domingo, 31 de mayo de 2015

Brasil 12 (2014) Bajo el agua del Morro de Sao Paulo

Playas de Morro de Sao Paulo. C.M. Aguilar Gómez.
El Morro de Sao Paulo es una zona de playas e islas a dos horas en ferry de la ciudad de Salvador de Bahía. Al regreso del interior de la Chapada Diamantina yo aún tenía ganas de probar suerte con el esnórquel, e Iratxe de disfrutar de unas playas más resguardadas de lo que es habitual en las agitadas costas del Atlántico. Ir y volver en barco en el día fue un poco pesado, pero no disponíamos de tiempo para alojarnos allí como hace la mayoría de la gente. El lugar no estaba mal, pero nos habíamos hecho otra idea. Las principales playas estaban llenas de alojamientos, bares, tiendas y todo lo que a la mayoría de turistas les encanta… uf! nosotros esperábamos menos gente. Con más tiempo hay playas alejadas y tranquilas y pero no es posible visitarlas en un solo día.




Huesos de cetáceos en la costa. C.M. Aguilar Gómez.
En el ferry de Salvador a Morro, sin quitar la vista del horizonte en todo el viaje, pude ver fugazmente varios soplidos de cetáceos muy a lo lejos, mientras cruzábamos la gran bahía de Salvador. Siempre te quedas con la duda a esas distancias, que si el oleaje engaña o si ya estás tan sugestionado que ves lo que quieres ver. Pero sí, allí también había ballenas aunque nadie las mostrara o se fijara en ellas. Luego en las playas del Morro de Sao Paulo, buscando por la orilla intermareal, encontré huesos de cetáceos entre el material que arrastran las mareas. Confirmado. Son de esas cosas que pasan desapercibidas para la mayoría pero que a mí me hacen una ilusión tremenda.





Algunos peces de Morro. Fotos: C.M. Aguilar Gómez.
Por la playas más tranquilas se dejaban ver corriendo chorlitejos semipalmeados (Charadrius semipalmatus). Poco más. Encontré algunas zonas de rocas superficiales donde poder hacer esnórquel, nada del otro mundo pero ¡ya que estaba allí! La verdad es que había demasiada turbidez por la época del año y ningún arrecife pero siempre hay cosas que ver entre fondos de rocas y arena. Poco a poco fui identificando algunas especies de peces tropicales como un pez mariposa estriado (Chaetodon striatus) o un par de peces cirujanos, el oceánico (Acanthurus bahianus) y el azul (Acanthurus coeruleus) este último en fase intermedia pasando del amarillo juvenil al azul del adulto. Todo esto lo averiguas después ya que en esos momentos solo te dedicas a sacar fotos y disfrutar del paisaje subacuático.


 


Algas identificadas en Morro. Fotos: C.M. Aguilar Gómez.
Los peces más abundantes allí eran los que llaman sargentos (Abudefduf saxatilis) con su coloración amarilla y rayas negras caracteristicas. Dentro de su familia (Pomacentridae), la de las damiselas, no todos los peces son tan fáciles de identificar en especial unos marrones oscuros sin más caracteres diagnósticos. Luego están los juveniles de muchos de ellos como los de los Stegastes sp, peces punteados de azul eléctrico que tienen gran variabilidad de diseños. Otra de las curiosidades de aquellos fondos eran sus algas. Algunas eran de géneros que también encontramos en las aguas ibéricas como Padina sp, pero otras algas eran bien extrañas. Entre ellas los campos de “arbolitos” Penicillus capillatus, los grandes abanicos de Udotea sp o las ramificadas Caulerpa sp.

sábado, 9 de mayo de 2015

Brasil 11 (2014) Pinturas rupestres y boa en el cerrado

Pinturas Sierra das Paridas. C.M. Aguilar Gómez.
Una de las sorpresas de la Chapada Diamantina fueron sus pinturas rupestres. Nosotros visitamos los abrigos de pinturas de la Sierra das Paridas. Hasta visitar la zona no tenía conocimiento de que existieran yacimientos así por allí y es que algunos solo acaban de empezar a ser explorados. El nombre de la Sierra das Paridas se debe a unas pinturas figurativas que aparecieron en sus abrigos rocosos y que se interpretaron como mujeres dando a luz. Pero en las paredes donde se encontraron había muchas otras escenas y no todas figurativas. Algo sorprendente para mí fue como se hizo el hallazgo del lugar pues da una medida de cómo es el territorio y lo que aún puede quedar por descubrir.




Vegetación Sierra das Paridas. C.M. Aguilar Gómez.
En el año 2005 un incendio dio acceso a una zona de sierras bajas con afloramientos rocosos. Toda la zona está poblada por bosque seco característico del cerrado muy vulnerable al fuego. Los que llegaron a aquellos roquedos hablaron de unas piedras escritas. Bastó ir a visitarlas con algo de detenimiento para encontrar una multitud de pinturas concentradas en tres lugares de la sierra. Hoy en día se llega al lugar por una pista de tierra, pero sigue siendo un paraje recóndito. Allí vive el cuidador del sitio, un auténtico “Robinson” que nos contó sus encuentros con un puma que merodeaba por la zona. 





Extraplomos llenos de pinturas. C.M. Aguilar Gómez.
Hoy todo aquel terreno pertenece a una persona de Salvador que tomó la iniciativa comprando el lugar para así preservar las pinturas. Desde entonces ha impulsado la catalogación de los lienzos con la colaboración de arqueólogos de la Universidad Federal de Bahía que también han realizado varias excavaciones en lo que se intuía que fueron asentamientos. Las formaciones de roca donde se sitúan las pinturas son un lugar atractivo. El diferente grado de dureza de las areniscas ha dado lugar a la formación de abrigos y sitios resguardados donde las pinturas se han conservado bien. Los pigmentos utilizados aportan tonalidades de amarillo, rojo y granate.




Figurativas, esquemáticas y "E.T." C.M. Aguilar Gómez.
En muchos lienzos las pinturas se encuentran superpuestas, dando a entender que los mismos lugares habrían sido utilizados durante distintos periodos. Hay un gran número de tipos. Las hay con aspecto humano de muchas formas y tamaños, también animales de caza, y algunos que se han interpretado como especies que ya no están en la zona como el ñandú. Pero además hay muchas pinturas esquemáticas, de difícil interpretación, diseños en zig-zag, cenefas, aspas, líneas, puntos, etc. Hay hasta una figurativa que recuerda al alienígena E.T. "El Extraterrestre" de la película de Steven Spielberg, así que ya está liada para los amigos de lo esotérico.




Boa constrictor en el camino. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Mientras nos dirigíamos al yacimiento tuvimos un encuentro inesperado. Un encuentro con uno de los "gigantes" que habitan esos bosques. En medio de la pista de tierra roja, en ese preciso momento, una gran boa (Boa constrictor) estaba pasando de lado a lado. Vaya animal, no había visto nunca uno antes y quedé impresionado por sus dos metros largos y la gordura del cuerpo. Fue una suerte encontrarla activa en pleno día ya que según las guías se trata de una especie crepuscular o nocturna. Nos hartamos de sacarle fotos ante su estoica paciencia. Al final tuvimos que retirarla del vial para evitar que otra gente, con menos apego por la fauna, diera con ella en mitad de la pista.

viernes, 1 de mayo de 2015

Brasil 10 (2014) Cascada Fumaça y campos rupestres

Salto Cascada Fumaça. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
La cascada Fumaça es uno de los lugares más llamativos de la Chapada Diamantina. Hay muchas cascadas en el parque nacional pero esta es la mayor y, aunque no siempre lleve agua, el sitio es espectacular. Dicen que es la cascada más grande de Brasil con un salto de 360 metros en caída libre. Hay en la parte alta un saliente de roca que hace las veces de mirador sobre el salto. Para el que se atreva. La roca está volada sobre el vacío y no son pocos los que vencen el vértigo para arrastrarse por ella y mirar con el estómago encogido hacia el precipicio. No es mi caso. No es que tenga vértigo en condiciones normales pero aquello me supera con creces.





Morro del Monte Tabor. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
La cascada se encuentra la final de un valle muy poco accesible, sí o sí, hay que caminar durante horas para llegar. Eso no impide que sea uno de los lugares más visitados del parque porque ese esfuerzo se compensa con las vistas. Para llegar a la base suele hacerse una travesía de tres días a pie desde Lençois ya que el lugar está alejado de pistas transitables. Hay otra opción más corta. Consiste en acceder a la parte alta dando un rodeo a través de una meseta cercana al valle de Capao, al encuentro del arroyo que da lugar al salto de agua. Se trata de un cauce de aguas rojas igual que el resto de los que drenan las sierras de la Chapada.




Cruzando el arroyo de la cascada. C.M. Aguilar Gómez.
Nosotros visitamos la cascada desde esa parte de arriba, dedicando un día entero a ello. Desde el inicio del sendero hay par de horas de ida hasta el salto de agua y todo el paisaje que atraviesas es distinto a lo que ves en otras áreas del parque. Se trata de una zona de campos rupestres en torno a los 1300 metros de altitud. Hay varias de esas mesetas o morros en el parque nacional, son parte de la imagen más reconocible del espacio natural. Esos lugares son húmedos por la altitud y por las nieblas, tiene una vegetación abigarrada pero sus suelos tienen poco desarrollo y en seguida aflora la roca.





Especies de flora de la zona. Fotos: C.M. Aguilar Gómez.
Las condiciones ecológicas crean un ambiente particular, la vegetación tiene un aspecto inusual, como la de un "mundo perdido" algo que no nos es muy familiar. Predominan plantas de porte arbustivo y los árboles no suelen alcanzar grandes alturas. Durante el trayecto vimos muchas especies florecidas, entre ellas flores rojas de Calliandra sp, racimos de Begonia sp y arbustos de bellas flores fucsias como Marcetia sp. Me habría gustado poder dedicar más tiempo a ver y fotografiar esa flora y también a las aves de los campos rupestres, pero la larga caminata a la cascada no daba mucho margen. Entre las aves presentes allí también las hay singulares y especialistas de ese hábitat tan particular.






Knipolegus nigerrimus. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
En el mirador de la cascada algunas de esas aves se han habituado al tránsito de turistas y a comer los restos de comida. En otros lugares de la meseta no son fáciles de ver pero allí se dejaban aproximar y fotografiar. Les interesaba. Entre esas aves estaba la viudita aterciopelada (Knipolegus nigerrimus), el coludo gorjipálido (Embernagra longicauda) y la tangara  canela (Schistochlamys ruficapillus).  Las dos primeras endémismos de Brasil y todas ellas especies con distribuciones muy restringidas.

lunes, 20 de abril de 2015

Brasil 9 (2014) Aguas turquesas y peces únicos

Pozo Encantado y su haz de luz. C.M. Aguilar Gómez.
Las cavidades de Pozo Encantado y Pozo Azul se sitúan en una extensa plataforma caliza al este de las sierras de la Chapada Diamantina. Después de ver ríos y cascadas de aguas rojas, resultó todo un contraste encontrar lagos kársticos con aguas azul turquesa. Ambos pozos son dolinas colapsadas que dejan ver lagos subterráneos a los que llega la luz de la superficie. Sus aguas no tienen materiales en suspensión y son completamente cristalinas, de modo que la luz llega hasta el fondo dando la apariencia de que éste se encuentra a unos metros de la superficie. En realidad está a gran profundidad. La zona más profunda del Pozo Encantado está a 65 metros pero se muestra con total nitidez.



 
Iratxe y yo. Pozo Encantado. C.M. Aguilar Gómez.
Pozo Encantado tiene el aliciente de que, entre abril y septiembre, un gran rayo de luz atraviesa el agua y crea una imagen casi irreal. Nosotros entramos un día nublado y nos colocamos los cascos para acceder a una galería seca a esperar al rayo. El paisaje, sin necesidad del rayo, ya sobrecoge pero todos esperábamos verlo. A pesar de las nubes iniciales afuera tuvimos suerte y, al cabo de un rato, el rayo apareció. Las aguas de este sistema kárstico se mantienen a una temperatura casi constante de 25 grados. Así que, cuando empezó el turismo en los pozos, lo primero que apetecía era bañarse en aquel ambiente. El fondo está tan profundo que no había riesgo de crear ninguna turbidez.



Fondo de Pozo Azul desde el agua. C.M. Aguilar Gómez.
Uno de los guías de Pozo Encantado encontró un día allí un curioso pez despigmentado. Lo dio a conocer y estudiaron el pez, vieron que se trataba de una especie de pez gato aún no descrita, endémica de la zona. A partir de 1990 se prohibió el baño en Pozo Encantado para preservar su hábitat. La caverna se siguió visitando, pero sin baños y con un límite de 25 personas cada media hora. Hoy en día unos 7000 visitantes al año pasan por él. En la segunda de las cavidades, Pozo Azul, sí permiten el baño. Te obligan ponerte un chaleco y te dejan unas gafas de buceo para que puedas ver el fondo. Si creía que había disfrutado suficiente en Pozo Encantado, lo de Pozo Azul lo igualaba y superaba.



Bañistas. Pozo Azul. C.M. Aguilar Gómez.
Pozo Azul es más pequeño, unos 30 x 20 metros, pero allí estas en medio del agua cuando los rayos están iluminando la cavidad. Mirar la profundidad de la cueva a través de las gafas era hipnótico, haces de luz bailando continuamente al ondular la superficie del agua.

Este pozo es menos profundo, pero eso es relativo porque debajo de ti aún hay 40 metros. Recientes expediciones arqueológicas han hallado en el fondo miles de fósiles de fauna actual y también de parte de la megafauna que ocupó Sudamérica en otras épocas. Entre lo más grande hallado están los fósiles de mastodontes y de perezosos gigantes. 

Pero no es la única sorpresa que albergaba. Mientras disfrutaba de la luz, un minúsculo crustáceo vino a comerme células muertas del dedo gordo. Es algo habitual con los camarones. Pero además, vi un pequeño pececillo moviéndose sobre las rocas. ¡Era un pez de aquellos endémicos! Me quedé sorprendido ya que nadie lo contaba allí.



Rhamdiopsis krugi en Pozo Azul. C.M. Aguilar Gómez.
Más tarde busqué información de esos peces y, al menos la comunidad científica sí tenía conocimiento de su presencia, en esa y en algunas cavidades más de los alrededores. Es cierto que te obligan a ducharte antes entrar y creo que no dan énfasis a la presencia del pez porque ello fue el motivo de prohibir el baño en Pozo Encantado y entrarían en contradicción. Pero los peces se ven y no parecen muy afectados, no eran raros, se les veía a poco que prestaras atención. La especie en cuestión es Rhamdiopsis krugi que ha sido descrita “anteayer”en el 2010. El animal tiene la apariencia de un pez gato o siluro enano completamente despigmentado y se alimenta de larvas de insectos y microcrústaceos.

viernes, 10 de abril de 2015

Brasil 8 (2014) Aguas rojas y flora del cerrado

Río cerca de Lençois. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
La Chapada Diamantina, como región, ocupa unos 38000 km2. Solo una pequeña parte corresponde al parque nacional con ese nombre, unos 1500 km2. La población de Lençois es un buen punto de partida para conocer algunos de los parajes más atractivos del parque nacional. Nosotros realizamos recorridos de ida y vuelta desde allí, a pie o en vehículo con conductor, según los lugares que queríamos visitar. Algunos lugares necesitan varios días a pie, como el pintoresco valle del río Pati que no tiene acceso rodado, pero sitios así los tuvimos que dejar para otra ocasión todo lo hicimos yendo y viniendo en el día. Lençois es una población pequeña, unos 1000 habitantes, y en cuanto sales de ella ya estás inmerso en un denso matorral y bosque de cerrado.



Aguas rojas de Ribeirão do Meio. C.M. Aguilar Gómez.
No es necesario irse muy lejos de la población para encontrar lugares de interés, aunque para conocer los más espectaculares del parque has ir en vehículo.  De Lençois salen varios a pie y la mayoría pasan, en un momento u otro, por alguna de las múltiples cascadas de la zona que allí llaman cachoeiras. Los ríos no dejan indiferente a nadie por el color de sus aguas. Son ríos de aguas rojas, de color de té o “aguas negras” como las llamó el naturalista Alfred Wallace al clasificar las aguas tropicales de Sudamérica en el siglo XIX. Es una sensación extraña. Uno asocia ese color a la contaminación o la presencia de óxidos de hierro, pero ni una ni otra es la causa.




Gran Philodendron saxicolum. C.M. Aguilar Gómez.
El color oscuro, rojizo casi negro, lo producen los taninos y otras sustancias de la descomposición de las hojas que van al río. Debido a los ácidos húmicos las aguas de esos ríos son ligeramente ácidas y parece ser que también pobres en vida. Al llevar pocos sólidos en suspensión, pocos minerales inorgánicos disueltos, la producción primaria se ve limitada. Los recorridos nos llevaron a visitar ríos con ese color y cachoeiras como las Ribeirão do Meio, La Primavera, Cachoeirinha y Serrano. Lo que hoy en día son apacibles riberas y cascadas, fueron en otro tiempo lugares de extracción de diamantes. Las fotos históricas muestran una actividad frenética, momentos en los que Lençois tenía unas diez veces más población que hoy en día.



Algunas flores del cerrado. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Otro de los atractivos de la Chapada es su vegetación. Para mí la más interesante fue la de los llamados campos rupestres, donde la roca aflora a la superficie y se dan condiciones muy particulares para una buena diversidad de especie de flora. Por doquier se veían unas aráceas de grande hojas, Philodendron saxicolum, muy apreciadas en terrarios y jardines botánicos por su gran porte. Con estas alternaban bromelias, begonias y cactus. Entre las plantas y arbustos florecidos estaban las rojizas crestas de gallo (Spigelia pulchella), las moradas flores de las Tibouchina sp, las azules flores de la leguminosa Periandra mediterranea o las grandes flores amarillas de Mandevilla hirsuta. Un despliegue de colorido.

jueves, 2 de abril de 2015

Brasil 7 (2014) Lençois y su brillante pasado

Mata atlántica cerca de Salvador. C.M. Aguilar Gómez.
Tras los días de costa nos encaminamos hacia el interior del país pasando por la capital del estado, Salvador de Bahía. El entorno de la ciudad aún está cubierto por un bosque secundario exuberante, con palmeras y árboles de rápido crecimiento como los del género Cecropia. 400 kilómetros al oeste se encuentra Lençois una población que usamos como base para visitar el Parque Nacional de la Chapada Diamantina. Al principio del viaje, a través del autobús, pudimos ver aún un paisaje de verdes pastos, palmeras y restos de mata atlántica atrincherada en los cerros. Pero pronto quedaron atrás esos paisajes y la aridez empezó a tomar presencia.




Inselbergs y paisaje de caatinga. C.M. Aguilar Gómez.
En el interior del nordeste de Brasil aparecen dos ecosistemas semiáridos, la caatinga y cerrado. En el trayecto veíamos, de vez en cuando, afloramientos rocosos conocidos como inselbergs. También extensiones de árboles y arbustos de hoja caduca, cactus (Cereus sp) y suelos rojizos. Al final del trayecto llegamos a la Chapada Diamantina, una zona de mesetas donde alternan hábitats propios de la caatinga, del cerrado e incluso de la mata atlántica. También un hábitat llamado campo rupestre que se da sobre las altas mesetas sedimentarias de la zona. Esos lugares son ricos en especies endémicas de flora y, en cierto modo, me recuerdan a "mundos perdidos" de los de los tepuis venezolanos.



Lençois y su bellas edificaciones. C.M. Aguilar Gómez.
Esa parte de Brasil tiene otros encantos además de los naturales, uno de ellos es su historia reciente. A mediados del siglo XIX la zona de Lençois  fue un lugar de atracción para muchos brasileños al descubrirse los diamantes. La erosión fluvial había sacado, a lo largo de millones de años, las piedras preciosas de las montañas y aparecían en los suelos de los ríos. Fue como una fiebre del oro a la brasileña. Los mineros, los garimpeiros, pronto comenzaron a batear las arenas de los ríos. Pero no solo los ríos, también excavaron los estratos aluviales consolidados haciendo profundos y peligrosos pozos donde no pocas personas acabaron sus días enterradas por los derrumbes.




Casa de "coroneles" en Lençois. C.M. Aguilar Gómez.
La explotación de los diamantes apenas duró dos décadas y a partir de 1870 la actividad entró en decadencia. A comienzos del siglo XX el diamante de aluvión se agotó y comenzó la época de los “coroneles”. Las familias dominantes trataron de subsistir disputándose el poder sobre un territorio que ya no producía las ganancias de décadas anteriores. Los terratenientes, en esa y muchas otras zonas del interior, gobernaron a sangre y fuego. Se dió entonces un bandolerismo singular, los "cangaçeiros" auténticos ejércitos de parias y bandidos que saquearon haciendas hasta 1930. De toda esa historia participó Lençois y sus coroneles.




Diamantes tallados. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
La arquitectura de Lençois es un reflejo de la bonanza de la época del diamante, aunque al agotarse aquel ciclo la población entró en decadencia. Entre 1980 y 1996 la economía de la región comenzó un nuevo ciclo al mecanizarse la extracción de diamantes, pero la actividad fue prohibida con la creación del parque nacional. Hoy vive del turismo. Como ejemplo de esos impactos, uno de los guías nos habló de un río con sedimentos de 7 metros de profundidad, a lo largo de 20 kilómetros, depositados por el lavado en los garimpos en la cuenca. Hoy en día aún hay diamantes en los aluviales, aunque el esfuerzo apenas compensa. Aun así, hay pequeñas cooperativas con concesiones casi artesanales que mantienen aquel oficio.

martes, 24 de marzo de 2015

Brasil 6 (2014) Reserva Natural Sapiranga

Palmeras, bromelias y aráceas. C.M. Aguilar Gómez.
Al oeste de Praia da Forte se encuentra un pequeño enclave natural de mata atlántica, la Reserva de Sapiranga. En realidad no se trata de un bosque primario, tan cerca de la costa es complicado encontrar algún lugar que no haya sido ocupado y transformado por el hombre. Sin embargo es un bosque con muy buen aspecto, el típico de apariencia selvática con palmeras de grandes frondes y bromelias sobre los árboles. Crece sobre un terreno llano y arenoso junto al río Sapiranga y ocupa algo más de 500 hectáreas. En época colonial la zona fue talada para el cultivo de coco y ganadería extensiva, pero hoy se encuentra en regeneración como bosque secundario. Así de agradecido es el ambiente tropical.



Ficus estrangulador. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Hoy en día la conservación de la reserva se complementa con un programa de reforestación en terrenos del entorno, el programa Bosque Sostenible. Cuentan para ello con un vivero y se apoyan en la participación local para que la reserva no quede como una isla forestal aislada. Para visitar la zona hay muchos senderos. A través de ellos te sumerges en su abigarrada y umbría vegetación con multitud de aráceas trepadoras. También son comunes de ver Ficus trepadores, de esos que estrangulan a sus hospedadores. Sin embargo, observar aves es difícil. Algunas, además,  son poco llamativas y complicadas de identificar como los trepatroncos (Dendrocolaptidae) o los hormigueros (Thamnophilidae) que cuentan con especies muy similares.



Aratinga Aratinga aurea. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
En las zonas abiertas del río es posible oír pasar a algunos grupos de ruidosos loros como la aratinga frentidorada (Aratinga aurea), aunque verlas posadas es cuestión de suerte. También puede llamar la atención el colorido de algunas aves comunes como las llamadas “oropéndolas del nuevo mundo”, el naranja y negro del turpial brasileño (Icterus jamacaii) o, el amarillo y negro del turpial boyerito (Icterus cayanensis). En las aguas del río puedes ver garzas comunes como la garceta grande (Egretta alba) o la garcita verdosa (Butorides striatus) y, volando sobre la lámina de agua, el martín gigante neotropical (Megaceryle torquata). No obstante, uno de los atractivos de la visita fue poder ver y fotografiar bien los grupos de tití común (Callithrix jacchus).


Tití común (Callithrix jacchus). C.M. Aguilar Gómez.
Esos pequeños primates, más diminutos de lo que uno imagina, son comunes en muchos lugares. No necesariamente en reservas naturales. En la calle principal de Praia da Forte, entre los turistas, pueden verse a veces grupos numerosos. Sin embargo, parecen ser bastante impredecibles. Un día acuden buscando alimento, pero luego no mantienen rutinas idénticas en días sucesivos. En Praia da Forte, y en otros lugares del viaje después, comprobamos ese carácter desconfiado y nervioso. Se dejan ver bien pero apenas paran quietos. Pululan por el arbolado cual "gremlins" malhumorados comiendo de todo, incluso la sabia que exudan algunos árboles a través de cortes en el tronco.

domingo, 15 de marzo de 2015

Brasil 5 (2014) Las yubartas del Atlántico

Yubarta Megaptera novaeangliae C.M. Aguilar Gómez.
Uno de los atractivos de la Costa de Coqueiros está en el mar. Sus extensos arenales son el lugar de nidificación para varias especies de tortugas marinas. Cuando nosotros estuvimos no eran fechas buenas para tortugas, pero sí para otro acontecimiento del calendario natural costero, la llegada de las ballenas yubartas (Megaptera novaeangliae). Aunque se trata de un cetáceo presente en todos los océanos, hasta hace unas décadas ver yubartas en esta costa era poco menos que imposible. La caza casi llegó a extinguir esta población. En 1987, en las aguas del extremo sur de Bahía, se encontró una pequeña población de yubartas que había aguantado la intensa persecución. 




Embarcados hacia las yurbartas. C.M. Aguilar Gómez.
La prohibición de la caza comercial, y los primeros trabajos de conservación, propiciaron un lenta recuperación de la población.  Se ha estimado que ha crecido a un ritmo anual del 7%. Pronto las yubartas comenzaron a verse también al norte del estado de Bahía donde habían estado presentes históricamente. La información recogida de esta población es bastante rigurosa ya que los censos se realizan con sobrevuelos de avionetas y, desde el 2005, con una periodicidad de tres años, abarcando un amplia área costera. Las estimas de 2008 indicaron una población cercana a los 9000 individuos en las costas brasileñas.




Primeros soplos en el horizonte. C.M. Aguilar Gómez.
Para su estudio existe una institución llamada Instituto Baleia Yubarta con una de sus sedes en Praia da Forte. El Instituto trabaja en investigación, divulgación y conservación. Gracias a su esfuerzo se sabe que estas ballenas vienen a las aguas brasileñas a reproducirse desde sus áreas de alimentación, a unos 4500 kilómetros, situadas en aguas polares en torno a las Islas Georgias del Sur. Allí se alimentan básicamente de krill (Euphasia superba) y durante la reproducción en Brasil viven de las reservas acumuladas en forma de grasa. Pero en aquellas islas operó desde 1904 una estación ballenera. Mientras estuvo en funcionamiento se ha estimado que fueron cazadas más de 27.000 ballenas de diferentes especies.



Dos lomos de yubarta . Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Aquella explotación fue la principal causa del declive de las yubartas brasileñas. Hoy en día la costa de Coqueiros es un buen lugar para salir a ver yubartas. En ella la plataforma continental se estrecha y ello facilita llegar en barco a las zonas que frecuentan. Desde Praia da Forte me embarqué, a través del Instituto Baleia Yubarta, en las salidas que hacen a unas 25 millas de la costa. Todo el proceso interpretativo previo a la visita me pareció excepcional, en contacto directo con algunos de los investigaciones que luego, además, van también en el barco tomando datos. En nuestro caso eran tres “pesquisadoras” biólogas, el nombre brasileño para los investigadores (pesquisa=investigación).



Yubarta calando hacia el fondo. C.M. Aguilar Gómez.
Como en la costa arenosa no hay puerto, ya solo el hecho de montar en la embarcación con el fuerte oleaje fue toda una odisea. Con la ayuda de una zodiac fuimos accediendo en pequeños grupos y encaramándonos como pudimos al barco. El trayecto a la busca de ballenas fue una navegación tremendamente agitada. No pocos echaron sus opíparos desayunos de hotel a pesar de la obligatoriedad de tomar biodramina. Yo, no se cómo, pero libré. A pesar del agitado día tuvimos suerte y, tras un primer contacto con un ejemplar solitario, dimos con un grupo que observamos a placer. Gigantes que llegan a pesar hasta 40 toneladas, todo un espectáculo marino.

domingo, 8 de marzo de 2015

Brasil 4 (2014) Hormigas y termitas

Senda de cortadoras de hojas vacía. C.M. Aguilar Gómez.
En el bosquete que había dentro del alojamiento de Imbassaí, el primero de los días, encontré unos rastros de fauna que llamaron mi atención. Eran pequeñas sendas de paso entre la hojarasca. Tenían un trazado regular, lo cual era algo un poco extraño, incluso pensé en colocar la cámara de fototrampeo en una para averiguar quién hacía aquello. Habría sido inútil. Una de las noches, linterna en mano, descubrí la senda repleta de hormigas. A primera hora de la mañana aún se mantenía aquella actividad, pero con la luz del día cesaba y quedaba vacía hasta la noche. Eran caminos de hormigas cortadoras de hojas. Probablemente del genero Atta que es uno de los dos que agrupan a todas las especies de hormigas cortadoras.




Camino de hormigas con actividad. C.M. Aguilar Gómez.
Las hormigas cortadoras de hojas son animales fascinantes, no solo porque sean animales sociales, como nosotros, sino porque además practican la agricultura. Sí, la agricultura, ese patrimonio cultural que los humanos solemos pensar que solo nosotros hemos desarrollado y, encima, nosotros lo adquirimos hace apenas unos miles de años durante la llamada revolución neolítica. Las hormigas cortadoras de hojas solo están presentes en el Nuevo Mundo y su logro consiste en cultivar hongos, su alimento, en cavidades subterráneas, sus huertos. Esos hongos tienen el aspecto de masas de hifas filiformes parecidas al moho del pan. Pero que nadie se crea que esos hongos surgen allí de forma espontánea, es la reina quien los “siembra”.


Colonia de cortadoras de hojas. C.M. Aguilar Gómez.
Cuando una nueva reina sale de una colonia para crear otra, lleva consigo un rollo de hifas en su cavidad bucal que luego escupe (planta) en el suelo. En la colonia las obreras aportan vegetación fresca a sus huertos todos los días, son esos pedazos de hojas que las vemos transportar y que suelen tener un peso cuatro o cinco veces al de la obrera. Las hojas son masticadas hasta convertirlas en pulpa que aportan al cultivo. El trabajo está repartido entre varias castas de obreras de distintos tamaños con una especialización propia de una cadena de montaje. Hay incluso una casta pequeña que examina los cultivos y extrae las esporas e hifas de especies distintas de moho, el equivalente a quitar “malas hierbas” del cultivo.


Nido esférico de nasutitermes. C.M. Aguilar Gómez.
Una colonia madura puede estar formada por millones de obreras y el consumo vegetal diario puede llegar a ser tan alto como el de una vaca adulta.  Remueven y airean grandes cantidades de suelos tropicales y hacen una gran contribución a la circulación de nutrientes en ellos. Uno de los días en Imbassaí me dio por seguir un camino de hormigas y, al final, dentro del espeso bosque di con la colonia. Una gran superficie de tierra removida con múltiples entradas a sus cámaras subterráneas. Pero estas cortadoras de hojas no son los únicos insectos sociales que pueden sorprender a un naturalista llegado del viejo mundo. Hay unas termitas, que ves por doquier, con una vida social casi igual de sofisticada, son los comejenes.


Caminos de nasutitermes en tronco. C.M. Aguilar Gómez.
Los comejenes son un tipo de termitas que construyen grandes nidos esféricos en lo alto de los árboles. Las obreras se encargan de hacer una pasta, parecida al cartón, con madera masticada y un pegamento fecal. Con ella construyen sus nidos. Pero no solo los nidos, también la extensa red de caminos que salen de los nidos y recorren las ramas y el tronco. Estos túneles comunican los lugares de alimentación con el nido, así nunca quedan expuestas a la desecación o a la predación fuera de su "mundo". Este tipo de termitas pertenece a la familia Nasutitermitinae, los nasutitermes para los amigos, que agrupa unos cuantos géneros con una amplia distribución en la región neotropical.

domingo, 1 de marzo de 2015

Brasil 3 (2014) Imbassaí, algunos “habitantes” cercanos

Tortolitas Columba squammata C.M. Aguilar Gómez.
Estar alojado en un sitio con un entorno natural cuidado permite no tener que ir muy lejos para ver algunas de las especies de fauna más comunes. Los jardines de los alojamientos son buenos lugares para pajarear. El pequeño bosque natural también daba bastante juego, aunque ver aves dentro de una zona forestal siempre es complicado, es más fácil en los ecotonos y zonas semiabiertas como sucedía con las tortolitas escamosas (Columba squammata). En los trópicos amanece pronto, tan pronto que en ningún alojamiento te dan de desayunar hasta un par de horas después de las primeras luces, así que hay tiempo para ir a buscar, prismáticos en mano, algunas de las aves comunes. Y luego aún sobra día para ir a la playa y hacer vida “normal”. 



Cathartes aura y C. burrovianus. C.M. Aguilar Gómez.
Unas de esas aves comunes eran los zopilotes o buitres del nuevo mundo. Se veían volando por todas partes, son carroñeros que comen de todo, atropellos de las carreteras, basuras  y casi cualquier otra cosa que les quede a su alcance. Comprobé que un grupo de ellos dormía en unos árboles de la loma boscosa tras el alojamiento. Madrugando podía verlos posados con la preciosa luz del amanecer y ¡sorpresa! era un dormidero mixto. Allí estaban las tres especies que se ven por la zona,  el aura gallipavo (Cathartes aura), el aura sabanera (Cathartes burrovianus) y el  zopilote negro (Coragyps atratus). Volando no lograba distinguir bien las tres especies, pero posadas y con fotos era otra cosa.



Cuco-ardilla (Piaya cayana). Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Aves comunes de ver eran las tangaras, entre ellas la abundante tangara sayaca (Thraupis sayaca) con su plumaje azul plomizo o el dacnis azul (Dacnis cayana). Otras aves que vi por allí de esa familia eran de plumajes algo más discretos como la tangara encapuchada (Nemosia pileata) o la tangara negra (Tachyphonus rufus). Muchas de aquellas aves acudían a comer los frutos de las palmeras del jardín. En el sotobosque podía ver al zorzal Sabiá (Turdus leucomelas) removiendo ruidosamente la hojarasca. Pero una de las especies que más me gustaba observar era el tímido cuco-ardilla común (Piaya cayana), no venía todas las mañanas pero cuando venía ¡era tan elegante!




Iguana verde (Iguana iguana). C.M. Aguilar Gómez.
Entrando el bosque localicé un jacamará colirrufo (Galbula ruficauda), cuestión de suerte, porque son discretos a más no poder. Se quedan posados sin moverse, y no reparas en ellos hasta que salen volando. En un claro del bosque otra especie confiaba en su inmovilidad para pasar desapercibida, era una iguana verde (Iguana iguana). Su colorido le ayudaba bastante. No había visto nunca una y no me imaginaba ese aguante de quedarse totalmente inmóvil, incluso a menos de un metro, si te aproximas lento. Tan emocionado estaba acercándome y fotografiándola que no reparé en su nueva estrategia de defensa. De repente, me lanzó un latigazo con su larga cola que me pilló desprevenido. Un bicho sorprendente.



Zarigüeya fototrampeo. Fotos: C.M. Aguilar Gómez.
Los días que pasamos en Imbassaí fuimos realizando visitas a distintos lugares de interés, pero yendo y viniendo a dormir al mismo alojamiento. Eso me permitió poder poner la cámara de fototrampeo en el bosque del alojamiento un número de días suficiente para tener alguna posibilidad de éxito. Y lo tuve. El fototrampeo en sitios tropicales no me parece sencillo ya que los olores se pierden rápido por las lluvias diarias y los alimentos enseguida son devorados por las hormigas. Pero esta vez hubo suerte y un par de días acudió una zarigüeya, uno de esos pequeños marsupiales de dieta generalista que son comunes en Sudamérica.

jueves, 19 de febrero de 2015

Brasil 2 (2014) Imbassaí y la Costa de Coqueiros

Costa de Coqueiros, Imbassaí. C.M. Aguilar Gómez.
Buena parte de la costa de Brasil son playas. Arenales infinitos expuestos a la furia del Atlántico con una vegetación exuberante que llega hasta unos metros del agua. Es por ello que el país se conoce como destino de sol y playa, prácticamente toda su costa son playas. Hay pocos puertos naturales y, allí donde ha habido posibilidad de amarres, ha sido el origen de asentamientos. Es el caso de las zonas donde aparecen arrecifes coralinos que defienden la costa y permiten el baño de los turistas. La defensa de la ciudad de Salvador es distinta. La población se encuentra dentro de una descomunal bahía y esa fue su principal baza en los tiempos de la colonia, ser un refugio seguro que protegía a los barcos de la furia oceánica.





Sitio Imbassaí, de Jan Thielen. C.M. Aguilar Gómez.
En el Estado de Bahía hay playas por doquier tanto si te dirijes al norte como al sur de la gran ciudad. Nosotros buscamos la tranquilidad de una población al norte, Imbassaí, en la Costa de Coqueiros llamada así por la abundancia de palmeras de cocos. Hasta esta región llega el ecosistema llamado Mata Atlántica, un bosque tropical lluvioso producto de los frentes húmedos del Atlántico. Al elegir la población nos fiamos del criterio de un holandés asentado en la zona desde hace años, Jan Thielen. Jan trabajó como periodista de radio y televisión y como realizador de documentales de la realidad latinoamericana durante décadas. Residió en distintos países del Sur de América y finalmente encontró su lugar en Imbassaí.



Carpintero Colaptes melanochloros C.M. Aguilar Gómez.
En Imbassaí compró un terreno en unas laderas a varios kilómetros de la playa y creo su alojamiento para turistas, pero también dejó una zona para que la vegetación se regenerara. En esa ladera de su terreno hay hoy un exuberante bosque. Para mí fue algo decisivo para visitar su alojamiento. La mata atlántica es el bosque primario original que debía crecer de forma natural en buena parte de la costa de Brasil.  Es el paisaje exuberante y boscoso que vemos trepando en los “panes de azúcar” al contemplar una imagen de Río de Janeiro. La mata atlántica es un ecosistema muy reducido del que se calcula que no llega al 10% de su superficie original.




Costa y mar, bosque de Jan Thielen C.M. Aguilar Gómez.
La franja costera de Brasil alberga al 70% de los brasileños, y las principales ciudades, de ahí la difícil labor de conservar ese bosque primario. Hoy en día la costa de Coqueiros sigue siendo verde y exuberante, las lluvias lo hacen posible, pero en su mayor parte son cultivos arbóreos y palmerales en fincas que se intercalan entre retazos de vegetación natural. Junto a los suelos arenosos de las playas la vegetación tiene una gran influencia marina, son lo que se conoce como restingas. La población turística más importante, cerca de donde nos alojamos, era Praia da Forte en cuya cercanía se encuentra una de las escasas reservas de mata atlántica de esa zona, la reserva natural de Sapiranga.


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