sábado, 23 de abril de 2011

Perú 16 (2011) Kuélap, una fortaleza entre las nubes

Murallas de Kuélap. C.M. Aguilar Gómez.
Si anteriormente en este blog hice una entrada del viaje al Perú de año pasado titulada “Machu Pichu y los 40 ladrones” , la sensación de estas otras ruinas ha sido diametralmente opuesta. Para empezar diré que Machu Pichu y Kuélap no son comparables, cada una tiene sus encantos así que no es cuestión de tenerse que decidir por una de ellas. En Machu Pichu el entorno es realmente espectacular y la arquitectura inca con su ensamblaje perfecto de sillares atrae a primera vista. Sin embargo ya comenté entonces que lo que se ha montado alrededor con malos servicios, malos guías y encima precios exorbitantes para el país me echó para atrás. Allí el número de visitantes llega a alcanzar casi los 3000 diarios y así no hay calidad posible y sí mucha chapuza. Por el contrario estas ruinas de Kuélap no llaman tanto a primera vista pero para mí son realmente impresionantes. Las visité en una escapada de fin de semana desde La Esperanza a Chachapoyas.



Zona sin excavar con arbolado. C.M. Aguilar Gómez.
Kuélap se sitúa en lo alto de una montaña a 3000 metros de altura y hasta el momento solo se ha excavado un 20% de su superficie. La mezcla de zonas recién consolidadas con otros sectores donde ves como la vegetación arbórea repleta de bromelias aun cubre las ruinas, tiene para mí un encanto especial. Aquí la visita es personalizada, cuando nosotros estuvimos no nos cruzamos en todo el día más que con otro pequeño grupo de unas 5 personas. El nuestro era de aproximadamente el doble y con un guía realmente bueno, de los mejores que he tenido visitando un yacimiento arqueológico. Carlos Chávez, que así se llamaba, había estado participando de algunas de las excavaciones del recinto y todo lo contaba con muy buena base de historia y de lo que la arqueología va descubriendo para la zona. Esta ciudad perteneció a la civilización Chachapoyas que fue luego dominada por los incas y se caracterizó por la construcción de casas circulares, entre los rasgos fácilmente identificables de su arquitectura.



Reconstrucción de una casa. C.M. Aguilar Gómez.
La gran muralla que se ve cuando accedes allí es en realidad una base que apuntala y eleva todo recinto repleto de casas circulares. Para acceder a él había solo unas estrechas entradas que facilitaban su defensa, aunque parece que la ciudad no tuvo tanto una función defensiva, sino como recinto para la élite de esa civilización. La ciudad aparece en las crónicas españolas y fue ocupada en época colonial durante un tiempo, lo que ha facilitado saber más cosas de ella, aunque después fue mandada abandonar, se cerraron sus accesos y se prendió fuego. Tiene más superficie y edificaciones que Machu Pichu y con solo esa mínima parte excavada ya se han encontrado más tipos de cerámicas que en aquel otro lugar. Tampoco es de extrañar ya que el periodo de ocupación fue mucho más dilatado en el tiempo. 




Entrada de la fortificación. C.M. Aguilar Gómez.
Estas estructuras circulares me ayudan a entender mejor las dos que he localizado en sendas localidades cercanas a La Esperanza y que tienen unas dimensiones muy parecidas. Algo que me sorprende son las variadas formas de enterramientos que practicaron, desde osarios en el centro de las casas circulares, hasta pequeñas edificaciones adosadas a las murallas, pasando por nichos realizados en esos mismos muros sacando piedras posteriormente a su construcción. El acceso a la zona fue bastante complicado hasta hace unos años, pero ahora ya se ha construido una pista que tras dos horas de vehículo te deja en un collado desde el que llegas a la puerta principal en unos 20 minutos a pie. Todo el yacimiento está en un proceso de puesta en valor muy reciente, así que en próximos años será mucho más lo que se sabrá y lo que se podrá visitar, incluido un futuro centro de visitantes con muchas de las cosas halladas. Espero que el crecimiento de este lugar aprenda de los errores de la masificación que tiene ahora Machu Pichu, y de momento parece que van por buen camino.

Perú 15 (2011) No todo el monte es orégano


Frutos de un higuerón (Ficus sp.). C.M. Aguilar Gómez.
Identificar especies de árboles en los trópicos me parece bastante complicado ya que, a diferencia de las zonas templadas, aquí no hay una especie dominante por tipo de bosque. Son muchas especies y a primera vista todas te parecen bastante iguales. Además cuando preguntas por los nombres comunes casi que te lían mucho más pues, al igual que ocurre con los animales, dan nombres importados del español a especies que nada tienen que ver con lo que tú conoces. Así, un “romerillo” nada tiene que ver con nuestro romero mediterráneo (Rosmarinum officinalis), ni  un “naranjillo” tampoco es un árbol que produzca cítricos. Quizá por ello presté poca atención al nombre de “higuerones” con que se refería la gente de la zona a un montón de esos árboles grandes y sobresalientes que ves destacando en el dosel arbóreo del bosque.



Saca de árboles maderables. C.M. Aguilar Gómez.
Sin embargo con los higuerones la cosa sí que estaba bien encaminada. Una de las cosas que más sorpresa me causó fue saber que esos árboles de grandes portes eran en realidad del género Ficus. De algunos te lo podías imaginar viendo sus troncos, pues eran del tipo higueras estranguladoras cuyas semillas germinan en las ramas de otro árbol y se descuelga luego hacia el suelo por el tronco del hospedador hasta asfixiarlo con el tiempo. Pero hay otros higuerones cuyos troncos nada tienen que ver con esa forma de vida y son sólidos y recios como cualquier otro árbol y con el aspecto de una Ceiba. Y es que del género Ficus hay una gran variedad de especies en estos ecosistemas, pero lo que no falla para identificarlos es cuando les ves sus frutos. Todos tienen el típico higo que reconocemos de inmediato, aunque para verlos en el propio árbol debieras estar muchas veces a una considerable altura, sino han caído aún al suelo.


Sangre de grado (Croton lechleri) C.M. Aguilar Gómez.
Todos estos árboles no tienen el mismo valor para la gente, aunque a uno le parezcan bastante similares. De los higuerones sacan tablas poco más que para casas y carpintería “menor”. Los que realmente son codiciados son los cedros (Cedrela odorata) y los romerillos (Podocarpus  sp) pues son los que tienen un valor comercial. De los primeros me dicen que ya casi no quedan en la zona de La Esperanza pues son los primeros que sacan de un bosque primario, y los segundos llevan el mismo camino si continua la explotación de la madera al ritmo actual. Muchos bosques que parecen a primera vista bien conservados compruebas dentro que hay restos de pies cortados de esos árboles que han sacado hace ya algún tiempo o que los están sacando ahora en los sitios más accesibles.



Fruto de guaba (Inga sp). C.M. Aguilar Gómez.

A fuerza de fijarme en este tiempo he comenzado a distinguir algunas especies de árboles, no muchas,  y así a las Cecropias, con sus hojas características como las del “setico” (C. cetico) que me aprendí en Juanjui, he ido añadiendo algunas otras. Un árbol bien curioso es el que llaman sangre de grado (Croton lechleri ) que es de la familia de las euforbiáceas y que cuando le pegan un tajo con el machete sale lo que parecen auténticas gotas de sangre. Aquí los suelen respetar cuando tumban  una zona de monte,  pues esa savia que brota la utilizan como cicatrizante natural aplicándola directamente sobre las heridas. Otro grupo de árboles reconocibles son las guabas, el género Inga, de las que hay bastantes tipos. Son leguminosas arbóreas que producen vainas con diferentes formas  en cuyo interior hay semillas recubiertas por una carnosidad muy dulce y sabrosa. 



Sacha inchi (Plukenetia volubilis). C.M. Aguilar Gómez.

En las selvas bajas de Juanjuí había unas guabas con vainas muy características, de más de medio metro, que plantan para dar sombra al cacao y que luego venden en los mercados. En los bosques altos he visto otras guabas más pequeñas que comen los lugareños, los monos cuando tienen ocasión y yo mismo si doy con unas maduras. Ya por último otra planta que me llamó mucho la atención fue el Sacha inchi (Plukenetia volubilis) una trepadora cuyas semillas son las que más contenido de Omega 3 tienen en la naturaleza, eso que ahora le echan a la leche y que tiene mucho un tipo de pescado. La planta es originaria de estos bosques de neblina del Perú y ahora están comenzando a comercializar sus frutos como cultivo alternativo. Es solo un ejemplo más de lo que aún desconocemos en cuanto a propiedades de esta gran reserva de biodiversidad que son las selvas, y que tan rápidamente están destruyéndose.

martes, 19 de abril de 2011

Perú 14 (2011) Mamíferos bajos los focos


Luna llena sobre el bosque. C.M. Aguilar Gómez
Una de las tareas para desarrollar cuando hemos estado en La Esperanza es ir a buscar monos nocturnos andinos, Aotus miconax. Esta especie de primate también es endémica de la zona y puede vivir en hábitat degradados. A 10 minutos a pie de la población hay dos fragmentos de bosque pequeños que albergan un grupo cada uno. En febrero terminaron un estudio bastante intensivo de uno de los grupos así que están algo acostumbrados al trasiego de gente debajo de ellos. Yo he visto ambos grupos en diferentes noches pero son bastante pequeños y están bastante arriba, así que les he tomado malas fotos. Sin embargo hay una forma mejor de verlos bien y es esperarlos cuando salen de los nidos que utilizan durante el día. Del grupo conocido tenían localizados dos nidos de ese tipo, pero los días que estuvimos aguardándolos no salieron de allí así deben tener algún otro más que estaban utilizando en ese momento.


Aotus miconax cabeza abajo. C.M. Aguilar Gómez
Para poder moverte por ese parche forestal de noche han hecho una retícula de senderos identificados con letras y números de forma que sepas siempre en donde estas y donde contactas los bichos. No todas las noches que vas ahí los ves y eso que es bien pequeña el área, pero solo hay un grupo que calculan de 5-6 individuos. La estrategia consiste en permanecer quieto a la escucha con las luces apagadas, y quedarse  ahí hasta oír algo en la bóveda forestal. Al moverse se puede escuchar el ruido de las ramas por donde se desplazan, pero es muy sutil ya que son bichos de muy poco porte. En el periodo que yo estuve visitando ese bosquete,  la idea era recoger excrementos para hacer un estudio de parásitos intestinales. Si ya me parecía difícil encontrar uno de mono choro, encontrar los de este bicho me parece rizar el rizo ya que los suyos tienen el tamaño de un hueso de aceituna. La primera vez que fui allí encontré una plasta de estas recién caída a una hoja, pero fue la suerte del principiante, ya no volví a encontrar ni una más el resto de noches.


Aotus miconax. Foto: Nestor Allgas-NPC
Con las muestras que hasta ahora se han analizado de las dos especies, es curioso que con muy poca cantidad de Aotus miconax, proporcionalmente se han encontrado “muchos” parásitos. Aun no hay muestras suficientes para decir nada, pero la hipótesis sería que los primates que viven en hábitats fragmentados tendrían más parásitos  al tener menos recursos para librarse de ellos, que los que viven en hábitats continuos con más diversidad de plantas que utilizarían como antiparasitarias. Así, aunque parece que la especie puede vivir en parches de bosques degradados, hay otros riesgos como estos que pueden ponerles en desventaja ahí y hacerlos más vulnerables. 
  



Bassaricyon alleni. C.M. Aguilar Gómez.
En estas salidas para la búsqueda de monos nocturnos también hemos dado con dos especies de mamíferos más. Ya comenté que en esta región no están del todo conocidas las distribuciones de algunas especies y es por eso que pueden darse algunas “sorpresas” faunísticas. Ha sido el caso de un prociónido, de la familia de los mapaches y coatís,  que encontramos uno de los días y que no aparece citado en las guías en esta zona. Tampoco Sam lo había identificado hasta ahora, aunque haciendo memoria me dice que sí que ha podido verlo otras veces pero que lo había confundido con una “chosna” Potos flavus, que es lo que nos pareció en un primer momento. Afortunadamente en este encuentro el bicho aguantó bien bajo la luz de las linternas, lo suficiente para tomarle fotos y verle bien los caracteres diagnósticos. Lo principal, parece chosna pero no tiene cola prensil como esa especie, ahí su diferencia. A esta especie le llaman olingo y es del género Bassaricyon,  B. alleni o B. gabbii según autores. Bueno, y el tercero de los bichos que vimos por la noche fue un marsupial relativamente común, Didelphis marsupialis, aunque a este solo llegué a verle el ojo reflejando con la linterna entre el follaje, así que espero tener más suerte más adelante.

domingo, 17 de abril de 2011

Perú 13 (2011) La catarata Gocta

Los dos saltos de Gocta. C.M. Aguilar Gómez.
El paisaje del valle del río Utcubamba, un afluente del río Marañón, cambia un poco de lo que viene siendo el paisaje de la zona de La Esperanza. Al menos en el fondo del valle ya que por aquí se interna, entre los bosques de neblina, otro tipo de hábitat que llaman bosque seco ecuatorial. Este valle se recorre entre las localidades de Pedro Ruiz y Chachapoyas y en él llama la atención la presencia de unos cactus estrechos y altos en el fondo de la garganta. A medio camino de este recorrido se encuentra el acceso a la población de Cocachimba desde donde se inicia la caminata a la cascada Gocta. Por todo el entorno se ven numerosos saltos de agua, dicen que más de veinte pero de ellos este de Gocta es uno de los más espectaculares y el que salva un desnivel de mayor tamaño, algo más de 700 metros en solo dos saltos.


Helecho arborescente. C.M. Aguilar Gómez.
Hasta  hace unos años este salto era conocido solo por los lugareños, nadie había reparado en él hasta que alguien vino y le dio por medirlo. En un principio se presentó como la tercera cascada más grande del mundo, la primera sería el conocido Salto del Ángel y la segunda otra que no recuerdo su nombre en Sudáfrica. Pero en esto de los récords siempre hay controversia y todos se quieren llevar el gato al agua, así que luego salieron con que si esta de aquí en realidad no era una única cascada, sino que estaba formada por dos saltos de agua consecutivos. La verdad es que poco importan esas apreciaciones porque el salto de Gocta es impresionante, eso sí  en dos saltos uno de unos 300 metros y un segundo de 400 metros.




Caudal en época de lluvias. C.M. Aguilar Gómez.
Como estamos en época de lluvias los ríos están a rebosar de agua, así que la cascada va más repleta de agua que nunca. Sin embargo, el precio que hubo que pagar fueron unos cuatro aguaceros intensos en el camino de ida y vuelta y otros tantos “calabobos” entre medio. Desde la localidad de Cocachimba se tarda unas 2-3 horas para ir y parecido tiempo para regresar. Sin embargo nosotros tuvimos que sumarle una hora más de subida hasta la localidad ya que no encontramos vehículo desde el cruce de la carretera principal  hasta allí. El barranco en el que está la cascada es nuevamente bosque de neblina y supuestamente un sitio excepcional para ver varios endemismos de aves de la zona entre ellos un pequeño pícido. Pero con tanta lluvia a penas hubo ocasión para sacar los prismáticos, solo en una ocasión en que paró un poco la lluvia y pudimos tener a un par de gallitos de las rocas bien cerca encima del camino. Después de un par de semanas por estos bosques compruebo que ver esa especie no era tan difícil como imaginé, solo hay que dar con los sitios adecuados y este sendero a Gocta es uno de ellos además con bichos acostumbrados al paso de gente.
 

Caída final, en el círculo nosotros. C.M. Aguilar Gómez.
El último salto de la cascada es tan alto que el agua llega a la base como una amplia cortina de agua que el viento dispersa. Al final del recorrido acabamos calados a una distancia de unos 100-200 del golpe de agua, en parte ya veníamos empapados de la lluvia pero estando allí un rato era el propio salto de agua el que te mojaba directamente. Hasta el hecho de sacar fotos era complicado, ya que el objetivo enseguida se te llenaba de gotitas de agua, así que permanecimos poco rato cerca, además pienso que se disfruta más a cierta distancia cuando se aprecia mejor su altura real. En cualquier caso el sitio es de los que merecen la pena visitar y la larga aproximación a pie recorriendo el barranco le da un encanto especial. Y esta es solo una de las visitas posibles ya que hay otros dos recorridos que se pueden hacer, uno a la parte alta y otro al medio de los dos saltos, aunque para ello hay que acceder desde otras localidades. Para nosotros con esta caminata suficiente.

Perú 12 (2011) El colibrí cola espátula


Con más voluntarios de NPC, Josie, Jessica y Karla.
Algunos de los días libres en La Esperanza hemos aprovechado los voluntarios para hacer algo de turismo por la zona. A unas horas de aquí se encuentra la localidad de Chachapoyas desde donde se visitan un buen número de yacimientos arqueológicos y uno de los mayores saltos de agua de la zona, la catarata Gocta. Como no teníamos más que dos días solo hemos podido visitar este último lugar, pero de camino hemos podido hacer una parada en una finca donde pueden verse un buen número de colibríes, entre ellos el colibrí cola de espátula o colibrí maravilloso (Loddigesia mirabilis). La finca se encuentra en la localidad de Pomacochas y pertenece a una asociación llamada ECOAN (Asociación Ecosistemas Andinos). El motivo de su creación fue favorecer a ese colibrí endémico presente en solo un valle del Perú, el Utcubamba. Sucede además que es uno de los colibríes más espectaculares que existen, así que el atractivo de la especie está garantizado.


Colibrí cola espátula L. mirabilis. C.M. Aguilar Gómez.
La ladera donde se encuentra la reserva se encontraba bastante degradada, así que la han reforestado con numerosas especies de árboles y arbustos autóctonos con flores que atraen a los colibríes. Una especie arbórea que me sorprende ver en estas labores de recuperación es algo que me parece una aliso (Alnus glutinosa), así que le pregunto por ella ya que mucho alimento a los colibríes no creo que dé. Efectivamente,  si parece aliso es que es aliso, me dicen que ellos lo plantan porque es muy útil para la recuperación del lugar ya que mejora la calidad del suelo, lo mismo que se dice en los climas templados debido a fijación del nitrógeno atmosférico que hace en los suelos. Solo han pasado tres años desde que comenzaran a recuperar la ladera y los colibríes no solo acuden aquí a alimentarse, sino que ya tienen criando en la zona un buen número de especies, incluido el cola espátula. 


Desfile en Pomacochas, foto del centro de visitantes.
Con esta especie endémica ocurrió igual que con el restos de bichos de distribución restringida de la región, en su momento fueron descritos pero luego casi olvidados hasta hace relativamente pocos años. En el caso de este colibrí fue descrito en 1835 por Andrew Mattews pero permaneció casi desconocido hasta que en el año 1960 Augusto Rushi adquirió un ejemplar para su aviario en Brasil, donde se tomó la primera fotografía del animal. Ahora esta finca es parada fija para los observadores de aves en ruta por la zona buscando endemismos. También los habitantes de Pomacochas han incorporado la especie a su orgullo local. En la exposición del centro pude ver unas fotos bien curiosas de gente en un desfile disfrazados de colibríes cola espátula, con trajes tan currados que parecían los de las reinas del carnaval de las Islas Canarias.


El diminuto Chaetocercus mulsant. C.M. Aguilar Gómez.
Con la tasa de entrada por la visita de  la reserva, se financia parte del mantenimiento de la finca, así como los estudios que están haciendo de seguimiento de los colibríes. Dentro tienen ubicados los típicos bebederos de agua con azúcar en diferentes ambientes para fijar los ejemplares a unos lugares concretos para poder observarlos. Según nos dicen pueden verse aquí hasta 12 especies de colibríes, yo llegué a identificar bien 8 especies, y digo yo porque la visita a los bebederos la haces con una persona que trabaja allí, que controla bastante y que te va diciendo lo que se ve en cada momento. Pero una cosa es que te lo digan y otra “interiorizarlo” a la velocidad a la que se mueven los colibríes por los bebederos.  




Colibri coruscans. César María Aguilar Gómez.
Identificar colibríes en Perú es una locura, entre coge la guía, busca en las ilustraciones entre las 118 especies distribuidas en 20 páginas, muchas muy similares, míralas los caracteres diagnósticos prismáticos en mano y saca alguna foto, te haces un lío tremendo. En este proceso se te escapan cosas que ves pero que luego no identificas, en mi caso creo que me perdí un par de especies de las que dijo el chico que vimos pero que no fui capaz de “digerir”. De las ocho que sí llegué a ver bien ese día ahí van los nombres, dos colibríes oreja violeta (Colibri coruscans y C. thalassinus), dos colibríes estrellitas (Chaetocercus mulsant, C. bombus), un colibrí vientre blanco (Amazilia chionogaster), un inca bronceado (Coeligena coeligena), el “macarra” colibrí pecho castaño (Boissonneaua matthewsii) que echaba a todos los demás de los bebederos y por último el cola espátula (Loddigesia mirabilis) con sus extravagantes plumas caudales.

lunes, 11 de abril de 2011

Perú 11 (2011) Arqueología selvática


Sima con enterramientos y cerámicas C.M. Aguilar Gómez
Una de las cosas que más me ha sorprendido de esta zona de selvas altas ha sido encontrar restos arqueológicos en un buen número de los sitios que hemos parado. En general en Perú das una patada y encuentras un yacimiento, ya que ha habido muchas culturas precolombinas no solo los incas como suele pensarse. Sin embargo, de ahí a que yo mismo los fuera a encontrar ahí ocultos entre la vegetación selvática ha sido realmente alucinante. Las montañas que estamos recorriendo tienen una zona que es pura caliza con un desarrollo kárstico impresionante, pero todo recubierto de exuberante vegetación. Como nos ha llovido a diario nos hemos visto obligado muchas veces a guarecernos de la lluvia en abrigos de roca y en cuevas hasta que pasaran los aguaceros. En esos ratos me he puesto a buscar por ahí a ver que podía encontrar y también hablando con los guías me han indicado otros sitios en los que ellos han encontrado restos.

 
Boca de vasija. Foto: César María Aguilar Gómez
Hasta ahora he encontrado restos arqueológicos en casi todos los abrigos o cuevas de caliza que he revisado un poco por encima. En todos ellos se encuentran fragmentos de ollas de un barro cocido de color negro de diferentes tamaños, también otras ollas de un barro amarillento o rojizo, algunas con una cenefa de dedos impresos. Son cerámicas hechas sin torno y muy básicas. Ronald me comenta de una vasija entera que encontró su padre en una cueva y que medía más de medio metro con la base curvada. Solo una pieza parecía más elaborada, fragmentos de un plato con una pintura en su interior. Todo esto lo hemos hallado superficialmente sin apenas remover estratos, así que ni idea de qué más puede encontrarse ahí, ni a qué época puede corresponder. Actualmente hay culturas nativas a uno o dos días a pie desde aquí, son los awajún o aguarunas y pertenecen al tronco etnolingüístico de los jíbaros que se extienden mayormente por Ecuador. El otro día vi llegar a dos de ellos a La Esperanza, pero que nadie se los imagine con plumas ni cosas así, lo que si me llamó la atención son sus facciones más estilizadas que la gente de aquí. Esas comunidades han tenido hasta hace unas décadas tecnologías propias del Neolítico, aunque no ahora. Por otra parte esta zona ha sido parte de la influencia de la civilización chachapoyas que resistió duramente la invasión inca.


Cerámicas halladas. Foto: C.M. Aguilar Gómez
Junto a estas cerámicas siempre hemos encontrado enterramientos con restos humanos, unas veces han sido pequeños fragmentos que los arrastres de agua han sacado de su sitio, como vértebras o falanges. Otras veces, sin embargo, los restos humanos los hemos hallamos en enterramientos bajo acúmulos de piedra o ya exhumados previamente por alguien que ha venido buscando piezas de valor. Preguntando a la gente de por aquí, todos nos hablan de que son muy frecuentes los huesos y las calaveras en estas cuevas, así como los restos de cerámicas pero nunca han encontrado mucho más. Me dicen que los restos humanos exhumados lo fueron por gentes de la zona. Aun así, aquí tienen bastante miedo a esa actividad, incluso a entrar a las cuevas pues dicen que la gente enferma después. 


Piedra para moler con mortero. Foto: C. Aguilar
Uno de los guías que llevamos conoce cuevas a las que no ha entrado nunca por ese temor, dice que se contrae una enfermedad que se enquista en los pulmones. No sé cuanto puede haber de cierto en ello, pero parece más propio de supersticiones que de otra cosa. Así, es que estos días me ha enseñado muchas cuevas y sitios a los que no había entrado hasta ahora y lo ha hecho conmigo por primera vez. A parte de los restos cerámicos y humanos, he hallado en la zona también piedras para molienda con mortero que aquí recoge la gente de las chacras y las llevan a sus casas de campo como abrevaderos. Ellos dicen que son de los incas y que las encuentran en las cuevas. El último tipo resto que me han enseñado ha sido un círculo de piedras de mediano tamaño de 7-8 metros de diámetro situado en un pequeño resalte del terreno. 


Sacando el círculo de piedras. C.M. Aguilar Gómez
El círculo de piedras se encuentra en una zona desbrozada para pastos, y aunque ahora se ve mal porque le ha crecido hierba encima, lo vieron claro cuando limpiaron la zona de vegetación. Para verlo mejor hemos limpiado un lado de hierba y realmente parece un cerramiento hecho con piedras superpuestas como si hubiera sido un pequeño murete de mampostería que se encuentra ahora desmoronado. Días más tardé encontré cerca de La Esperanza unos bancales de piedra y otro círculo de piedras de igual tamaño correspondiente a la base de una casa como las que luego he vistos en Kuelap, las ruinas chachapoyas más importantes de la zona. Allí me dijeron que las construcciones circulares en la zona son características de los chachapoyas pues los incas que llegaron después construían con formas cuadrangulares. Todos estos hallazgos los he fotografiado, georreferenciado y documentado someramente y estoy tratando de darlos a conocer pues creo que si esta zona está poco prospectada para fauna y flora, otro tanto deberá pasar con los restos arqueológicos. Aquí le dan poca importancia a esto ya que no son restos espectaculares como los que se han encontrado a montones en otros sitios cercanos del distrito de Amazonas, como momias, fortificaciones o necrópolis de las que hay bastantes en la cercana zona localidad de Chachapoyas, en el río Utcubamba.

Perú 10 (2011) Otros habitantes del bosque nublado

Huellas sin identificar ¿mustélido?. C.M. Aguilar Gómez
La zona que estamos andando es territorio del oso de anteojos (Tremarctos ornatos), el único úrsido presente en Sudamérica. Verlo es poco menos que imposible a no ser que tengas un golpe de suerte, aunque ver sus huellas parece posible. Cuando pregunté a uno de los guías por el bicho me dijo que sí, que la última vez que estuvieron en el bosque con unos voluntarios vieron sus huellas. A partir de ahí cogí una “torticulis” en el cuello de la que creo que tardaré en recuperarme, ya que no paraba de mirar al suelo buscando huellas en el barro arcilloso de las quebradas. Pero en lo que no caí es que hasta ver huellas es difícil aquí, ya que como llueve todos los días se borran a diario. Eso sí, por la misma razón aquello que encuentras es siempre bastante reciente. Los caminos que recorrimos estaban llenos de huellas de las vacas que pastan en los claros abiertos en el bosque y de los mulos que utilizan para desplazar las cargas.


Añuje Dasyprocta fuliginosa Foto: C. M. Aguilar Gómez
Solo encontré unas pocas huellas de animales salvajes, unas dicen que son de “perdices”, aunque mirando creo que se tratan de los tres dedos que marcan los armadillos (Dasypus sp.), otras de venado pero de los que hay varias especies, otras de un roedor muy frecuente, el añuje (Dasyprocta fuliginosa) y unas últimas que parecen como de mustélido. Ya pensaba yo que no iba a ver ninguno otro mamífero que no fueran primates, cuando el último día de la primera vez que estuvimos en el bosque vimos uno de estos añujes bien cerquita. Son de naturaleza desconfiada, ya que son una pieza codiciada como “carne de monte” pero al que vimos le pudo más descubrir donde tirábamos las sobras de la comida como arroz o pasta. Allí estaba comiendo de gorra detrás de nuestro campamento. En esa ocasión tuve suerte, al menos más que con la cámara de fototrampeo que aún no ha capturado ningún bicho.


Serpiente sin identificar. Foto: C.M. Aguilar Gómez
Bueno, y por fin dimos en estos bosques con algunos anfibios y reptiles. De los primeros fue una ranita de la familia de las Hyla que encontramos en una fuente donde cogíamos agua por la noche. En cuanto a reptiles, fue una serpiente con pinta “selvática” verde y amarilla. Pero no fue dentro del bosque como podía pensar antes de visitar las selvas, sino desplazándose por los prados abiertos para la ganadería. Si era venenosa o no, no pareció importar a uno de los guías para cogerla y es que con la ayuda del canto del machete pudo bloquear bien el giro de su cabeza para cogerla viva sin riesgo. La bicha era del tamaño y morfología de una culebra bastarda (Malpolon monspessulanus) nuestra, pero más “exótica”. Al rato de andar con ella, ya se dejaba hacer todo tipo de fotos hasta que volvió a activarse y fue cuando la dejamos marcharse para nosotros seguir a lo nuestro que era buscar monos choros de cola amarilla.


Megascops ingens. Foto: César María Aguilar Gómez
Por la noche vimos un autillo muy parecido al que vimos en Pucunucho que se dejaba oír constantemente. La especie es del mismo género, Megascops ingens, e igual que con aquella es fácil de que se acerque con un reclamo, el problema es que no lo habíamos traído. Sin embargo Ronald lo imitó tan bien que enseguida lo tuvimos a tiro de foto igualito de cerca que la otra especie. Yo intenté imitar el reclamo algún que otro día, pero aunque al cabo de un rato venía, no llegaba a verlo cuando se acercaba supongo que no lo hacía tan bien. Pero la estrella de la noche aquí es sin lugar a dudas la que llaman lechuciza bigotona, Xenoglaux loweryi, un endemismo muy escaso que no fue descrita hasta 1974 y cuya distribución mundial abarca solo unas pocas localidades en esta zona por lo que es muy buscada por los ornitólogos. Es muy tímida, y a nosotros después de una hora con el reclamo en un sitio donde siempre la ven nos contestó solo un par de veces sin llegar a verla. En realidad nos delató un “bicho” nocturno del que solo llegamos a ver sus ojos, pero que creo que era un procyonido, Potos flavus, pues paso como un mono por el ramaje encima nuestro y comenzó a emitir gritos de alarma durante mucho rato algo que parece típico de esa especie. Con es plan ya no hubo manera de que la lechucita se confiara a venir.

miércoles, 6 de abril de 2011

Perú 9 (2011) Algunas aves del bosque nublado

Quetzal Pharomachrus auriceps  C.M. Aguilar Gómez.
Estas selvas altas son mucho más amables de andar que las que recorrimos en Juanjuí. Aunque los desniveles son fuertes y en esta época la lluvia es frecuente, hay dos detalles que hacen soportables estos inconvenientes. El primero es que apenas hay mosquitos y el segundo es que la temperatura es agradable, aquí ya no te pegas las sudadas que nos dimos en Pucunucho. Tampoco se ven tantas hormigas y no recuerdo haber visto en estos días ninguna Isula por ejemplo. En este sentido el medio es más “habitable” y saludable. Para aves la zona es además muy interesante pues hay muchas especies con distribuciones muy restringidas a este tipo de bosques y mucho endemismo. El medio es difícil para verlas pero las caminatas por distintos sectores con paradas cada poco para hacer escuchas a los monos, favorece dar con distintas especies.


Todi Poecilotriccus luluae. Foto: C.M. Aguilar Gómez
Aquí hemos podido ver una especie de quetzal rojo y verde muy llamativo, Pharomachrus auriceps, que oíamos a diario y que los guías reconocían con el nombre de “pilco” o "quien-quien", aunque no siempre lo veíamos. Otro de los endemismo de la zona que la gente viene a buscar es un colorido todi, Poecilotriccus luluae, con una distribución muy restringida. Pero para mí, la estrella del lugar han sido los gallitos de roca (Rupicola peruviana). En la primera visita al lugar de los monos, la primera tarde según nos instalamos en la casa donde nos íbamos a quedar uno de los guías, Ronald, nos dijo que conocía un lek de gallitos cerca de la casa, así que los ibamos a tener a tiro fijo. Esta especie la vi fugazmente desde el remolque de una camioneta el año pasado camino a Puerto Bermúdez, pero me quedó la espinita clavada de verla en condiciones. Esta vez me resarcí con creces, en la zona lek había varios machos peleándose y una hembra toda discreta andando de rama en rama.


Gallito de roca Rupicola peruviana. C.M. Aguilar Gómez
Los machos son bastante ruidosos, aquí les llaman “chanchitos” porque dicen que hacen unos reclamos que parecen los gruñidos de un chancho, que es como llaman a los cerdos. Los gallitos haciendo honor a su nombre son unos bichos son bastante “altivos” y aguantan más de lo que imaginaba en el árbol mientras te acercas. Se quedan ahí asomándose hacia abajo para mirarte como con cara de estar diciéndote “tío pero que pintas tu ahí”. Otros días volvimos a ver gallitos en otras zonas, pero lo que más vimos fueron sus nidos. Son unas tazas grandes con materiales muy bastos que colocan en la entrada de las simas o cuevas, de las que aquí hay tantas. De ahí es que les viene el nombre de gallitos de roca. De otras aves, la zona es muy buena para ver varias especies de tangaras, que para mí son unas de las aves más agradecidas, no porque se dejen ver bien sino porque son tremendamente coloridas y llamativas.


Urraca inca Cyanocorax yncas. C.M. Aguilar Gómez
Los patrones de coloración de las tangaras son muy distintos de unas especies a otras, así que basta con que les eches un vistazo rápido con los prismáticos y con un poco de memoria visual las encuentras enseguida en la guía. Esto es algo que no pasa con todos los grupos de aves, así que cuando se combina belleza con facilidad de identificación es algo que se agradece. Algunas de las tangaras que identifiqué de paso en los recorridos para buscar a los monos choros fueron, Tangara xanthocephala y Tangara negroviridis. Lo mismo pasa con la urraca inca (Cyanocorax yncas) para mí el córvido más bonito que haya visto nunca, dicho en bajito sin que me oiga y se moleste el precioso arrendajo (Garrulus glandarius) de nuestros bosques templados.



Pava Aburria aburri. Foto: César María Aguilar Gómez
Las aves y mamíferos de selva de cierto tamaño son ciertamente codiciados por la gente de las chacras. Es por ello que son bastante tímidos y si hay algunos pobladores cerca aficionados a la escopeta son difíciles de ver. Quizá por eso me hizo especial ilusión ver y fotografiar una gran pava negra con el pico azul, Aburria aburri, que de haberla encontrado otra persona podría haber sido un suculento bocado. La oímos cantar muchas veces y cuando esto sucedía nuestros guías decían muy elocuentemente “esa pava se está regalando” dando a entender como las cazan por aquí acechándolas mientras cantan. Así que por esta vez tuvo suerte.

domingo, 3 de abril de 2011

Perú 8 (2011) El mono choro de cola amarilla

Selvas a varias h. de La Esperanza. C.M. Aguilar Gómez.
En 1802, Alexander von Humboldt encontró cerca de la localidad peruana de Chiclayo la piel de un primate desconocido para la ciencia y lo llamó mono coliamarillo. La especie no volvió a reaparecer hasta 1925-26 pero nuevamente eran ejemplares muertos. No fue hasta 1974 que fueron encontrados vivos monos choro de cola amarilla (Oreonax flavicauda). Los pocos conocimientos de la biología de la especie y la rápida desaparición del hábitat que ocupa este endemismo de las selvas altas de norte del Perú, motivaron la creación de NPC que ha tomado al primate como especie bandera para trabajar en la zona. El bosque al que nos desplazamos para ver a estos monos está a tres horas a pie de La Esperanza en unas selvas altas medio conservadas aún, pero con presencia humana creciente. Es por ello que podemos ver algunas chacras y desmontes para ganadería entre extensas superficies forestales. He partido para allí un par de veces, una fue para 5 días y otra para 4 con guías de la zona y otros voluntarios que están por aquí, Jessica y Karla, veterinaria y bióloga peruanas respectivamente. Para llevar las cargas nos han acompañado uno o dos mulos.



 Oreonax flavicauda Hembra y cría C.M. Aguilar Gómez
Para quedarnos hemos usamos una casa de tablas en una chacra de ganadería, bastante más confortable de la que usamos en Pucunucho. Desde ese campamento base hemos recorrido esos bosques buscando alguno de los grupos de monos que conocen de otras ocasiones. La especie parece incapaz de adaptarse a bosques muy transformados como los monos tocones, así que sus poblaciones son muy vulnerables ante la humanización de la zona. Es por ello que actualmente ha sido incluido entre los 25 primates más amenazados del mundo. No existen demasiados trabajos con los monos choro de cola amarilla, así que parte de los datos que recogemos siguen siendo de ecología básica para cualquier especie: población, alimentación, etc. En nuestro caso esos días hemos recogido datos de composición de los grupos, de frutos que están consumiendo, así como excrementos para un estudio de parásitos internos que va a hacer la veterinaria.


 Oreonax flavicauda Macho. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Encontrar los ejemplares no ha sido tan fácil como imaginé en un principio, ni como lo fue con los monos tocones de Pucunucho que están en mayor densidad. Hay que recorrer mucha selva alta por laderas con grandes pendientes hasta lograr oír alguna de las vocalizaciones que emite el grupo. El problema es que algunos días ha llovido mucho y en esos momentos se oye mal, los grupos dejan de desplazarse y paran la actividad, con lo que se reducen las posibilidades de contactarlos. Así que al más mínimo indicio de una vocalización hay que dirigirse rápidamente hacia allí y tener suerte porque no son demasiado ruidosos y algo recelosos ya que es una especie cazada por su carne y las crías para mascotas. La primera vez no fue hasta el tercer día que encontramos un grupo de monos, aunque eso sí uno bastante numeroso, de 15 ejemplares. En este grupo había varios machos, hembras con crías que portan a la espalda y juveniles.


Oreonax flavicauda colgado. C.M. Aguilar Gómez.
Estos monos se mueven muy altos en las copas de los árboles, que aquí ya tienen cierta altura, así que hay que ir muy atentos para no perderlos de vista. El día que conseguimos encontrar al grupo estuvimos siguiéndolo durante largo rato en su desplazamiento. Si bien en un primer momento se mostraron recelosos, al cabo un tiempo era una cierta indiferencia la que tenían hacia nosotros aunque siempre vigilantes. Para desplazarnos cuando estamos buscándolos utilizamos una serie de senderos marcados que se han desbrozado previamente de forma somera para acceder mejor a los distintos sectores. Sin embargo, cuando ya los hemos localizado hay que seguirlos machete en mano allí por donde vayan. La verdad es que con tanto esfuerzo para verlos, las observaciones se disfrutan mucho más porque sabes que lo que estas viendo es algo excepcional y nada sencillo de ver, esperemos que aún sea posible verlos aquí por muchos años.

sábado, 2 de abril de 2011

Perú 7 (2011) Los bosques de La Esperanza


Entorno de La Esperanza. Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Tras un tiempo en Juanjuí y centrando el trabajo sobre la pequeña área de Pucunucho, por fin he llegado al sitio donde está ubicada la asociación NPC. La localidad se llama La Esperanza y está ya en el departamento de Amazonas. Para llegar allí he pasado por la localidad de Rioja que es el centro administrativo del distrito de San Martín donde he estado durante este tiempo de atrás. Al ver el cartel de “Bienvenidos a Rioja” buenas ganas me han dado de parar y sacarme una foto pero íbamos en una furgoneta con más gente y no era cuestión. Los carnavales que han sido estos días me dicen que tienen mucha fama y que duran más de una semana pasándose el testigo del cachondeo por los diferentes barrios. Lástima que no dé tiempo a todo lo que uno quiere, porque habría estado bien disfrutarlos con estos riojanos. Después de pasar Rioja el paisaje se vuelve montañoso y entramos en los bosques nublados del Parque Nacional del Alto Mayo una muestra de las selvas altas mejor conservadas de la zona.



Saca de madera. Foto: César María Aguilar Gómez.
El entorno de La Esperanza es un hábitat ocupado por pequeños centros poblados, con no muchos años de existencia, que han modificado el paisaje circundante. Los bosques han sido talados para pastos y cultivos pero si te alejas un poco vas viendo cada vez más extensiones boscosas continuas. Sin embargo aquí no hay ninguna figura de protección como el Alto Mayo,  por lo que la deforestación avanza rápidamente. En revertir este proceso, ralentizarlo o proponer alternativas está la asociación que lleva afincada ya cuatro años en la localidad. La zona está en torno a los 1500 metros de altitud y por ello ya hay que ponerse una chaqueta por la noche, lo que se agradece después de los calurosos días de Juanjuí. La pega es que, como es un bosque de neblina y estamos en época de lluvias, normalmente llueve un poco casi todos los días y algunos días mucho.



Bromelias. Foto: César María Aguilar Gómez.
Salvo la carretera principal, en la que se ubica la población, a la mayoría de sitios hay que ir a pie por caminos enfangados que suben, bajan, suben, bajan y vuelven a subir. Los mulos son un medio de transporte muy utilizado para moverse, y así los caminos se convierten en auténticas piscinas de barro con sus pisadas, siendo a veces muy incómodos de recorrer. El suelo es calizo y la tierra arcillosa y entre la vegetación muchas veces afloran pequeños escarpes rocosos formados por el tremendo karst que se desarrolla con tanta lluvia. En el primer paseo que me di por los alrededores me quedé sorprendido con la mezcla de especies de flora que hay. Debido a la humedad los árboles tienen multitud de plantas epífitas sobre sus ramas. Entre ellas están las bromelias, muchas de ellas con unas inflorescencias rojizas en espigas, y también las orquídeas de las que en la región hay una gran variedad, pero ahora no hay casi ninguna de ellas florecida. 



Zarzamoras (Rubus sp.). Foto: C.M. Aguilar Gómez.
Junto con estas plantas exóticas, entre las que también hay helechos arborescentes y bambú, me voy topando en las zonas desmontadas para la ganadería con unas incómodas plantas arbustivas que se enganchan continuamente a la ropa con sus espinas. Cuando al final doy con una que tiene flores y frutos, la sorpresa no puede ser mayor, son ¡zarzamoras! bueno no la misma especie sino otra del género Rubus pero también con ramilletes de moras, aunque después de probarlas veo que con menos sabor. Otra de las plantas familiares para mí y que tiene frutos ahora son las fresas silvestres, imagino que otra especie del género Fragaria, pero fresa al fin y al cabo, pero nuevamente bastante sosas nada que ver con las de la Península. La verdad es que no me había imaginado estos géneros de plantas compartiendo el hábitat con las bromelias y orquídeas de las selvas altas, así que sorpresa tras sorpresa en esta primera aproximación a la zona.


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