar (Actinia equina). Los había visto en otras ocasiones pero siempre replegados, poco más que una bola gelatinosa con los tentáculos guardados. Aquí, por el contrario había bastantes abiertos y activos en los charcos que aún mantenían agua. Fue algo que me resultó sorprendente pues había leído que eran bichos de actividad nocturna. Pero vamos, que para mi mucho mejor así porque hasta el momento no había sacado unas fotos tan buenas de estos animales en ningún sitio.


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