sábado, 30 de abril de 2022

Mundo perdido

Entro en el valle y me encuentro con las nubes encalladas en las panzas de roca gris. Su textura algodonosa engulle la ladera arbolada de la montaña. Sin necesidad de mucho esfuerzo podría imaginar que estoy en un bosque de neblina tropical y que allí arriba hay un Mundo Perdido por descubrir.

Los jirones de nubes abrazan y besan con miles de gotitas a las encinas que crecen sobre el conglomerado calizo. Sus hojas duras y estoicas aguantan estos cariños de mala gana y lagrimean los afectos dejando que el agua alcance el fondo de valle.

Abajo, fresnos, cerezos y maguillos despiertan a la primavera y sus hojas recién estrenadas se dejan querer por la humedad. Sin las duras ceras que cubrirán sus tejidos cuando terminen de crecer, ahora tienen la textura del papel-cebolla y la consistencia de una fina tela: listas para dejarse acariciar.

Lleva días lloviendo y hasta el más mínimo regato merece una parada de contemplación. No tenía idea de sacar hoy la cámara y, sin embargo, pruebo a captar detalles a pulso, sin la ayuda de un trípode que tanta falta me haría. Lo intento. Puede que logre reflejar algo del ambiente.

Las condiciones no son las mejores: luz escasa, fina lluvia y mi pulso no apto para robar panderetas. Mientras dirijo el objetivo a uno y otro lado, un petirrojo me contempla desde los dos granos de pimienta negra que tiene por ojos. «Sí, ya sé, me están saliendo movidas, ―le hago saber “telepáticamente”―, pero ¡qué le voy a hacer!» Ajeno a mi confesión me abandona de un saltito a la primera de cambio. Persevero y elijo encuadres. Aquí el resultado de esta sesión de fotografía "al asalto".

 

Conglomerados del valle del río Pedroso (Cuenca del Najerilla, La Rioja). Encinar en la ladera y bosque mixto-hayedo en el fondo de valle. Foto: César María Aguilar Gómez.

Musgos y brotes nuevos de nogal (Juglans regia). Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Líquenes sobre rama muerta. Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Brotes nuevos de haya (Fagus sylvatica). Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Torrentera. Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Brotes nuevos de nogal (Juglans regia). Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Floración de cerezo silvestre (Prunus avium). Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Hojas nuevas y flores de arce campestre (Acer campestre). Pedroso (La Rioja). Foto: César María Aguilar Gómez.

Hojas nuevas y flores de fresno de hoja ancha (Fraxinus excelsior). Foto: César María Aguilar Gómez.


sábado, 19 de febrero de 2022

Lecturas 2021

El pasado año comenzó por La Rioja con un periodo de restricciones sociales: sin bares, comercio, salidas del municipio, actividad cultural o reuniones con amigos. Pero con libros. De aquellas primeras lecturas ya dejé algunas reseñas por el blog. La inercia del comienzo de año continuó y vi pasar historias de superación admirables como la de Felice Benuzzi en “Evasión en el monte Kenia”, vidas como las de Nina Simone, Harpo Marx o Félix Rodríguez de la Fuente o ensayos sobre migraciones animales, osos, lobos, flora exótica, saber indígena, historia americana, nuestra civilización basura, o la ficción ácrata y provocadora de Edward Abbey en su clásico "La banda de la tenaza".

De lo leído este año, dos sorpresas, dos perlas, dos recomendaciones: “El río” de Ana María Matute con sus crudos recuerdos de Mansilla de la Sierra (La Rioja) en los años anteriores al embalse que cubrió de agua el pueblo, con una capacidad de observación y descripción que me ha recordado a la mirada de Miguel Delibes sobre el mundo rural; y “Los gansos de las nieves” el viaje del escritor William Fiennes por Estados Unidos siguiendo la migración de estas aves hacia el Ártico. Acostumbrado a leer a naturalistas y afines a la ciencia metidos a escritores, lo de Fiennes es justo el camino inverso, de la mejor literatura de viaje para mi gusto.

Salud y lectura.

-Bichos y demás parientes. Gerald Durrell.
-El loro en el limonero. Chris Stewart.
-Un año en los bosques. Sue Hubbell.
-¡Harpo habla! Harpo Marx.
-Un tiempo más salvaje. Apuntes desde los confines de los hielos y los siglos.Willian E. Glassley.
-Basura. Ensayo sobre la civilización del desecho. Óscar Calavia.
-El jardín de los dioses. Gerald Durrell.
-La banda de la tenaza. Edward Abbey.

 

 

-Evasión en el monte Kenia. Felice Benuzzi.
-Matumbo. Una crónica de las entrañas de Kenia. Javier Triana.
-Víctima de mi hechizo. Memorias de Nina Simone. Eunice K. Waymon.
-Cuando Colón llegó a Japón. Una historia torcida del descubrimiento. Javier Traité.
-Darwin viene a la ciudad. La evolución de las especies urbanas. Menno Schilthuizen.
-La conquista de América contada para escépticos. Juan Eslava Galán.
-Félix, un hombre en la tierra. Odile Rodríguez de la Fuente.
-El Oso. Historia de un rey destronado. Michel Pastoureau.

 

-Una trenza de hierba sagrada. Saber indígena, conocimiento científico y las enseñanzas de las plantas. Robin Wall Kimmerer.
-Especies vagabundas: ¿una amenaza? Gilles Clément, Francis Hallé, François Letourneux.
-Las leyes del Serengeti. cómo funciona la vida y por qué es importante saberlo. Sean Carroll.
-El río. Ana María Matute.
-Sin fronteras. Las extraordinarias historias de los animales migratorios. Francesca Buoninconti.
-La sabiduria de los lobos. Cómo piensan, cómo se comunican, cómo se cuidan entre sí. Elli H. Radinger.
-El lobo. Biología costumbres, mitología, cohabitación, protección. Jean-Marc Landry.
-Los gansos de las nieves. Mi viaje migratorio al gran norte. William Fiennes.

martes, 1 de febrero de 2022

Las leyes del Serengeti (libro)

El biólogo Sean B. Carroll explora en este libro las sorprendentes analogías que existen en la lógica que regula la vida en sus diferentes niveles, desde la fisiología de las células hasta las grandes poblaciones de animales. El libro comienza con un viaje en familia, como excusa, al parque nacional del Serengeti (Tanzania) donde se pregunta cómo se regula este ecosistema en particular. Si inicia ahí el argumento es porque el Serengeti cuenta con todos los componentes de una megafauna original que se ha perdido en muchos espacios naturales del planeta donde las comunidades biológicas están empobrecidas.

Para aquellos que busquen en esos primeros capítulos las respuestas a las preguntas del Serengeti, hay que decir que Carroll los tendrá despistados durante la primera parte del libro. En un primer momento aborda cómo se fue descubriendo la regulación en otros campos de la vida, como la fisiología del cuerpo humano, pero lo hace de forma llevadera, siguiendo la trayectoria y los descubrimientos de varios pioneros científicos del siglo XX.

Al poco, intercala este hilo con la historia de los primeros ecólogos que trataron de responder preguntas con una lógica muy similar, pero a otra escala: la de los ecosistemas ¿Cómo se establecen los equilibrios en las poblacionales de animales?, ¿son igual de importantes todas las especies? Hasta que, a mediados del libro, Carroll vuelve al parque nacional africano y se explaya sobre las investigaciones pioneras en él. De ellas extrae las que llama Leyes del Serengueti que condensan las ideas más relevantes que operan en la regulación de las poblaciones animales. Y no solo en el Serengeti sino en cualquier ecosistema. Un enfoque quizás rebuscado en un principio, pero interesante si haces el recorrido que te propone el autor.

A nivel personal parece que últimamente mis lecturas son la extensión de viajes que aún tengo frescos y que no quiero dar por terminados. En este caso un viaje a Kenia en agosto de 2021 por diferentes regiones del país en el que visité el Masai Mara: el ecosistema de sabanas en el que se centra el libro pero en el país vecino.

Así, mientras leía sobre la migración de los ñus, la depredación de grandes carnívoros o los efectos en cascada de la peste bovina, a mi cabeza venían las imágenes del verano. Con algunas de esas fotos acompaño la reseña de este original y recomendable libro.


Cada año, más de un millón de ñús (Connochaetes taurinus) migran a través de las sabanas del Serengeti-Mara, entre Tanzania y Kenia buscando pastos estacionales. A pesar de los más de 4.000 ejemplares de promedio que mueren al año cruzando el río Mara, la migración es una estrategia que les permite sortear la regulación “desde abajo”, la del alimento. P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

La migración de las presas disminuye, también, la vulnerabilidad de muchos animales a la actividad depredadora (a la regulación “desde arriba”) como la de estos leones (Panthera leo). P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

Una escena poco habitual entre un secretario (Sagittarius serpentarius) y un par de buitres torgo (Torgos tracheliotos) que, teóricamente, no tienen nada por lo que confrontarse. P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

Un guepardo (Acinonyx jubatus) ha logrado dar caza a una cría de gacela de Thomsom (Eudorcas thomsonii), una contribución a regular la población de este ungulado tan abundante. P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

Los pastizales de la sabana son el ambiente del sisón ventrinegro (Lissotis melanogaster) cuyo plumaje del dorso desdibuja su figura entre el dorado herbazal de tallos secos. P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

Dos especies del importante gremio de los carroñeros alados: buitre torgo (Torgos tracheliotos) y buitre dorsiblanco (Gyps africanus). P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.


También las cebras (Equus quagga) migran en las sabanas del Serengeti-Mara. Aunque todos los ejemplares parezcan iguales, cada uno tiene un patrón de líneas característico. P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

La sabana proporciona las semillas de las que se alimenta la ganga gorjigualda (Pterocles gutturalis) que se ve favorecida por los incendios estacionales que abren pastos ralos. P.N. Masai Mara. Kenia. Agosto 2021. Foto: César María Aguilar Gómez.

jueves, 13 de enero de 2022

¿Qué pasa contigo, río? El Ebro en Logroño, crecidas y gente con fe

Hará estos días un mes que el río Ebro creció y creció como, dicen, hacía muchos años que no veíamos ¿Años?, bueno, la memoria es frágil y según la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) la última crecida “extraordinaria” fue en 2015. Y eso, para un río, es casi anteayer.

Crecidas ordinarias las hay todos los años, es lo que tiene vivir junto al río más caudaloso de España. El caso es que el pasado 11 de diciembre el caudal en Logroño superó los 1400 m3/seg ¿Excepcional? Más bien poco habitual, pero crecidas así ocurren y seguirán ocurriendo en lo sucesivo, la cuestión es qué hacemos nosotros para evitar que nos afecten.

En Logroño, en el tramo urbano, en respuesta al título de esta entrada, no pasó nada o casi nada, apenas el corte de algunos accesos. Y pocos identifican la razón: el diseño del parque del Ebro. Este espacio de la ciudad, inaugurado en 1993, ya desde su inicio reservó una superficie inundable para las crecidas nada desdeñable: 70.000 m2.

El soto inundable es una zona naturalizada, separada de la ajardinada, que solo cuenta con unos senderos de tierra abiertos una vez al año en el herbazal de ortigas y yezgos. Y que una zona inundable se inunde es lo que cabe esperar ¿Alguien se imagina que habría ocurrido si la ocupación urbana, cuando se hizo el parque, se hubiera llevado hasta la misma orilla y se hubiera defendido con escollera o mazón?

En Logroño, la zona dejada para que el río se inunde suele ser suficiente para acoger el incremento de caudal de la mayoría de crecidas, pero ¿sucede así en todas partes? Pues a la vista de los daños recurrentes en el tramo medio del Ebro parece que no. Básicamente porque desde mediados del siglo XX nos hemos empeñado en encorsetar al Ebro entre mazones y ocupar las zonas inundables. Si durante siglos allí nadie cultivaba ni urbanizaba, por algo sería.

Hemos creído que la regulación del caudal del Ebro, por las obras hidráulicas en toda la cuenca, bastaría para “domar” al río. Pero no ha sido así. Y por eso, cada vez que se producen estas crecidas se repite el mantra de la “suciedad” de los ríos: que si esos troncos que arrastra taponan el cauce, que si esa vegetación de ribera impide que drene y otras “perlas” parecidas.

Siglos atrás, cuando el Ebro crecía y se desbordaba echábamos mano de la fe. Crecidas históricas y devastadoras hubo muchas, en 1583, 1670, 1701, 1775, 1801 y 1871. Pero quizás la mejor documentada en Logroño sea la de 1775. Aquel año, los logroñeses vieron como la crecida cegó los cinco ojos del único puente de la ciudad, el de piedra, y saltó por encima de tres de ellos.

Aterrados, llevaron la imagen de la virgen de la Antigua en procesión hasta el puente sin resultado alguno. Para aumentar la presión, bajaron además al cristo de la iglesia de Palacio. Pero nada consiguieron. Y solo al tercer día, cuando bajaron al río implorando y rezando, con San Bernabé a cuestas, el Ebro empezó a bajar. ¡Milagro!

Hoy en día pocos quedan, pienso yo, que crean que unas tallas religiosas con indudable valor histórico, pero nula influencia sobre Ebro, puedan evitarnos daños durante las inundaciones. Sin embargo, la fe en la “limpieza” del río (el dragado del lecho, la retirada de madera muerta y el desbroce de orillas naturales) tiene un gran arraigo como ese milagro que “amansará” al Ebro en la próxima crecida.

Hace tiempo que se sabe que esas actuaciones son irrelevantes durante los episodios de fuertes avenidas y, además, degradan el río como ecosistema natural. Pero necesitamos creer en algo simple ante una fuerza natural que nos supera. La única manera de evitar daños es extender en la cuenca lo que, a pequeña escala, se hizo en Logroño: dejar al río zonas inundables por donde crecer en época de avenidas. Y cuantas más mejor.

Algo así ya ha empezado a hacer la CHE con su programa Ebro Resilence y es de celebrar, pero la escala debería ser aún mayor. De lo contrario, cada año de crecidas “extraordinarias” oiremos a la gente de fe gritando su sempiterna plegaria: «¡Limpieza, limpieza, limpieza!». Y no se refieren a la basura de plásticos que arrastra el Ebro.

Tramo urbano del río Ebro en Logroño, incluyendo el denominado Parque del Ebro en la orilla derecha del río, con los 70.000 m² de zona inundable, naturalizada y sin intervención. Imagen de Google Earth fechada en 2020.

Caudal del Ebro en el aforo de Logroño en noviembre y diciembre 2021, señalando las dos fechas donde se tomaron las fotos de esta entrada. Sistema Automático de Información Hidrológica de la CHE.
 
Soto inundable del Parque del Ebro, orilla derecha, aguas abajo del puente de hierro. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.

Soto inundable del Parque del Ebro, orilla derecha, entre pasarela peatonal y puente de hierro. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.

Soto inundable del Parque del Ebro, orilla derecha, aguas arriba del puente de hierro. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.

Tramo del Ebro entre la pasarela peatonal y el puente de hierro (al fondo casa de las ciencias), el soto inundable a la derecha. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.

Puente de piedra, entrada del caudal. Vista desde la orilla derecha donde acaba el soto inundable. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.

Puente de piedra, salida del caudal. Vista desde la orilla derecha. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.

Vista del caudal que sale desde el puente de piedra. Al fondo la central hidroeléctrica, a la derecha la isla-soto. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.
Caudal del Ebro en la presa de la central hidroeléctrica. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.
Caudal del Ebro aguas abajo de la presa de la central hidroeléctrica. Logroño. Caudal de la crecida extraordinaria del 11/12/21 y caudal habitual de invierno dos semanas después. Fotos: César María Aguilar Gómez.
Orilla derecha del Ebro, entre el puente de hierro y el puente de piedra, donde actualmente se sitúa la zona inundable y la urbaniza del Parque del Ebro. Logroño. Foto tomada entre 1929 y 1936 por Otto Wunderlich. Disponible en la Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España.
Portada del romance de D. Jacinto Rodríguez en el que relata la devastadora crecida del Ebro que tuvo lugar en Logroño los días 19, 20 y 21 de junio de 1775.
Inscripción en piedra que estuvo ubicada en la calle norte de Logroño y que recordaba la altura alcanzada por el Ebro en la riada de 1775. Dice: «ASTA QUI LLEGO EL EBRO DIA 21 DE JUNIO DE 1775 AÑOS».


miércoles, 29 de diciembre de 2021

Isla La Reunión (2000). El despertar de un volcán (y no es en la isla de La Palma)

(Texto y fotos traídos del muro de mi Facebook personal. Publicado el 28 diciembre 2021) 

«Oye, los atardeceres en esta isla son espectaculares», me lancé a decir a Carlos, mi compañero de viaje, mientras veía cómo las nubes que cubrían el volcán que coronaba La Reunión se incendiaban de rojo al ponerse el sol. Y la metáfora del incendio fue tal cual: el Pitón de la Fournaise acababa de despertar. Pero de aquello nosotros ni idea.

Era febrero del año 2000 y meses atrás los más agoreros habían vaticinado el apocalipsis por un colapso informático causado por la confusión que crearía el cambio de fecha en los ordenadores de todo el mundo. Al final todo quedó en nada. Todavía estoy por ver un apocalipsis que no me defraude. Así, aunque sabíamos que viajábamos por una isla cuyo volcán entra en erupción casi una vez al año, no esperábamos nada de él.

En realidad, los primeros días vivíamos y dormíamos en un diminuto Renault Twingo alquilado. En él nos dirigimos, nada más aterrizar en Saint-Denise, hacia el Pitón Maïdo para contemplar uno de los grandes circos volcánicos de la isla, el de Mafate.

Sin embargo, una enorme cascada que había anegado la carretera nos cortó el paso. Estábamos en época de lluvias y los barrancos bajaban desbordados. De regreso a la costa dimos con un tramo con arrecifes coralinos donde hacer esnórquel entre algún que otro pez escorpión. Más tarde perseguimos torillos en unos pastizales y, al atardecer, fue cuando aquel rojo de las nubes se me clavó en la retina.

Cierto es que en la radio del coche hablaban continuamente del Pitón de la Fournaise. En francés claro. Pero no nos extrañó pues, aun dormido, aquel era un lugar muy turístico. No fue hasta dar con una carretera cortada por "erupción" que comprendimos la situación: los intensos atardeceres eran producto del resplandor de la lava. En los siguientes días visitamos varias veces el volcán, día y noche, hasta la zona de seguridad que protección civil delimitó para observarlo y más allá.

Como todo el mundo, nos saltamos algunas de las cintas de protección, así que merecimos haber sido engullidos. Pero nadie resultó dañado. Aquel era un volcán hawaiano, con mucha lava y pocos gases, que son los que lanzan el material a distancia y crean situaciones de peligro. De aquellos días me quedan las imágenes del vómito de rocas incandescentes y el resplandor en la noche. Después de ver como las rocas pueden "nacer" fundidas y avanzar, ladera abajo, como si discurrieran por uno de los torrentes de chocolate de la factoría de Willy Wonka, ya todo en la vida es relativo.

Hoy, tras los tres meses de actividad del volcán de La Palma, muchos habrán presenciado algo parecido en vivo en esa isla. Y muchos más hemos contemplado hipnotizados las imágenes que nos llegaban a través de los medios de comunicación. Así, ahora que esa erupción se ha dado, oficialmente, por terminada, me han entrado ganas de compartir este recuerdo y acompañarlo con algunas de las fotos que tomamos, en diapositivas, y que hace algún tiempo digitalicé de forma muy, pero que muy artesanal. Espero sepáis disculpar la falta de calidad de las mismas.

Canales de lava fundida en el Pitón de la Fournaise en la Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: Carlos Gutiérrez Expósito.

Explosiones de lava en el Pitón de la Fournaise en la Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: Carlos Gutiérrez Expósito.

Coladas de lava, por la noche, en el Pitón de la Fournaise en la Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: César María Aguilar Gómez.

Gran cráter volcánico sobre el que se localiza el Pitón de la Fournaise en la Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: César María Aguilar Gómez.

Tratando de acceder, sin éxito, al Pitón Maïdo. «Por aquí me parece que no pasamos ¡Media vuelta!, a buscar torillos a la costa». Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: César María Aguilar Gómez.

Los franceses, tan suyos, te colocan una torre de iglesia tan grande y lucida de blanco que parece un faro para navegantes entre la exuberancia de los bosques lluviosos. Circo volcánico de Cilaos. Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: César María Aguilar Gómez.
Carlos y yo mismo, más tiesos que un pincel en el bosque de Bebour. Atentos, que los calcetines blancos con linea roja y azul no han vuelto a estar de moda desde entonces. Ahí lo dejo caer. Isla La Reunión. Francia. Océano Índico. Febrero 2000. Foto: Carlos Gutiérrez Expósito.


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